Capítulo 7 Atrapada en su órbita
Cuando despertó esa mañana, sintió el cuerpo molido. Intentó mover un brazo, luego las piernas, estirándose en la cama para liberar la tensión, pero nada funcionaba contra ese agobio; un cansancio crónico que la perseguía incluso después de haber dormido horas.
Sabía que era obra del embarazo, recordándole con cada célula que ya no estaba sola y que su cuerpo se había vuelto vulnerable. Le tocaba aprender a vivir a otro ritmo, sintiendo que todo le pesaba el doble. No quería dejarse vencer por la apatía, pero era difícil pelear cuando las fuerzas escaseaban.
Se arrastró a regañadientes hasta el baño para asearse. Frente al tocador, buscó su reflejo en el espejo para comprobar que el rostro no delatara el torbellino de la noche anterior. Minutos después, salió hacia el comedor con un vestido ligero, zapatillas cómodas y el cabello recogido en una coleta alta.
Y se lo topó de frente. Nada raro, en realidad, considerando que compartían techo.
Se sentó en una de las sillas y le sostuvo la mirada por algunos segundos, marcando el inicio del día.
—Buenos días —soltó ella, seca.
Damian respondió con un gesto serio. Tenía una voz tan profunda y masculina que a Chloe se le erizó la piel de los brazos al instante.
Intentando mantener la compostura, empezó a desayunar en silencio, hasta que él rompió la atmósfera con una pregunta descolocadora.
—Es como si realmente me odiaras. Entiendo que no soy de tu agrado, pero tal vez podríamos...
Ella lo miró de reojo y soltó un bufido indignado, incapaz de morderse la lengua.
—No sé a qué vas con esto. Además, no tenemos que ser mejores amigos. No hay necesidad de fingir cuando estamos solos y nadie nos está evaluando. ¿A qué te refieres con ser amigos? Ya no me interesa. Tampoco pretendo que nos llevemos bien. Si me tratas con frialdad, te pagaré con la misma moneda.
Damian resopló y se encogió de hombros con aparente indiferencia. Entonces, cruzando la línea de la decencia, se atrevió a suponer:
—Bueno, si ya nos acostamos una vez, ¿qué pasa si lo hacemos de nuevo? No creo que sea para tanto. A eso me refería; más que amigos, podríamos ser buenos amantes mientras dure esta unión. Estoy seguro de que no te desagradará la idea.
A Chloe se le cayó la mandíbula, incapaz de dar crédito a lo que oía.
—¿Te volviste loco? —estalló, sintiendo que la sangre le hervía—. ¿No dijiste tú mismo que esa noche fue un error? Yo opino exactamente lo mismo: no me interesas en lo más mínimo y lo que pasó no significó nada. ¡No eres nadie para decirme algo así! No voy a ser tu juguete.
Él estuvo a punto de soltar una risotada cínica, pero el teléfono vibró sobre la mesa y desvió su atención de inmediato. Chloe lo agradeció en el alma; esos ojos azules intensos por fin dejaron de devorarla con esa mirada que le causaba estragos en el pecho y le disparaba el pulso.
Damian contestó y cambió de tono al instante, adoptando una postura fría y estrictamente profesional para atender el asunto de negocios. Se levantó y se marchó del comedor sin despedirse, dejándola plantada.
Chloe respiró aliviada, aunque se quedó masticando la rabia por la arrogancia y el atrevimiento del tipo. Sin embargo, la tregua duró poco. Su propio teléfono vibró en la mesa.
Al mirar la pantalla, descubrió un mensaje de texto de él:
«Acabo de tomarte el pelo. ¿De verdad crees que tengo intenciones de acostarme con alguien como tú?»
Abajo seguía otra línea hiriente, diseñada con el único fin de burlarse en su cara y pisotear lo poco que le quedaba de orgullo.
Chloe apretó los puños sobre la mesa con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Un gruñido sordo escapó de su garganta:
—Imbécil... Eres un maldito imbécil.
Se tapó la cara con las manos, respirando hondo. Al levantar la vista, se topó de nuevo con la opulencia del lugar; una vida que alguna vez pudo pertenecerle por derecho de familia, pero que ahora se sentía como una prisión ajena.
Pasó el resto del día deambulando como un fantasma. Apenas tocó el almuerzo y, ya entrada la noche, cuando la servidumbre se había retirado y los pasillos del penthouse quedaron desiertos, sus pasos la llevaron inevitablemente hacia la sala principal.
Se detuvo en seco frente al gigantesco retrato de ambos que colgaba en la pared. La imagen perfecta para el resto del mundo que creía en cuentos de hadas; una pesadilla grotesca para ella, que solo veía una farsa monumental enmarcada en oro.
Pero mientras más miraba la fotografía, una corriente extraña pareció tensar el aire. Experimentó una sensación de vértigo al clavar los ojos en las facciones de Damian. Fue en ese preciso instante, perdida en la intensidad de esa mirada plasmada en el lienzo, cuando un flashback violento y cegador la golpeó de golpe, desestabilizándola por completo.
El mundo se le vino abajo en un segundo. Sintió que las piernas le fallaban, pero antes de impactar contra el suelo, unos brazos firmes la envolvieron, sujetándola con fuerza por la cintura.
Chloe se congeló, con el aliento atrapado en la garganta.
—¿Estás bien? —La voz grave de Damian atraveso su oído.
La sostenía con firmeza. A través de la fina tela de su ropa, ella pudo sentir el calor de sus dedos; una calidez tan intensa que parecía traspasar cualquier barrera, recordándole que, por mucho que intentara huir, ya estaba atrapada en su órbita.
