Capítulo 4 Capítulo 4

​Michelle.

​Al salir del trabajo fui con María a un restaurante chino. Aquella tarde, un conocido la había invitado a la inauguración de un nuevo lugar y mi amiga estaba radiante.

​—Ven conmigo, será algo tranquilo. Te sentará bien conocer gente nueva.

​—No lo sé, María. Si no llego a casa, Jean se va a enojar... ya sabes lo celoso que es —murmuré, intentando evitar discusiones. A él nunca le gustó que asistiera a estas reuniones; decía que eran una pérdida de tiempo.

​—Él estará ocupado en su propia reunión. Vamos, te prometo que será algo tranquilo. Llevamos casi un año sin salir juntas a ningún lado, por favor.

​Dudé un momento, pero cedi.

​—De acuerdo, pero le llamaré primero para avisarle y que no se preocupe.

​Me levanté y fui directo al balcón. Al apoyarme en el barandal, mis ojos bajaron por inercia hacia la terraza del piso inferior y el mundo se me detuvo de golpe.

​Ahí estaba Jean.

​Rodeado de nuestros amigos en común, tenía a Laura abrazada por la cintura.

Ante mis ojos, la atrajo hacia él y la besó con una pasión desgarradora. Sentí cómo las piernas me temblaban y el aire se me escapaba de los pulmones. Ya no me quedaba nada.

​—Maldito infeliz... Es hora de que abras los ojos y termines con esta farsa —la voz de María sonaba lejana, retumbando en mi cabeza.

​Marqué su número con manos temblorosas.

En la terraza, Jean sacó su teléfono, miró la pantalla y me bloqueó.

Luego, alzó la mirada hacia el balcón. Con una frialdad macabra, levantó la mano de Laura presumiendo el anillo de compromiso que yo tanto había anhelado, la tomó por la cadera y la besó de nuevo sin apartar sus ojos de los míos. Segundos después, ambos subieron al auto que yo misma había comprado con mis ahorros y se marcharon.

​—Ven, cariño, ya no vale la pena ese idiota —María me sostuvo justo cuando mi cuerpo colapsó.

​—Yo lo amaba... ¿Por qué me hizo esto? ¿Qué voy a hacer sin él? —las lágrimas brotaron con furia, ahogándome en un nudo insoportable.

​—Respira, por favor, ¡respira! —escuché a María gritar a lo lejos—. ¡Traigan agua! ¡Se me desmaya!

​No sé cuánto tiempo pasó, pero desperté en el sillón de María con la cabeza palpitando y un vacío seco en el pecho.

​—Es mi hermana, me necesita, no puedo dejarla sola... —escuché a María hablar por teléfono.

​—María... —mi voz salió apenas como un suspiro. Al abrir la mano, encontré la pequeña piedra energética que ella me había colocado para alejar las malas vibras.

​—Cariño, qué susto me diste. ¿Cómo te sientes?

​—Se acabó —dije mirando al techo—. El hombre que prometió un «para siempre» hoy se ríe en los brazos de otra. Quedé sola, María. Sola y vacía. ¿Por qué no tuvo el valor de decirme que ya no me quería?

​Para mi sorpresa, ya no había lágrimas. Tal vez le había llorado tanto que me había quedado seca por dentro.

​—No estás sola. Yo estoy aquí y no voy a dejarte caer —me envolvió en un abrazo cálido.

​—Voy a cerrar esta puerta, aunque me rompa al hacerlo —dije poniéndome de pie, aún mareada pero con una chispa de rabia impulsándome—. Vamos a esa inauguración.

​—¿De verdad? No tienes que obligarte...

​—Vamos a ir. Nos tomaremos un trago, comeremos, nos reiremos y recordaremos lo que era ser felices.

​Nos arreglamos en tiempo récord. Minutos después, Carlos —un amigo de la infancia— aparcaba frente al edificio.

​—¡Pero qué diosas! Los ángeles caen del cielo y nadie me avisa —bromeó Carlos bajando a abrazarnos—. Cuánto tiempo, Mich.

​—Desde hoy nuestra amiga vuelve a ser libre —anunció María con dureza—. El bastardo se fue con una bandida a la que, al final, hay que agradecerle por quitarnos la basura del camino.

​Carlos apretó el volante. El odio que le guardaba a Jean estaba más que justificado; tiempo atrás, Jean le había roto el tabique en un arranque de celos enfermizos.

​—Soltera... me gusta —sonrió Carlos por el retrovisor—. Sal, conoce gente y tómate tu tiempo. Volver a amar es lo más bello que hay.

​No respondí. Apoyé la cabeza contra el cristal mientras Nueva York desfilaba ante mis ojos, vestida de luces doradas.

​Al llegar al evento, la elegancia del lugar y un aroma exquisito nos dieron la bienvenida.

Mientras María saludaba a varios conocidos, mis ojos vagaron por el salón hasta fijarse en una mesa junto a la tarima.

​Allí estaba él. Un hombre imponente, de traje impecable y facciones tan pulidas que me dejó sin aliento.

​—¿Desean algo de tomar? —interrumpió el mesero.

​—Un whisky, por favor. Poco hielo —respondí sin poder apartar la mirada.

​—Igual para mí, gracias —añadió María, observándome con una sonrisa cómplice—. En cuanto llegue mi amigo te lo presentaré. Es un caballero en toda regla... y además, está para morirse.

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