Capítulo 5 Capítulo 5
Michelle.
La inauguración estaba en su máximo esplendor. Había una variedad increíble de platillos, luces cálidas y gente reyendo.
Por primera vez en meses, sentí que pertenecía a un lugar. La música vibraba tan fuerte que mi cuerpo pedía a gritos dejar atrás el dolor. Tomé a María de la mano y la arrastré hacia la pista.
—¡Ven, baila conmigo! —grité entre el entusiasmo mientras sonaba una canción de Michael Jackson.
—¿Te estás divirtiendo, Michelle? —preguntó María, radiante al verme sonreír.
—Llevaba demasiado tiempo sin recordar lo que era reír, saltar y sentirme viva.
Tratábamos de imitar los pasos de baile entre risas, hasta que un choque imprevisto hizo que un trago se derramara directo sobre mi pecho.
—Lo siento tanto, no fue mi intención —escuché una voz profunda a mis espaldas.
Al girarme, el mundo alrededor pareció desvanecerse. Era el chico imponente de ojos cafés que había visto al llegar. Todo el murmullo de la fiesta desapareció; solo quedábamos él y yo. Su mirada penetrante me dejó casi sin aliento.
—¿Estás bien? —preguntó con una suavidad que me erizó la piel.
—Sí, estoy bien... no te preocupes —respondí, perdiéndome en su sonrisa. Mi corazón comenzó a martillar contra mis costillas con una fuerza desconocida.
—Estás empapada —dijo observando la mancha en mi ropa—. En el segundo piso hay un baño reservado. Toma, puedes usar mi chaqueta.
—Gracias —murmuré. No sé si era el efecto del alcohol o el impacto de su presencia, pero por primera vez en años no sentí miedo. Sostener su mirada me transmitía una seguridad inexplicable.
Nos alejamos del tumulto hacia la planta alta.
—Es aquí. Te espero afuera, ¿de acuerdo?
Entré al baño y cerré la puerta tras de mí. Al mirarme al espejo con su chaqueta puesta, una oleada de dudas me asaltó. Quería arriesgarme, quería sentir sus labios, pero en el fondo de mi alma el miedo seguía latente.
El fantasma de la traición de Jean aún estaba fresco y no quería lastimar a alguien que se mostraba tan noble.
Me cambié rápidamente y salí.
Él apoyaba la espalda contra la pared. Al verme, sus ojos cafés se iluminaron.
—Te queda hermosa.
—Gracias —sentí el calor agolparse en mis mejillas.
—¿Viniste sola?
—No, estoy con mi mejor amiga —respondí, señalando hacia abajo mientras caminábamos hacia un balcón privado con dos sillones de cuero y una mesa de centro.
—¿Eres de por aquí?
—Nací en Alemania, pero llevo cinco años viviendo aquí en Nueva York. ¿Y tú? —pregunté, acomodándome en la barandilla.
—Qué curioso. Yo nací en Colombia, pero me crié aquí desde los ocho años. ¿Quieres sentarte o prefieres volver con tu amiga?
—Podemos seguir conversando. Ella está entretenida con conocidos, así que estará bien.
Nos sentamos en los sillones. Hablar con él fluía de una forma casi mágica. Con una sola llamada, hizo que un camarero nos trajera una bandeja con aperitivos y un par de copas estilizadas.
—Tienes que probar esto —dijo ofreciéndome una copa—. Es una mezcla de jugo de naranja, vodka y frutas dulces picadas.
Yo lo llamo «La Gloria».
Probé un sorbo. La combinación era perfecta: dulce, fresca y con el toque justo de alcohol que me recorrió la garganta.
—Está delicioso —admití sonriendo.
—Te lo dije, preciosa. Esto es la gloria.
Me quedé congelada en mi sitio. ¡Me había llamado preciosa!
—Disculpa —se apresuró a decir, mostrando unas pequeñas hoyuelos mientras sus mejillas se tornaban de un tono rosado adictivo—. No quise ser atrevido ni confianzudo, se me escapó.
—No te preocupes... —confesé bajando la mirada—. Solo hacía mucho tiempo que nadie me decía algo lindo.
—El hombre que no note lo hermosa que eres, sin duda es un idiota que no merece estar a tu lado.
—Lamentablemente así fue —suspiré, sintiendo un leve chispazo de rabia recorriéndome la espalda—. Estuve años con alguien a quien le di todo, solo para que me engañara con la persona que peor me caía. Son unos descarados.
Tomé un sorbo largo de mi copa. Él me miró con comprensión y una leve mueca de amargura.
—Sé lo que se siente. A mí me pasó algo similar. Estaba a punto de pedirle matrimonio a mi exnovia y el día que tenía el anillo en la bolsa, la encontré en mi propia cama con mi socio. Lo único que me quedó por hacer fue dar la vuelta y marcharme.
—No me digas eso... —solté en shock—. Eres un hombre guapo, atento y caballero. ¿Cómo alguien pudo hacerte algo así?
—La vida da muchas vueltas, preciosa. A veces le entregamos lo mejor de nosotros a la gente equivocada.
Las horas se nos escaparon entre confesiones y risas. Descubrimos una afinidad increíble: el amor por la música, la fascinación por los tatuajes y la curiosa coincidencia de que a ambos nos encantaban los perros, aunque actualmente teníamos gatos.
Mientras la mesa se llenaba con nuestras copas vacías, el ambiente en el balcón se volvió denso, cargado de una electricidad peligrosa.
De pronto, una melodía suave comenzó a filtrarse desde el salón principal. Él se puso de pie y me extendió la mano.
—Baila conmigo.
Me levanté sin dudarlo. Al pegar mi cuerpo al suyo, sentí el calor de su pecho y el ritmo pausado de su respiración. Desplazó una mano hacia mi cintura y la otra se enredó suavemente en mi cabello.
—Te encontré, preciosa —susurró cerca de mis labios con la voz ronca—. He perdido demasiadas veces en la vida... pero esta noche no pienso perder.
Y me besó.
Fue un beso hambriento pero extrañamente delicado. Un choque térmico de whisky, naranja y deseo reprimido. Mis dedos se enredaron en su cabello oscuro mientras él me pegaba más a su cuerpo, acortando cualquier espacio.
En un impulso ciego por aferrarme a la vida y olvidar el pasado, me dejé llevar.
Prácticamente sin separarnos, avanzamos a ciegas por el pasillo hasta ingresar a una de las suites privadas del piso superior.
Cerró la puerta de un golpe contra mi espalda. Sus manos bajaron a mi cintura mientras las mías buscaban ansiosas los botones de su camisa.
De un tirón despojó la chaqueta de mis hombros y sus labios descendieron por mi cuello, arrancándome un gemido sordo con suaves mordidas que me hicieron temblar por entero.
