Capítulo 2 2- No busques problemas, porque seguro que los encontrarás
LEXI
Grito por toda la casa a todo pulmón, del tipo de alarido que despertaría a los vecinos si las ventanas estuvieran abiertas. Un momento después, oigo pasos pesados subiendo las escaleras. Mi puerta se abre de golpe y ahí está, mi mamá, con su ridícula bata peluda llena de gansos de caricatura. Su pelo oscuro es un nido de ratas enmarañado sobre los hombros, levantado en una docena de direcciones, como si acabara de pelearse con una almohada y hubiera ganado.
—¿Pasa algo, cariño? Te levantaste temprano. Pensé que querrías dormir hasta tarde por tu cumpleaños —dice, con la preocupación marcando su voz.
Sin decir una palabra, le encajo la carta en las manos. Sus ojos bajan, los labios formando las palabras en silencio mientras lee. Observo cómo sus cejas suben más y más hasta casi desaparecer bajo su flequillo desordenado.
—Bueno… —empieza por fin, bajando la hoja—. Esto es… muy inesperado. No sé cómo pudo haber pasado. Voy a llamar al colegio por ti y averiguar qué está pasando, ¿de acuerdo? Tú vístete y baja. Tu papá prometió hacer panqueques —dice con suavidad.
Y ya. Deja la carta bien colocada sobre mi escritorio, se da la vuelta y sale de la habitación como si le hubiera enseñado un folleto de una venta de pasteles y no una invitación a un internado mágico entregada por un pájaro demoníaco. Me quedo mirándola, boquiabierta. En serio, ¿qué demonios? Esa es mi mamá, tranquila hasta un punto legendario. Honestamente, podría ser su superpoder. La capacidad de mirar al caos directamente a los ojos, encogerse de hombros y seguir adelante. Huracanes, llantas ponchadas, dramas familiares, nada la altera. Envidio eso más de lo que puedo expresar.
Y, fiel a su estilo, su respuesta serena frena en seco mi pánico antes de que pueda descontrolarse. Si ella puede leer esa carta y casi ni pestañear, ¿con qué cara voy yo a ponerme a perder la cabeza?
Así que… hago lo que me dijo. Rebusco en el clóset y saco un lindo vestido rosa de verano que guardo para ocasiones especiales. Parece un poco exagerado para un domingo tranquilo en casa, pero bueno, ES mi cumpleaños. Más vale que lo parezca. Luego viene la batalla con mi pelo. Largo se queda corto: me llega casi hasta las nalgas, con ondas que siempre parecen a un cepillado de declararse en motín. Si fuera más corto, quizá se rizaría bien, pero nunca he tenido corazón para cortarlo. Es de un rubio dorado pálido y probablemente es mi rasgo más llamativo. Es algo que siempre me ha gustado de mí. No sé si es porque es mi propia opinión o porque la gente siempre lo ha elogiado, pero me hace sentir bien conmigo misma. Sea como sea, me enorgullece cuidarlo, incluso cuando me pelea cada centímetro del camino.
Me dejo los pies descalzos; como no pienso salir, no necesito zapatos. De pie frente al espejo, estudio mi reflejo con ojo crítico. El vestido hace que me vea más arreglada de lo que suelo molestame, pero también me hace sentir… más luminosa. Como si mereciera que me celebren.
Luego, inevitablemente, mi mente se va a la comparación de la que nunca termino de escapar. No me parezco en nada a mi mamá. Su pelo oscuro, sus ojos marrones cálidos, su piel oliva, no hay forma de negar que no compartimos sangre. Lo cual tiene sentido, claro. Me adoptaron cuando era apenas un bebé, de no más de un año. No recuerdo otra cosa, no conozco a nadie más. Mamá y papá son mi familia, la única familia que necesito. Pero a veces, parada aquí con mi pelo claro y mis ojos azules, no puedo evitar sentir el contraste.
Suspiro y agarro mi cosmetiquera. No mucho: apenas un poco de rímel, un toque de brillo labial, una pizca de corrector para tapar las sombras bajo mis ojos (gracias, desvelos crónicos). El ritual me hace sentir un poco más guapa, pero más que nada, se siente como una armadura. Una forma de prepararme. Porque algo, muy profundo en el estómago, me dice que esta carta, esta llave, este pájaro, no son solo un error raro y ya. Hoy va a cambiarlo todo. Y voy a necesitar toda la confianza que pueda reunir.
Sin más excusas para seguir demorando, me arrastro escaleras abajo, guiada por el olor a panqueques y el sonido de la voz telefónica de mi mamá, ese tono demasiado dulce y agudo que solo usa con los vendedores por teléfono o con la atención al cliente cuando no quiere ofender a nadie. La cocina se siente cálida y familiar, la luz del sol se cuela por las cortinas y el aire está cargado de mantequilla y jarabe de maple. Mi papá está frente a la estufa, empuñando una espátula como si fuera un arma, dando vuelta los panqueques con la precisión entrenada de un hombre que lleva veintitrés años perfeccionando este único plato. En cuanto me siento, desliza hacia mí un plato apilado hasta arriba. Se me hace agua la boca. Dorados, esponjosos, perfectos. No pierdo el tiempo: ataco, masticando con calma mientras escucho a medias la parte de la conversación de Mamá.
—Sí. Entiendo. Bueno, pero no estoy muy segura de cómo pudo haber pasado esto… —dice, con el ceño fruncido mientras escucha. Hay una larga pausa y luego frunce todavía más.
—¿Y el costo? —pregunta. Otra pausa. Mi tenedor se queda quieto.
—Oh. ¿En serio? Mmm… bueno. Hablaré con Lexi y veré qué opina de todo esto. Sí, confirmaremos de una forma u otra lo antes posible. Muchísimas gracias por tu ayuda, has sido un encanto. Sí. Está bien. Gracias. Adiós.— Cuelga con una nota alegre que no encaja con la tensión de sus hombros. Tras inspirar hondo, se deja caer en la silla frente a mí, entrelaza las manos sobre la mesa como si se preparara para un impacto.
—¿Y bien? —pregunto, con los nervios trepándome por la columna. Menos mal que no fui yo quien hizo esa llamada; la habría colgado a mitad de camino.
—Bueno, me han asegurado que en realidad sí estás inscrita y que, técnicamente, te toca empezar dentro de dos semanas. Según sus registros, tus padres biológicos te inscribieron hace veintitrés años —dice con cuidado.
Mi tenedor golpea el plato.
—Eso… no tiene ningún sentido. ¿Por qué me inscribirían? Soy normal. Totalmente normal… ¿verdad? —pregunto, con el corazón desbocado. Su expresión se suaviza, pero mantiene la mirada fija en la mía.
—La mujer dijo que sus registros no especifican qué clase de ser mágico eres. Solo que fuiste inscrita como estudiante cambiaformas. Lo que significa que… debes ser un tipo de cambiaformas —explica en voz baja.
La palabra cae como una piedra en mi estómago.
—Pero… ¿no lo sabría? —Mi voz se quiebra, desesperada.
—También pregunté eso. Por lo visto, con muchos cambiaformas no es raro que no muestren ninguna señal hasta que su cuerpo y su mente están completamente desarrollados. Eso suele ocurrir a principios o a mediados de los veinte —añade con delicadeza.
Me quedo mirándola boquiabierta, con el horror burbujeando en mi pecho.
—¿Estás diciendo que podría simplemente… convertirme en un animal… cualquier día de estos? —exijo.
—Sí —responde con calma, como si habláramos del clima.
—Pero es que no sé nada de cambiaformas. ¡Ni de magia! ¡Ni de nada! ¡No puedo simplemente… simplemente brotarme pelo y patas e ir averiguándolo sobre la marcha! —El pánico me sube por la garganta, espeso y asfixiante.
—Por eso creo que quizá sería buena idea que fueras. Al Instituto —dice mamá con suavidad.
La miro, convencida de que ha perdido la cabeza.
—Tú crees que debería ir. Al Instituto de Seres y Criaturas Mágicas. ¡Eso es una locura! ¡No puedo ir ahí! —protesto. Ella ni se inmuta.
—No tienes que ir. Pero la mujer con la que hablé lo recomendó por tu propio bien. No siempre es prudente andar por ahí sin saber qué eres. Y… creo que estoy de acuerdo con ella. Al final, sin embargo, la decisión es tuya —me recuerda.
Mi mente da vueltas, un remolino de pánico.
—Pero… ¡no puedo! —repito.
—¿Por qué no? —dice mi papá de repente. Hasta ahora ha estado callado, concentrado en los panqueques, pero ahora fija la mirada en mí.
—Porque… es caro, ¿no? No hay manera de que podamos pagarlo —suelto de golpe. Eso debería terminar la conversación. Pero la cara de mamá se suaviza con simpatía.
—Cariño… explicaron que todos los gastos se pagaron por adelantado cuando te inscribieron. Alojamiento, comida, clases, todo. Tus padres biológicos debieron gastar una pequeña fortuna. De verdad querían esto para ti —explica. Me quedo inmóvil, las palabras deslizándose sobre mí como agua fría.
—Pero… ¿y la uni? ¡Ya estoy en mi último año de enfermería! —protesto, aferrándome a algo sólido. Mamá se muerde el labio, su máscara de calma se resquebraja por un instante.
—Sí. Está eso. Pero podrías postergar. Volver a eso más adelante. Sé que sería una decepción… pero si de repente cambiaras, a mitad de turno, a mitad de práctica… podría ser peligroso —señala. Gimo y entierro la cara entre las manos.
—¿De verdad creen que soy una cambiaformas? —pregunto de nuevo, con la voz más baja.
—Al parecer —confirma en voz suave.
—Sabíamos que era una posibilidad cuando te adoptamos —añade papá. Levanto la cabeza de golpe.
—¿Lo sabían? —pregunto.
—Sí. No nos dieron ninguna información sobre tus padres biológicos. Y como muchos seres mágicos se ven humanos, sabíamos que era posible. Pero una vez que pasaste la pubertad sin señales… asumimos que eras humana después de todo. No teníamos idea de que los cambiaformas tienen otro ciclo —explica. Mamá asiente, su voz es suave pero firme.
—Siempre pensamos que a estas alturas ya lo sabríamos, si no lo fueras. Pero ¿y si se nos pasó algo? Y estoy de acuerdo con tu padre, sería bueno que aprendieras sobre ti misma. Es evidente que esto era algo que tus padres biológicos querían. Ya está pagado. Y es una oportunidad increíble —señala. El silencio se vuelve denso. Mis panqueques quedan olvidados. ¿Quiero postergar mis estudios? No. Pero ¿qué clase de enfermera sería si ni siquiera pudiera manejar mi propia salud? El pensamiento pesa. Dejo escapar un suspiro largo y tembloroso.
—Creo… que quiero ir —decido. La sonrisa de mamá es pequeña, pero cálida.
—Los llamaré de nuevo para confirmar. Pero no tenemos mucho tiempo. Dos semanas no es mucho, y vamos a tener que salir temprano el lunes en la mañana para llevarte a tiempo. Está justo fuera de la ciudad. Tendrás que decidir qué te vas a llevar —dice, claramente ya organizando la logística en su cabeza. Asiento despacio, todavía aturdida. Mi tenedor raspa el plato cuando tomo otro bocado de panqueque. ¿Cómo puede que todo sea tan diferente, y tan familiar al mismo tiempo?
