Capítulo 3

Me quedé aturdida por un momento, incapaz de hablar.

Raymond me inmovilizó, sus ojos rasgados llenos de deseo. Sus manos, con los nudillos marcados, recorrieron mi cuerpo; cada caricia enviaba descargas eléctricas a través de mí, haciéndome jadear y temblar sin control.

Cuando volví en mí, mi ropa estaba hecha jirones, dejándome casi desnuda, mientras que él solo se había quitado la chaqueta.

Aquella era la entrada de un bar. ¿Raymond se había vuelto loco?

La furia me recorrió y le mordí con fuerza el labio.

Raymond se quejó y me soltó.

Lo miré con rabia; el deseo se disipó al instante, sustituido por la ira, mientras mi mano se deslizaba lentamente hacia abajo.

—¿Tanta prisa, Raymond? Tú y Emily siempre están juntos, ¿y ella no puede satisfacerte?

—Ella no es como tú.

Notó cómo la lucidez volvía a mis ojos, ahora llenos de burla y frialdad.

Sin decir nada más, me tomó con crueldad.

No alcancé a reaccionar, y en ese instante sentí como si me partieran el cuerpo en dos.

El dolor fue tan intenso que casi perdí el conocimiento.

¿Emily era diferente de mí?

Ya no sabía si el dolor era físico o emocional. Lo único que pude hacer fue aferrarme a su espalda, queriendo destrozar y devorar al hombre que amaba y odiaba con toda el alma.

¿Cómo podía decir algo así?

¿Emily era una diosa y yo no era más que una prostituta legal?

—Suéltame… ¡ugh!

Raymond siempre era brusco y dominante en momentos como ese.

Con impaciencia, me dio la vuelta y me tapó la boca.

Hacer el amor cuando los dos se gustaban era un placer. Cuando no, se convertía en una tortura.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que Raymond por fin se detuviera. Abrochó su cinturón y se acomodó la ropa, luciendo tan compuesto como siempre, mientras que yo apenas tenía algo encima.

—Consíguete unas pastillas del día después.

Raymond encendió un cigarrillo y me lanzó una mirada.

—Caroline, no intentes atarme con un bebé. Sabes lo que haré.

Me dolía tanto que no podía mover ni un dedo. Me ardía la cara y sentía los ojos enrojecidos.

En este mundo, parecía que solo Emily era digna de llevar un hijo suyo.

Entonces, ¿por qué se casó conmigo?

¿Por qué actuó como si quisiera que tuviera un hijo suyo?

Raymond terminó el cigarrillo y, al verme todavía tirada ahí sin poder moverme, me arrojó la chaqueta como si fuera una limosna.

—Límpiate y vuelve, no dejes que Ethan te vea así.

¿Volver?

Sus palabras me atravesaron como una puñalada, y reuní todas mis fuerzas para incorporarme, envolviéndome a toda prisa con el vestido y su chaqueta.

—¡No voy a volver! Raymond, esa es tu casa con Emily. Si no aceptas el divorcio, mataré a ese hijo ilegítimo.

—Total, mi vida ya está arruinada. Podemos hundirnos juntos.

—No te atreverías —su voz, grave y sensual, estaba llena de una seguridad inquebrantable—. Diana sigue en el hospital.

Al ver a Raymond sentado allí, como si lo controlara todo, mi odio llegó al límite.

Siempre parecía tan frío e inflexible, como si nadie pudiera tocar jamás su lado tierno o cálido.

Al menos, yo no era esa persona.

Su calma lograba que yo pareciera una loca desquiciada.

Le golpeé el hombro con todas mis fuerzas.

—¿Crees que me conoces bien, eh? Te digo que ayer quise matar a Ethan, a ese niño bastardo.

—Raymond, te odio. Sí, soy una descarada y una ilusa. Si me odias tanto, ¿por qué te casaste conmigo? Si amas tanto a Emily, ¿por qué no te casaste con ella? ¿Crees que yo quería fingir un embarazo? El médico se equivocó. ¿Eso fue culpa mía? Te lo expliqué. ¿Por qué no me creíste?

—Yo no tenía por qué casarme contigo. ¡Fuiste tú quien me lo pidió!

Sentía que estaba de pie al borde de un precipicio, lista para tirarlo todo por la borda.

—Todos estos años he tratado de ser una buena señora Brown, desesperada por agradar a tu familia. ¿Qué soy para ti? ¿Una prostituta legal? Te acuestas conmigo cuando estás feliz y me ignoras cuando no lo estás. Raymond, ¿por qué eres tan cruel conmigo? A mí solo me gustabas. ¡Ahora lo único que quiero es el divorcio!

Me sequé las lágrimas, sentada en la oscuridad, mientras Raymond me miraba con una expresión inescrutable.

—¿Terminaste?

Se bajó del auto y enseguida rodeó hasta el asiento del conductor.

—Si no has terminado, bájate. Si ya terminaste, volvamos.

Raymond me dio la espalda, su silueta fría e implacable.

Eso me hizo espabilar del todo.

Así que, todo lo que había hecho no era más que yo siendo irracional a sus ojos.

Me reí, con las lágrimas rodando por mi rostro.

—Raymond, de verdad eres cruel.

No sé si fue imaginación mía, pero vi que la espalda de Raymond se tensaba por un instante.

No me interesó averiguar más. Me obligué a soportar el dolor y bajé del auto, dando un portazo.

Flora salió del bar y me encontró sentada a la orilla de la calle, toda desarreglada.

—Caroline, ¿qué te pasó?

—Nada, solo una mujer divorciada y sola buscando un poco de diversión.

—Flora, ¿puedo quedarme en tu casa un tiempo?

Flora asintió y me ayudó a subir al auto.

El agotamiento físico y el dolor emocional pronto me dejaron dormida.

Entre sueños, me pareció oír a Flora decir:

—Caroline, ¿ese es el auto de Raymond que nos viene siguiendo?

Cuando desperté, ya era la tarde del día siguiente.

Sentí lo pegajoso de mi cuerpo y recordé lo que había pasado la noche anterior, quedándome rígida.

¡Maldición!

Olvidé tomar la pastilla del día después.

Se me puso la cara pálida mientras la pedía de inmediato por el celular.

Esperaba no tener tan mala suerte como para quedar embarazada.

Después de tomar la pastilla, me sentí un poco más tranquila.

Flora ya había salido. Era una bloguera de viajes con buena posición familiar, y solía salir a buscar inspiración o a planear cosas con su equipo.

Miré los papeles de divorcio sobre la mesa y, tras mucho rato, le mandé un mensaje al secretario de Raymond, Byron.

[Byron, ¿Raymond está en la oficina?]

Byron respondió enseguida.

[El señor Brown está en la oficina.]

[Entendido.]

Media hora después, estaba abajo, en el edificio de la empresa de Raymond. La recepcionista me vio y no se sorprendió.

Pero hoy, por alguna razón, me detuvo antes de entrar a la oficina de Raymond.

—Señorita Scott, nuestro director general tiene visita.

—Solo necesito dejar unos documentos. No tardaré.

Le di las gracias y subí en el ascensor.

Cuando llegué a la oficina de Raymond, entendí por qué la recepcionista me había advertido.

Emily estaba allí, junto con Ethan. Estaban almorzando. Raymond no comía con ellos, pero la forma en que miraba a Emily estaba llena de una ternura y una nostalgia que yo jamás había visto.

La escena me hirió profundamente.

Emily me vio primero y se puso de pie con torpeza.

—Caroline, no malinterpretes. Ethan solo quería ver a su papá, así que yo…

—¿Es Ethan el que quería ver a Raymond, o eres tú la que quiere ser la señora Brown?

Respondí con sarcasmo.

—Emily, ¿no aprendiste nada en los cinco años que estuviste en el extranjero? Tus tácticas siguen siendo igual de bajas.

Estaba cansada de fingir ser obediente durante cinco años. Como ya nos íbamos a divorciar, no tenía sentido seguir aparentando.

El rostro de Emily se ensombreció.

—Raymond, yo…

Raymond alzó en brazos al cabizbajo Ethan y me miró.

—Caroline, discúlpate con Emily.

—¿Por qué tendría que hacerlo? ¿Acaso ellos se disculparon con mi mamá cuando destruyeron mi familia? Raymond, ya no tienes derecho a controlarme —aunque ya había previsto su reacción, igual dolía. No quería volver a mostrar debilidad ni que se burlaran de mí—. Esto es para ti.

Raymond frunció el ceño y no lo tomó.

—¿Qué es?

—Los papeles de divorcio. Fírmalos, y de ahora en adelante podrás tener todas las mujeres y los hijos ilegítimos que quieras.

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