Capítulo 1 1
—Arrodíllate.
La orden de mi padre atravesó la sala del consejo con más fuerza que el golpe que todavía no me había dado.
Lo miré desde el centro del salón, rodeada por sacerdotes, nobles y guerreros águila. Nadie parecía dispuesto a explicarme por qué me habían arrancado del telar ceremonial antes del amanecer. Mi trenza seguía húmeda, mi huipil estaba mal ajustado y llevaba una sandalia distinta en cada pie.
No era la entrada digna de una hija noble.
Tampoco pensaba ofrecerles una salida digna.
—No.
Un anciano dejó caer una cuenta de jade. El pequeño chasquido fue lo único que se oyó.
Mi padre avanzó.
—No voy a repetirlo, Aurelia.
—Qué alivio. Me preocupaba tener que negarme dos veces.
Dos guerreros ocultaron una sonrisa. Mi padre no.
La bofetada me hizo girar la cara. El sabor metálico apareció en mi boca antes del dolor. Enderecé la espalda y lo enfrenté otra vez.
—Ahora sí tienes una razón para arrodillarte —dijo.
—También tengo una para devolverte el golpe.
Mi madre cerró los ojos desde su lugar junto al muro. No se acercó. Hacía años había aprendido a sobrevivir convirtiéndose en parte de la decoración.
Mi padre levantó la mano de nuevo.
—Basta.
La voz llegó desde las puertas.
Eryn entró con la armadura de guerrero águila sin terminar de ajustar. Una pluma torcida le caía sobre la frente y tenía barro hasta las rodillas. Debía haber corrido desde el patio de entrenamiento.
Aun así, avanzó como si el consejo le perteneciera.
Se colocó entre mi padre y yo.
—Apártate —ordenó mi padre.
—Con gusto. En cuanto deje de golpearla.
—Es mi hija.
—Eso no convierte su rostro en tambor de ceremonia.
Esta vez nadie logró contener la risa. Incluso yo tuve que morderme el labio.
Mi padre se puso rojo.
—Los guerreros no hablan cuando los nobles deciden.
Eryn inclinó la cabeza.
—Entonces agradézcame que haya venido a mejorar la conversación.
Lo odié un poco por hacerme sonreír con la mejilla ardiendo. Lo amé un poco más por notar que estaba a punto de llorar y no mirarme directamente.
Mi padre señaló a los guardias.
—Sáquenlo.
Nadie se movió.
Eryn era joven, pero llevaba tres campañas en la frontera y una cicatriz que le cruzaba el hombro. Los hombres allí presentes habían luchado a su lado. Ordenar que lo tocaran era sencillo. Conseguir que obedecieran era otra cosa.
—He venido a pedir formalmente la mano de Aurelia —declaró.
El corazón me golpeó las costillas.
Mi padre soltó una carcajada.
—Llegas tarde.
Eryn se volvió hacia mí. Sus ojos bajaron un instante hasta mi boca lastimada. El gesto fue breve, pero el calor que me recorrió no tuvo nada de inocente.
La noche anterior me había besado detrás del templo. Despacio al principio, hasta que lo sujeté por el cinturón y le exigí que dejara de tratarme como una vasija sagrada. Después no hubo nada lento. Todavía recordaba sus manos en mi cintura y su respiración contra mi cuello cuando prometió hablar con mi padre al amanecer.
Había llegado.
Solo que el amanecer nos había encontrado rodeados de hombres que discutían mi destino.
—¿Qué significa que llegué tarde? —preguntó.
Mi padre ocupó su asiento.
—Significa que Aurelia ya no está disponible.
—No soy un puesto en el mercado —dije.
—Hoy vales menos que uno —respondió él.
La frase me dolió más que la bofetada.
Eryn dio un paso, pero lo sujeté del antebrazo. Sus músculos estaban tensos bajo mi mano. Si lo soltaba, atacaría a mi padre y terminaría ejecutado antes del mediodía.
—No le regales tu cuello —murmuré.
—Preferiría regalarte otra cosa.
—Elegiste un momento terrible para coquetear.
—Tú elegiste zapatos distintos para una reunión del consejo.
Miré mis pies.
—Eso es culpa de quienes me arrastraron fuera de mi habitación.
—Pensé que estabas iniciando una moda.
Tuve que bajar la cara para ocultar otra sonrisa.
El sacerdote principal golpeó el suelo con su bastón.
—Esto no es una celebración de amantes.
—En eso coincidimos —dije—. Las celebraciones suelen incluir comida.
Mi padre se levantó con tanta fuerza que su banco cayó hacia atrás.
—¡Silencio!
Las puertas se abrieron antes de que pudiera golpearme otra vez.
Un mensajero entró jadeando. Tenía polvo en el cabello y sangre seca en una rodilla. Se arrodilló frente al consejo y levantó un códice sellado.
—Mensaje del Huey Tlatoani.
La sala cambió. Hasta mi padre olvidó su furia.
El sacerdote recibió el códice, rompió el sello y leyó en silencio. Su expresión se endureció.
—Habla —ordenó uno de los ancianos.
El sacerdote levantó la vista.
—Las ciudades del sur han rechazado el último tributo. Sus gobernantes exigen un nuevo acuerdo antes de permitir el paso de nuestras caravanas.
—¿Y si nos negamos? —preguntó mi padre.
—Habrá guerra.
Los murmullos crecieron. Cacao, plumas, sal, rutas, soldados. Los hombres comenzaron a contar pérdidas antes de que hubiera un solo cadáver.
El mensajero añadió:
—Una delegación maya llegará esta tarde. El acuerdo exige una garantía de sangre noble.
Mi estómago se cerró.
Eryn dejó de respirar a mi lado.
El sacerdote desenrolló otra sección del códice.
—Una mujer de linaje reconocido será entregada para sellar la paz.
Varias madres se acercaron a sus hijas. Mi madre permaneció inmóvil.
Entonces comprendí por qué me habían llevado allí.
No era para castigarme.
Era para ofrecerme.
—No —dijo Eryn.
El sacerdote siguió leyendo nombres de familias, méritos y deudas. Mi padre observaba el suelo con una calma repugnante.
—Mírame —le exigí.
No lo hizo.
—Mírame y dime que no fuiste tú.
Su silencio respondió primero.
Eryn desenvainó el macuahuitl.
Cinco guerreros alzaron sus armas.
—Guarda eso —le pedí.
—No.
—Eryn.
—No voy a dejar que te entreguen.
El sacerdote pronunció mi nombre.
Mi madre soltó un sollozo. Mi padre, por fin, me miró.
—Tu familia ha perdido demasiado por tu desobediencia. Servirás al imperio y limpiarás nuestro linaje.
—¿Vendiste a tu hija para recuperar un asiento en el consejo?
—Te di un propósito.
Dos guardias me sujetaron.
Eryn atacó antes de que pudiera detenerlo. Derribó al primero, golpeó al segundo y alcanzó a tocar mi mano. Sus dedos se cerraron sobre los míos apenas un instante.
Después lo rodearon.
Una lanza quedó contra su garganta.
Mi padre se acercó y arrancó de mi cuello el pequeño anillo que Eryn me había dado.
—Al amanecer partirás hacia el sur.
—Ella está prometida conmigo —dijo Eryn.
Mi padre dejó caer el anillo y lo aplastó bajo su sandalia.
—Ya no.
Los guardias comenzaron a arrastrarme.
Pateé, mordí una mano y conseguí volver la cabeza. Eryn estaba de rodillas, sangrando por la ceja, pero seguía mirándome.
—No aceptes nada —gritó—. No bebas con ellos. No pronuncies votos.
—¡Eryn!
La punta de la lanza le abrió la piel.
Mi padre sonrió.
—Cuando salga el sol, dejarás de ser mi hija.
Me aferré al marco de la puerta hasta que un guardia separó mis dedos.
—¿Y qué seré?
El aire abandonó mis pulmones. Hasta Eryn bajó el arma, como si aquellas palabras hubieran encontrado una parte de nosotros aún indefensa.
Su respuesta llegó mientras me arrancaban del salón.
—La mujer que el príncipe maya pidió por su nombre.
