Capítulo 3 3

—Esta noche dormirás conmigo.

Miré a Balam esperando que corrigiera la frase.

No lo hizo.

Detrás de nosotros, el consejo seguía discutiendo la profecía como si yo no estuviera. Mi padre fingía estudiar el códice. Los sacerdotes evitaban mirarme. Nadie parecía preocupado por la posibilidad de que me asesinaran antes del amanecer.

Excepto el hombre que anunció que compartiría su cama conmigo.

—Prefiero que me mate tu consejo —respondí.

Balam alzó una ceja.

—Eso puede organizarse. Son muy eficientes cuando se trata de cometer errores.

—No voy a acostarme contigo.

—No te lo he pedido.

—Has dicho que dormiré contigo.

—En mi habitación.

—Las habitaciones suelen tener camas.

—La mía también tiene suelo.

Uno de sus guerreros soltó una tos sospechosamente parecida a una risa.

Crucé los brazos.

—Qué generoso. ¿Piensas dejarme elegir quién duerme en él?

—Pensaba hacerlo yo.

No debía haber imaginado su cuerpo tendido a mis pies. Mucho menos recordar cómo se había inclinado para hablarme al oído, con la boca demasiado cerca de mi cuello.

Me obligué a pensar en Eryn.

En su sangre.

En la lanza contra su garganta.

—No iré a ninguna parte hasta verlo.

Mi padre cerró el códice.

—El prisionero será juzgado al amanecer.

—Entonces lo veré ahora.

—No estás en posición de exigir.

Balam giró lentamente hacia él.

—Hace unos momentos dañaste mi parte del tratado. No vuelvas a explicarme cuál es su posición.

—No soy tu parte —repetí.

—Lo sé. Pero parece que tu padre solo entiende a las personas cuando las convierte en propiedad.

El insulto fue tan sereno que tardó un instante en alcanzar a mi padre.

Yo lo comprendí de inmediato.

También comprendí que Balam estaba usando el tratado para protegerme sin romperlo. Aquello me molestó porque empezaba a descubrir inteligencia donde esperaba brutalidad.

—Quiero ver a Eryn —insistí.

Balam observó mi rostro.

—¿Es tu amante?

Mi padre hizo un sonido indignado.

—Aurelia no ha deshonrado a su familia.

—Aurelia puede responder sola.

—Sí —dije.

El silencio resultó delicioso.

Mi padre palideció. Un sacerdote dejó caer el bastón. El guerrero que había tosido antes tuvo que darse la vuelta.

Balam no mostró sorpresa.

—¿Lo amas?

—Desde antes de saber que existías.

Algo duro atravesó su expresión, pero desapareció rápido.

—Entonces deberías querer que siga vivo.

—Eso intento.

—Y yo intento impedir que una facción de mi consejo te abra el pecho para comprobar si la profecía está escrita en tus huesos.

El humor abandonó la sala.

—¿Eso hacen con las mujeres que reciben como esposas?

—Solo con las que podrían destruirlos.

Mi padre se acercó.

—El acuerdo no menciona ningún peligro.

—Tampoco menciona que golpeas a tus hijas. Ambos omitimos detalles.

Balam señaló la salida.

—Nos marchamos ahora.

—La ceremonia no ha concluido —protestó el sacerdote.

—Ella no aceptó el collar.

—Debe hacerlo antes del anochecer.

Balam me miró.

—¿Quieres aceptar?

—No.

—Entonces ha concluido.

Me ofreció la mano. La ignoré y caminé por mi cuenta.

Al pasar junto a mi padre, él me sujetó del codo.

—No olvides quién eres.

Me incliné hacia él.

—La hija que vendiste por un asiento.

Balam apartó sus dedos sin violencia. Después apoyó una mano en mi espalda para guiarme.

El contacto bastó.

Suficiente para que mi cuerpo lo registrara.

Su palma era grande, caliente, firme. Eryn me tocaba con una familiaridad que conocía mis límites. Balam lo hacía como si preguntara incluso cuando tenía prisa.

Me alejé de inmediato.

—No vuelvas a hacer eso.

—Te estaba evitando una caída.

—Puedo caer sola.

—Empiezo a sospechar que disfrutas demostrando esa habilidad.

Lo fulminé con la mirada.

Él sonrió por primera vez.

Una sonrisa pequeña, torcida y terriblemente inconveniente.

Nos condujeron hasta un edificio reservado para la delegación maya. Había petates, cofres, armas y hombres que se callaron cuando entré.

Una mujer de cabello gris salió de una habitación.

—¿Esta es la muchacha que compraste?

—No compré a nadie, Ixchel.

—Entregaste Chakán y volviste con una mujer. En mi juventud eso tenía otro nombre.

Me agradó de inmediato.

Balam suspiró.

—Necesito que prepares comida.

—¿Para ella o para los asesinos?

—Para ambos. Quizá así dejen de perseguirse.

Ixchel me examinó de pies a cabeza.

—Está demasiado delgada.

—Estoy aquí —dije.

—Eso veo. También veo que no comes lo suficiente.

—Me raptaron esta mañana. No tuve tiempo de desayunar.

—Los hombres siempre arruinan las comidas importantes.

Se alejó murmurando sobre tortillas, gobernantes y estupidez masculina.

—¿Quién es? —pregunté.

—Mi tía.

—Me cae mejor que tú.

—A todos.

Balam abrió la puerta de su habitación. Dentro había una cama baja, un arcón y una ventana que daba al patio trasero.

Medí la distancia hasta el suelo.

No era demasiada.

—No intentes escapar por ahí —dijo.

—No estaba pensando hacerlo.

—Mientes mal.

—Tú compraste esa mentira con una ciudad.

Se quitó el manto y lo dejó sobre el arcón. Debajo llevaba una prenda ligera pegada al torso por el sudor. Aparté la vista demasiado tarde.

—Puedes dejar de mirarme —dijo.

—Estaba buscando el corazón del monstruo.

—Está más arriba.

—No estaba mirando tan abajo.

Ahora sí se rio.

El sonido me enfureció más que su sonrisa.

—Quiero ver a Eryn.

—No puedo llevarte a las celdas.

—Entonces no puedes retenerme aquí.

Caminé hacia la puerta. Balam la bloqueó.

—Si sales sola, mis enemigos te encontrarán antes que tus guardias.

—¿Tus enemigos o los míos?

—Esta noche son los mismos.

Intenté apartarlo. No se movió.

Le empujé el pecho con ambas manos.

Error.

Estaba duro, caliente y demasiado cerca. Balam bajó la mirada hacia mis dedos. Yo también.

—Quítate —ordené.

—Cuando dejes de empujar.

—Cuando te quites.

—Podríamos permanecer así hasta el amanecer.

—He soportado reuniones peores.

Él apoyó una mano junto a mi cabeza, sin tocarme. Su cuerpo encerró el espacio, pero dejó abierta la salida a su derecha.

Podía moverme.

No lo hice.

Su respiración rozó mi frente.

—No voy a obligarte a besarme, casarte conmigo ni compartir mi cama —dijo—. Pero no permitiré que mueras solo para demostrar que no obedeces.

—No necesito tu permiso para arriesgar mi vida.

—Eso ya lo sé.

La puerta se abrió de golpe.

Ixchel entró con una bandeja y nos encontró demasiado cerca.

—Puedo regresar cuando terminen de discutir con las caderas.

Me aparté tan rápido que golpeé el arcón.

Balam cerró los ojos.

—No estábamos haciendo eso.

—Los hombres también arruinan las mentiras.

Dejó la comida y salió.

Tomé una tortilla para ocultar el calor de mi cara.

—Dormiré junto a la ventana.

—Dormirás en la cama.

—¿Y tú?

—Vigilaré la puerta.

—¿Toda la noche?

—Hasta que lleguen refuerzos.

—Después quiero ver a Eryn.

Balam tardó en responder.

—Si sigue en las celdas.

La tortilla se detuvo antes de llegar a mi boca.

—¿Qué significa eso?

Un guerrero apareció en la entrada, agitado.

—Mi príncipe, el prisionero mexica atacó a dos guardias.

Me puse de pie.

—¿Está herido?

El hombre miró a Balam.

—No lo sabemos. Escapó del palacio.

Mi alivio duró poco.

El guerrero añadió:

—Antes de huir dejó un mensaje escrito con sangre en la pared.

—¿Qué decía? —pregunté.

El hombre tragó saliva.

—Que antes del amanecer matará al príncipe maya y se llevará a su mujer.

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