Capítulo 4 4
—Si Eryn viene a matarte, no pienso detenerlo.
Balam cerró la puerta después de despedir al guerrero.
—Agradezco tu sinceridad.
—No era cortesía.
—Eso también lo había notado.
Tomé el cuchillo que acompañaba la bandeja. Balam lo vio, pero no intentó quitármelo.
—¿Piensas defenderme con eso?
—Pienso asegurarme de que ninguno de los dos haga una estupidez.
—Tu amante dejó una amenaza escrita con sangre.
—Eryn no escribiría “su mujer”.
—¿Porque respeta tu libertad?
—Porque sabe que detesto que me llamen así.
Balam se acercó al brasero y añadió una rama al fuego. Parecía tranquilo para un hombre condenado antes del amanecer.
—Quizá estaba herido.
—Cuando Eryn está herido insulta peor.
—Una cualidad entrañable.
—Lo es.
La sonrisa de Balam desapareció un instante. No me gustó advertirlo. Mucho menos preguntarme por qué me importaba.
Ixchel regresó con una manta doblada.
—Los guardias revisan los patios. Nadie ha encontrado al guerrero.
—Porque están buscando a un hombre que huye —dije—. Eryn no huye. Se acerca.
Balam me miró.
—¿A ti o a mí?
—A mí.
—Eso no responde la pregunta.
Ixchel dejó la manta sobre la cama.
—Si van a medir cuál de los dos hombres la desea más, háganlo lejos de mi comida.
—Nadie está midiendo nada —respondí.
La anciana observó el cuchillo en mi mano, la puerta bloqueada por Balam y la distancia entre nosotros.
—Claro. Parece una noche dedicada a la astronomía.
Balam se frotó la frente.
—Tía.
—Príncipe.
Ella salió antes de que pudiera ordenarle algo.
Me acerqué a la ventana. Dos guerreros cruzaban el patio con antorchas. Había otro en el corredor y uno más junto a la escalera.
—No lograrás salir —dijo Balam.
—No estoy intentando hacerlo.
—Sigues mintiendo mal.
—Y tú sigues creyendo que dar órdenes es una conversación.
—No te he dado ninguna desde que llegué.
—Dijiste que dormiría aquí.
—Podías elegir la cama o el suelo.
—Eso no es libertad. Es escoger dónde obedecer.
Balam se quedó quieto.
Por primera vez no respondió de inmediato.
—Tienes razón.
La admisión me desarmó más que una discusión.
—No hagas eso.
—¿Qué cosa?
—Aceptar que tengo razón para que deje de estar enojada.
—¿Funciona?
—No.
—Entonces podemos considerarlo un fracaso.
Quise conservar el gesto duro, pero se me escapó una risa. Balam la escuchó como si fuera una victoria que no debía presumir.
Una piedra golpeó la ventana.
Ambos volvimos la cabeza.
Otra piedra entró y rodó hasta mis pies. Llevaba una tira de tela atada. Reconocí el bordado del cinturón de Eryn.
Me agaché.
Balam fue más rápido y recogió el mensaje.
—Dámelo.
—Podría contener veneno.
—Es tela, no comida.
—Hay venenos que atraviesan la piel.
—¿También crees que los mexicas hablamos con serpientes?
—Solo cuando las conversaciones con nuestros consejeros se vuelven aburridas.
Extendí la mano.
—Balam.
Mi voz bastó.
Me entregó la tela.
“Patio norte. Cuando la luna alcance el techo. Sola.”
El pecho me dolió de alivio.
Eryn estaba vivo.
Balam leyó mi expresión.
—¿Dónde?
Doblé la tira.
—No dice nada.
—Además de mentir mal, ocultas mensajes peor.
—No voy a entregártelo.
—No te lo he pedido.
—Pero intentarás seguirme.
—Naturalmente.
—Entonces tendré que escapar de ti primero.
Balam se apoyó contra la puerta.
—Me interesa conocer el método.
Me acerqué. Sus ojos bajaron hasta el cuchillo que aún sostenía.
—Podría clavártelo.
—Podrías intentarlo.
—No pareces preocupado.
—Estás sujetándolo por el lado equivocado.
Miré mi mano. La hoja apuntaba hacia mí.
—Lo sabía.
—Por supuesto.
Giré el cuchillo y avancé hasta que la punta rozó su abdomen. La tela de su ropa cedió bajo el metal. Balam no retrocedió.
—Apártate.
—No.
—Dijiste que no me darías órdenes.
—No te he ordenado quedarte.
—Estás bloqueando la salida.
—Para impedir que un hombre perseguido te use como escudo.
—Eryn moriría antes.
—Eso dicen todos los hombres enamorados hasta que la muerte se sienta junto a ellos.
La frase no sonó burlona. Sonó aprendida.
Bajé un poco el arma.
Balam aprovechó para sujetarme la muñeca. Giró mi brazo con cuidado, me quitó el cuchillo y me dejó contra la puerta. No me hizo daño. Su pecho quedó pegado al mío, su muslo entre mis piernas y su boca a la altura de mi sien.
El aire se me atascó.
—Eso fue trampa —murmuré.
—Eso fue evitar que te cortes sola.
—Suéltame.
—Cuando prometas no salir.
—Entonces moriremos así.
—Hay formas peores de morir.
Su respiración rozó mi cuello. Mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera castigarlo. Sentí el calor ascender desde el vientre y odié que él lo notara.
Balam aflojó la mano de inmediato.
Me aparté.
—No vuelvas a acercarte así.
—Tú me pusiste un cuchillo en el estómago.
—Y aun así encontraste manera de ser insoportable.
—Es un talento de familia.
Me entregó el arma por el mango.
—Ve a la cama, Aurelia.
—No tengo sueño.
—Entonces finge. Tus guardias esperan que intentes escapar. Los míos esperan que yo lo impida.
—¿Y tú qué esperas?
—Que hagas algo que ninguno haya previsto.
Lo miré.
Había dejado libre la ventana.
Comprendí tarde.
—¿Estás permitiendo que vaya?
—Estoy permitiendo que elijas.
—¿Por qué?
—Porque si te encierro, mañana no escucharás una sola palabra de lo que debo contarte.
—Ya me dijiste que una profecía me condena.
—Te dije lo suficiente para mantenerte viva.
Se quitó el cinturón y lo dejó sobre el arcón. Después se tendió en el suelo, frente a la puerta, cerrando el paso principal.
—La ventana queda bajo tu responsabilidad.
—Podría no regresar.
—Podrías.
—Tu tratado se rompería.
—Sí.
—Perderías la ciudad.
—También.
—Entonces eres más estúpido de lo que pareces.
—Eso tranquilizará a mi tía.
Esperé hasta que su respiración se volvió lenta. Luego até la manta al marco y descendí por la ventana.
El patio norte estaba vacío.
Eryn salió de detrás de una columna y me atrapó entre sus brazos. Su boca encontró la mía sin pedir permiso, como tantas veces antes. Lo abracé, respirando su olor a sangre y humo.
—Tenemos que irnos —dijo.
—¿Cómo escapaste?
—Después.
—¿Escribiste la amenaza?
—Necesitaba que apartaran guardias de este patio.
Me tomó de la mano.
—Hay caballos fuera de la muralla.
—Si huyo, habrá guerra.
—Si te quedas, serás su esposa.
—No he aceptado.
—Aurelia, él entregó una ciudad por ti. No te dejará marchar.
Un ruido llegó desde la galería.
Balam apareció con el manto sobre los hombros y dos cuchillos en las manos.
Eryn me colocó detrás de él.
—Da un paso más y te mato.
Balam no levantó las armas.
—No vine a detenerlos.
Eryn soltó una risa.
—Entonces apártate.
Balam me miró, no a él.
—Puedes irte esta noche. Pero antes debes saber por qué tu padre aceptó entregarte.
—Ya lo sé. Quería recuperar su lugar en el consejo.
—Ese fue su premio.
—¿Cuál fue el motivo?
Balam lanzó uno de los cuchillos. La hoja se clavó en la columna, atravesando un pequeño rollo de piel que alguien había dejado allí.
—Tu padre recibió una orden diferente a la que escuchaste.
Arranqué el mensaje.
Reconocí el sello de mi familia.
—¿Qué dice?
Balam sostuvo mi mirada.
—Que si intentas regresar a Tenochtitlan, Eryn debe matarte antes de que cruces las puertas.
