Capítulo 5 5
—Dime que no sabías que debías matarme.
Eryn no respondió.
La antorcha junto a la columna chisporroteó. Balam permanecía a unos pasos, con una mano cerca del cuchillo que aún conservaba. Yo sostenía el mensaje de mi padre tan fuerte que la piel se arrugó entre mis dedos.
—Eryn.
—No conocía esa orden.
—Pero conocías otra.
Su mandíbula se tensó.
Aquello bastó.
—¿Qué te ordenaron?
—Sacarte de aquí.
—Eso ya lo sé.
—Y llevarte ante el consejo antes de que cruces la frontera.
Balam soltó una risa sin humor.
—Una forma elegante de decir que debe entregarte a los mismos hombres que te vendieron.
Eryn levantó el macuahuitl.
—No te metas.
—Estás en mi campamento, amenazando a una mujer que dices amar y sosteniendo un arma que no sabes cuándo bajar. Me resulta difícil no participar.
Me coloqué entre ambos.
—Si uno de los dos intenta demostrar quién es más hombre, lo golpearé con la parte menos digna de su propia armadura.
Balam miró a Eryn.
—Creo que habla de ti. Mi armadura no tiene partes indignas.
—Tu orgullo cuenta como una —respondí.
La boca de Balam se curvó apenas.
Eryn no sonrió.
—Aurelia, debemos irnos. Ahora.
—¿Para llevarme ante el consejo?
—Para protegerte.
—Eso dijeron mi padre, los sacerdotes y todos los hombres que decidieron por mí hoy.
—Yo no soy como ellos.
—Entonces dime toda la verdad.
Eryn miró el mensaje clavado en la columna. Después me miró a mí.
—Tu padre aseguró que los mayas te eligieron para usar tu sangre en una ceremonia. Dijo que, si regresabas marcada por ellos, no podrías entrar a Tenochtitlan.
—¿Marcada cómo?
—No lo sé.
Balam respondió:
—Casada conmigo.
Eryn avanzó.
—Cállate.
—No. Lleva horas oyendo verdades cortadas para que cada hombre pueda arrastrarla hacia el lugar que le conviene.
Sentí una punzada amarga porque tenía razón.
—¿Y tú no haces lo mismo? —le pregunté.
Balam sostuvo mi mirada.
—Sí.
La respuesta me dejó sin defensa.
—Te traje hasta aquí sin explicarte la profecía completa. Sabía que, si la conocías antes de partir, tu familia podría matarte para impedir que llegases conmigo.
—¿Por eso pediste mi nombre?
—Por eso entregué Chakán.
Eryn apretó el arma.
—Una ciudad no compra una mujer.
—Coincidimos.
—No parece.
—La ciudad compró tiempo. Aurelia no estaba incluida en el precio.
—Pues todos actuaron como si lo estuviera.
—También coincidimos en eso.
Eryn me tomó del brazo.
—No escuches más. Tenemos caballos.
Balam miró su mano sobre mi piel.
—Suéltala.
—Ella vendrá conmigo.
—Eso debe decidirlo ella.
—Llevas un día conociéndola.
—Y ya aprendí algo que tú pareces haber olvidado: no soporta que hablen en su nombre.
Me zafé.
—Ambos van a callarse.
Los dos obedecieron.
El pequeño triunfo habría sido agradable si mi vida no estuviera deshaciéndose frente a ellos.
Abrí el mensaje. La escritura era de un escriba de mi padre. La orden estaba dirigida a los guardias de la frontera: impedir mi regreso, capturar a Eryn y matarme si llevaba el collar ceremonial maya.
No era una advertencia.
Era una sentencia.
—Mi madre lo sabía —murmuré.
Eryn bajó el arma.
—Tal vez no.
—Me vistió para la ceremonia. Me pidió que obedeciera. Me dijo que querían ejecutarte, pero no mencionó esto.
—Pudo intentar protegerte.
—Deja de convertir el miedo de otros en amor.
Eryn retrocedió como si lo hubiera golpeado.
Quise acercarme. Recordé sus besos detrás del templo, la forma en que me hacía reír cuando todos exigían silencio, las promesas que habíamos repetido desde niños. También recordé que había venido a rescatarme con órdenes que no pensaba revelar.
—Yo habría escapado contigo —dije—. Si hubieras confiado en mí.
—Estoy aquí porque confío en ti.
—Estás aquí porque decidiste qué debía hacer.
—¡Porque te amo!
Su voz rebotó en las paredes.
Balam apartó la vista. El gesto, discreto y doloroso, me incomodó más que sus provocaciones.
—Amarme no te permite ocultarme el camino —respondí.
—¿Y vas a confiar en él? —Eryn señaló a Balam—. ¿En el hombre que pagó por llevarte a su reino?
—No confío en ninguno.
—Entonces ven conmigo.
—Acabas de demostrar por qué no puedo hacerlo.
Unos pasos apresurados se acercaron desde la galería. Ixchel apareció cargando una bolsa y tres mantas.
—Los guardias de Tenochtitlan vienen hacia aquí —anunció—. Alguien decidió que esta noche no era lo bastante desagradable.
Miró a Eryn.
—Tú debes ser el amante.
Él parpadeó.
—¿Quién es ella?
—La única persona sensata en este lugar —respondí.
—No exageres —dijo Ixchel—. He criado a Balam. Mi juicio tiene manchas.
Balam tomó la bolsa.
—¿Cuántos hombres?
—Doce. El padre de Aurelia viene con ellos.
El enojo me devolvió el aire.
—Quiere obligarme a terminar la ceremonia.
—O ejecutar a Eryn delante de ti —dijo Balam.
Eryn alzó de nuevo el macuahuitl.
—Que lo intente.
Ixchel le arrebató el arma con una rapidez impropia de su edad.
—Los hombres jóvenes creen que morir de forma ruidosa cuenta como estrategia.
—Devuélvamelo.
—Cuando aprendas a sostenerlo sin anunciar tus malas decisiones.
Balam abrió una puerta lateral.
—El pasadizo conduce al canal. Podemos llegar a las canoas antes que ellos.
—No voy a partir sin entender la profecía —dije.
Él se quedó quieto.
Los golpes comenzaron en la puerta principal.
—Balam.
Metió la mano bajo su manto y sacó una pequeña placa de piedra. Había dos figuras talladas: un águila con las alas abiertas y un jaguar con las fauces descubiertas. Entre ambos aparecía una mujer sosteniendo una hoja de obsidiana.
—La inscripción fue hecha antes de que naciera mi abuelo —explicó—. Dice que una mujer nacida bajo el signo del águila llegará desde el poniente. Gobernará junto al hombre del jaguar y unirá dos pueblos antes de la llegada de hombres sin rostro.
—Eso no explica por qué quieren matarme.
—Falta la última línea.
Los golpes aumentaron. La madera crujió.
Eryn recuperó su arma de manos de Ixchel.
—No tenemos tiempo.
Tomé la placa.
—Léela.
Balam se acercó por detrás y cubrió mi mano con la suya para guiar mis dedos por los símbolos. Su pecho rozó mi espalda. El contacto fue breve, pero mi piel reaccionó con una traición cálida.
Eryn lo vio.
—Apártate de ella.
Balam retiró la mano.
—La última línea dice que la unión solo ocurrirá cuando la mujer elija libremente al hombre del jaguar.
—Entonces no hay profecía —dije—. Yo amo a Eryn.
La puerta principal se partió.
Mi padre gritó mi nombre desde el corredor.
Balam abrió el pasadizo.
—Puedes ir con él, volver con tu padre o subir conmigo a la canoa. Nadie decidirá por ti.
Eryn extendió la mano.
—Aurelia, vámonos.
Miré sus dedos, los mismos que habían prometido protegerme y ocultado la mitad del precio. Luego miré a Balam, el enemigo que me había comprado tiempo y me ofrecía una salida hacia un lugar desconocido.
Mi padre apareció al fondo con los guerreros.
—¡Entrégamela!
Tomé una decisión.
Pasé junto a Eryn y entré al pasadizo con Balam.
—Esto no significa que te elija —advertí.
Él cerró la puerta de piedra mientras Eryn quedaba del otro lado.
—No, Aurelia. Significa que acabas de obligar al hombre que amas a perseguirnos hasta mi reino antes del nuevo amanecer.
