Capítulo 6 6

–No mires atrás.

La voz de Balam llegó desde delante mientras descendíamos por el pasadizo de piedra. No le hice caso.

Volví la cabeza justo cuando la puerta se cerraba y el rostro de Eryn desaparecía tras ella.

Algo me golpeó por dentro.

No era arrepentimiento.

Era peor.

Era saber que acababa de dejar al hombre que amaba al otro lado de una pared para seguir al hombre al que debía odiar.

–Te dije que no lo había elegido –murmuré.

Balam siguió bajando.

–Y yo te creí.

–No parece.

–¿Quieres que regrese y le explique que no debe sentirse herido porque técnicamente no elegiste a nadie?

–Quiero que dejes de hablar.

–Eso sí puedo intentarlo.

Ixchel bufó detrás de nosotros.

–No puede. Llevo años esperando ese milagro.

El pasadizo desembocó junto al canal. Dos canoas aguardaban entre los juncos. Tres guerreros mayas preparaban remos y provisiones.

Detrás de nosotros sonó un golpe seco.

Después otro.

Mi padre había encontrado la puerta.

–Tenemos poco tiempo –dijo Balam.

Me detuve.

–Eryn sigue allí.

–Sabe pelear.

–Contra doce hombres.

–También sabe huir, por lo que he visto.

–No te burles de él.

Balam se volvió.

–No me estoy burlando.

–Te alegra que no haya venido conmigo.

El silencio fue mínimo, pero suficiente.

Me acerqué.

–Te alegra.

–Me alegra que hayas tomado una decisión sin que nadie te arrastrara.

–Eso no fue lo que pregunté.

Balam me sostuvo la mirada. La oscuridad ocultaba parte de su rostro, no la tensión en su mandíbula.

–No. No me entristece que tu amante no esté sentado a mi lado.

Ixchel pasó entre ambos cargando una bolsa.

–Excelente. Ya empezaron los celos y todavía no subimos a la canoa.

–No estoy celoso –dijo Balam.

–Y yo soy una doncella de quince años.

Tuve que contener una sonrisa.

No era el momento.

Mi padre gritó mi nombre desde el interior del pasadizo.

–¡Aurelia!

El cuerpo me reaccionó antes que la cabeza.

Balam me tomó de la cintura y me subió a la canoa.

–Suéltame.

–Cuando estés sentada.

–Puedo subir sola.

–Lo sé. También puedes discutir mientras corres. Ya lo comprobé.

Su mano permaneció un segundo más de lo necesario en mi cintura.

O quizá fui yo quien tardó demasiado en apartarse.

El calor de sus dedos atravesó la tela.

Pensé en Eryn.

Pensé en su boca sobre la mía hacía apenas unos minutos.

Después Balam saltó a la canoa y quedó frente a mí, demasiado cerca para un espacio tan estrecho.

Los guerreros empujaron.

La canoa comenzó a moverse.

Un grupo de hombres apareció en la entrada del canal.

Mi padre iba delante.

–¡Detengan esa embarcación!

Uno de sus guerreros levantó un arco.

Balam se movió antes de que yo entendiera.

Me empujó hacia abajo y cubrió mi cuerpo con el suyo.

La flecha pasó silbando sobre nosotros y se clavó en la madera.

Quedé debajo de él.

Su pecho contra el mío.

Su muslo entre mis piernas.

Su respiración golpeándome la boca.

El mundo se redujo de forma vergonzosa.

–¿Estás herida? –preguntó.

–No.

No se movió.

–Balam.

–Estoy comprobando.

–¿Con todo el cuerpo?

Sus ojos bajaron hasta mi boca.

–No era necesario.

–Entonces quítate.

Lo hizo de inmediato.

Eso me molestó más de lo que debía.

Me incorporé, acomodándome el huipil.

Ixchel me observaba desde la otra canoa.

–Si sobreviven al viaje, agradeceré que dejen de intentar reproducirse durante las emboscadas.

–¡Ixchel! –protestamos los dos.

Ella sonrió.

Otra flecha cayó al agua.

Los remeros aceleraron.

Balam tomó un escudo pequeño y se colocó a mi lado.

–Agáchate.

–No me des órdenes.

–Entonces te lo diré con cariño. Aurelia, ¿tendrías la enorme amabilidad de impedir que una flecha atraviese tu frente?

–Eso fue peor.

–Estoy aprendiendo.

El canal se estrechó entre árboles. Las voces quedaron atrás poco a poco.

Mi respiración no.

–Mi padre disparó hacia mí.

Balam dejó de bromear.

–No sabemos si dio la orden.

–Venía delante de los hombres.

–Eso no significa...

–No lo defiendas.

La frase salió más cortante de lo que esperaba.

Balam guardó silencio.

Me abracé las piernas.

No quería pensar en mi madre. Tampoco en Eryn atrapado entre hombres que podían arrestarlo otra vez.

–¿Lo matarán? –pregunté.

Balam supo a quién me refería.

–Si tu padre lo captura, probablemente.

El estómago se me cerró.

–Entonces debemos volver.

–No.

–Acabas de decir que puedo elegir.

–Elegir no significa que fingiré que todas las opciones son buenas.

–Eryn está en peligro por mí.

–Eryn decidió entrar armado al palacio, escapar, amenazarme y perseguirte. No eres responsable de cada herida que ese hombre se provoca.

Me puse de pie.

La canoa se balanceó.

Balam me sujetó las caderas.

–Siéntate.

–Suéltame.

–Cuando dejes de intentar caer al agua solo para demostrar un argumento.

Sus manos estaban firmes en mi cintura.

No había espacio entre nosotros.

El movimiento del agua hizo que mi cuerpo chocara contra el suyo.

Balam apretó los dientes.

Yo también.

–No hagas eso –dije.

–No estoy haciendo nada.

–Tu cuerpo opina diferente.

Sus ojos se oscurecieron.

Durante un instante ninguno respiró bien.

–Aurelia.

Mi nombre sonó distinto en su boca.

Más bajo.

Más peligroso.

–No me mires así.

–¿Así cómo?

–Como si estuvieras pensando algo que no deberías.

Balam acercó el rostro apenas.

–Estoy pensando muchas cosas que no debería.

El pulso me golpeó en la garganta.

–Entonces piensa más lejos.

–Con gusto.

Pero no se apartó.

Fui yo quien miró su boca.

Él lo vio.

Su pulgar se movió sobre mi cintura, apenas un roce.

Me ardió la piel.

–Si me besas –susurré–, te tiraré al agua.

–No pensaba besarte.

–Mentiroso.

–No dije que no quisiera.

La respuesta me dejó sin aire.

Detrás de nosotros se oyó un silbido.

Una segunda canoa apareció entre los juncos.

Eryn estaba de pie en la proa.

Cubierto de sangre.

Vivo.

Y mirándonos.

Balam soltó mi cintura.

Eryn levantó el arma.

–Apártate de ella.

Balam se volvió con una calma irritante.

–Llegas tarde otra vez.

Eryn sonrió sin humor.

–No. Esta vez llegué antes de que besaras a la mujer que voy a recuperar.

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