Capítulo 7 7
—No soy una mujer que puedas recuperar, Eryn.
Su sonrisa desapareció.
La canoa en la que venía golpeó la nuestra al alcanzar la corriente. Uno de los guerreros mayas levantó el remo como arma, pero Balam extendió el brazo.
—Nadie lo toca.
Eryn saltó a nuestra embarcación sin esperar invitación.
La madera se hundió bajo su peso y yo tuve que agarrarme del borde. Balam me sostuvo por el antebrazo. Eryn vio su mano y después vio mi cara.
—Suéltala.
—Ella todavía no me lo ha pedido.
—Suéltame —dije.
Balam lo hizo.
Eryn pareció satisfecho hasta que me volví hacia él.
—Y tú deja de hablar como si hubieras venido a recoger un escudo que olvidaste en el palacio.
—Aurelia, acabo de atravesar media ciudad con hombres persiguiéndome.
—Eso no vuelve menos estúpida la frase.
—Quise decir que vine por ti.
—Eso ya lo sé. Lo que todavía no entiendes es que yo no vine contigo.
El golpe fue visible.
Eryn apretó la mandíbula. Tenía sangre en la sien, otra mancha oscura en el costado y la respiración demasiado corta.
Mi enojo cedió antes de que pudiera impedirlo.
—Estás herido.
—No importa.
—Cuando dices eso siempre importa.
Extendí la mano hacia su costado.
Eryn me dejó tocarlo.
La tela estaba húmeda.
—¿Quién te hizo esto?
—Uno de los hombres de tu padre.
—¿Lo mataste?
—No.
—Entonces estás perdiendo facultades.
Una risa breve escapó de él.
Por un instante volvimos a ser nosotros.
Balam apartó la mirada hacia el canal.
Lo noté.
Y no quería haberlo notado.
—Tenemos compañía —dijo.
Detrás de la curva aparecieron antorchas.
Tres canoas mexicas.
Mi padre no había desistido.
—Podemos tomar el brazo occidental —dijo uno de los guerreros mayas—. Es más estrecho.
—También más lento —respondió Balam.
Eryn señaló hacia los juncos.
—Hay un paso entre las raíces. Lo usábamos para entrar a los mercados del sur sin pagar tributo.
Balam lo miró.
—¿Contrabando?
—Comercio creativo.
—Empiezo a entender por qué Aurelia te quiere.
—Yo todavía intento entender por qué ella te soporta.
—No lo hago —intervine.
Ixchel, desde la segunda canoa, alzó la voz.
—Mienten los tres. Qué alivio, ya parecen familia.
Los perseguidores se acercaron.
Balam tomó una decisión.
—Entramos por el paso.
Eryn frunció el ceño.
—¿Vas a confiar en mí?
—No. Voy a confiar en que quieres mantenerla viva.
—Eso sí.
—Qué romántico —murmuré—. Dos hombres descubriendo que pueden cooperar siempre que yo sea el problema.
Balam me miró.
—Tú nunca eres solo un problema.
El tono me calentó más de lo razonable.
Eryn lo oyó.
—No vuelvas a hablarle así.
—¿Así cómo? —preguntó Balam.
—Como si tuvieras derecho a desearla.
El silencio cayó de golpe.
Balam dejó el remo.
—No necesito derecho para desear a alguien. Necesito permiso para tocarla. Son cosas distintas.
La respuesta me atravesó el vientre.
Eryn me miró.
Yo habría preferido lanzarme al agua.
—Remen —ordené—. Antes de que mi padre nos alcance y tenga que escuchar esta conversación.
Entramos entre los juncos.
Las ramas nos arañaron los brazos. La canoa de Ixchel pasó detrás. Las antorchas desaparecieron, pero escuchábamos voces cerca.
Eryn se sentó frente a mí.
—Ven conmigo cuando lleguemos a tierra.
—No.
—Ni siquiera sabes adónde te lleva.
—A su reino.
—Donde creen que debes casarte con él.
—Y él fue el único que me dejó salir por una ventana sabiendo que podía perderme.
Eryn bajó la voz.
—Yo crucé una ciudad para encontrarte.
—Y pensabas llevarme al consejo sin decírmelo.
—Porque necesitaba sacarte primero.
—Sigues justificándolo.
—Porque estaba intentando salvarte.
—Deja de salvarme de cosas que no me permites entender.
Sus ojos se endurecieron.
—¿Esto es por él?
Balam no se movió, pero su atención sí.
—Esto es por mí.
—Ayer querías casarte conmigo.
—Ayer mi padre no me había vendido, mi madre no me había mentido y tú no habías llegado con órdenes escondidas.
—Yo sigo siendo el mismo.
—Ese es exactamente el problema.
Eryn se quedó inmóvil.
Me dolió haberlo dicho.
Pero no iba a retirarlo.
La canoa chocó contra una raíz.
Perdí el equilibrio.
Balam me atrapó por la cintura y terminé sobre sus piernas.
Mi muslo quedó entre los suyos.
Su mano se cerró sobre mi cadera.
El calor fue inmediato.
Balam respiró hondo.
Yo también.
—Puedes soltarme —susurré.
—En cuanto la canoa deje de moverse.
—Ya dejó.
—No completamente.
—Balam.
—Ahora sí.
Sus dedos se abrieron despacio.
Demasiado despacio.
Me levanté.
Eryn parecía dispuesto a incendiar el canal.
—La tocaste.
Balam alzó las cejas.
—La impedí caer.
—Disfrutaste demasiado el rescate.
—Eso no voy a discutirlo contigo.
—Pues discútelo conmigo —dije.
Ambos me miraron.
Señalé a Balam.
—No vuelvas a aprovechar un accidente para mantener las manos donde no deben.
—Entendido.
Después señalé a Eryn.
—Y tú no vuelvas a vigilar quién me toca como si fueras mi dueño.
—Nunca dije que lo fuera.
—Tus ojos sí.
Ixchel carraspeó detrás.
—Si terminan de repartirse órdenes, quizá quieran saber que nos están alcanzando.
Una flecha atravesó los juncos y se clavó en nuestra canoa.
Otra rozó el hombro de Eryn.
Balam lo empujó al suelo antes de la tercera.
Eryn lo miró desde abajo, sorprendido.
—Acabas de salvarme.
—No hagas que me arrepienta.
Los remeros aceleraron hasta que el canal se abrió.
Al frente apareció una pequeña construcción de piedra junto al agua.
Balam señaló el embarcadero.
—Ahí podemos refugiarnos hasta que pase la patrulla.
—¿De quién es? —pregunté.
Ixchel respondió antes.
—De una familia que todavía cree que Balam viene a buscar esposa.
Cerré los ojos.
—Perfecto.
Atracamos.
Balam bajó primero y me ofreció la mano.
No la tomé.
Eryn saltó detrás de mí.
—Yo voy contigo.
—Nadie te invitó —dijo Balam.
—Aurelia sí.
—No lo hice.
—Lo harás.
Me volví hacia él.
—Eryn.
Su expresión cambió.
Ya no había rabia.
Había miedo.
—No puedo dejarte entrar sola a un lugar donde todos esperan que seas su esposa.
Balam se acercó hasta quedar a mi lado.
—Entonces entra.
Eryn parpadeó.
—¿Qué?
—Ven con nosotros.
Ixchel soltó una carcajada.
—Esto sí quiero verlo.
Balam sostuvo la mirada de Eryn.
—Pero dentro de esa casa nadie puede saber que eres su amante.
Sentí que Eryn se tensaba.
—¿Y qué se supone que debo ser?
Balam sonrió por primera vez desde que apareció.
—El hombre encargado de preparar nuestra cama.
