Capítulo 8 8
–Prefiero volver y dejar que me atraviesen con una lanza.
Eryn miró la cama como si Balam acabara de pedirle que cavara su propia tumba.
Ixchel dejó las mantas sobre sus brazos.
–No dramatices. Solo debes extenderlas.
–Para que él duerma con Aurelia.
–Si continúas apretando los dientes así, no llegarás al desayuno con todos.
Entramos en la casa antes de que la discusión pudiera empeorar. Una mujer baja y regordeta salió a recibirnos acompañada por dos hijos adultos y media docena de criados.
Al reconocer a Balam, se inclinó.
–Mi señor. Nos avisaron que regresarías con tu prometida, pero esperábamos recibirte dentro de varios días.
Me detuve.
–No soy su prometida.
La mujer levantó la cabeza.
Balam señaló hacia mí.
–Aurelia.
–¿La mujer del águila?
–La mujer Aurelia –corregí.
Ixchel me palmeó el hombro.
–Aprende rápido o terminará mordiendo también a tus criados.
La anfitriona palideció.
–¿Muerde?
–Solo cuando me lo merezco –dijo Eryn.
Todos lo miraron.
Balam intervino antes de que alguien preguntara demasiado.
–Él viaja con nosotros.
–¿Su nombre?
–Eryn.
–¿Y qué función cumple?
Balam tuvo la indecencia de mirarme.
–Prepara camas.
Eryn dejó caer las mantas.
–Se me resbalaron.
Me agaché para recoger una antes de que intentara envolver a Balam con ella y arrojarlo al canal.
La mujer sonrió con nerviosismo.
–Disponemos de una habitación para el príncipe y su futura esposa.
–No dormiremos juntos –dije.
–Dormiremos en la misma habitación –aclaró Balam.
Me volví hacia él.
–Estás empeñado en hacer que esas dos frases parezcan diferentes.
–Lo son.
–Solo para ti.
–Y para cualquiera que entienda cómo funcionan las camas.
Eryn cerró los ojos.
–Voy a matar a alguien.
Ixchel recogió la última manta.
–Primero prepárale el lecho.
La casa se agitó alrededor de nosotros. Cerraron las contraventanas para esconder nuestra llegada y enviaron a un muchacho a vigilar el camino.
Balam habló con sus guerreros mientras yo seguía a Eryn hasta la habitación.
Él tiró las mantas sobre la cama.
–Listo.
–Eso no es preparar nada.
–No pienso acomodarle las almohadas.
–No sabía que los guerreros águila fueran derrotados por dos mantas.
Eryn me miró.
–¿Te divierte?
–Un poco.
–Hace unas horas estabas dispuesta a escapar conmigo.
La sonrisa desapareció.
–Hace unas horas todavía creía que me habías contado todo.
–Ya te expliqué por qué no pude.
–Me explicaste por qué decidiste no hacerlo.
Se acercó.
La herida de su costado había empapado otra vez la tela.
–Si hubiera regresado y te hubiera dicho que tu propio padre ordenó que te mataran si estabas casada con un maya, ¿qué habrías hecho?
–Decidir.
–Habrías intentado enfrentarlo.
–Probablemente.
–Y te habría encerrado.
–Tal vez.
–Por eso vine a sacarte primero.
–Sigues sin entender.
–Entiendo que estás enfadada.
–No. Entiendes la parte que te permite seguir creyendo que hiciste lo correcto.
Eryn apoyó una mano en mi cintura.
La familiaridad del gesto me golpeó con recuerdos.
Su boca detrás del templo.
Mis dedos bajo su cinturón.
La forma en que conocía exactamente dónde tocarme para hacerme olvidar que debía regresar a casa.
–Aurelia –murmuró.
Su frente rozó la mía.
Mi cuerpo reconoció al hombre antes que mi enojo.
–No hagas esto.
–¿Qué?
–Usar lo que existe entre nosotros para evitar la conversación.
–No estoy evitando nada.
Su boca rozó la comisura de la mía.
No fue un beso.
Pero estuvimos demasiado cerca.
–Te amo –dijo–. Y sé que tú me amas.
–Sí.
Decirlo dolió.
Eryn respiró contra mi boca.
–Entonces vámonos juntos cuando todos duerman.
Una voz apareció desde la puerta.
–Interrumpo.
Me aparté de golpe.
Balam estaba apoyado contra el marco.
No parecía furioso.
Eso habría sido más sencillo.
Sus ojos se habían vuelto completamente inexpresivos.
–Necesito revisar la herida de Eryn –dijo.
Eryn soltó una risa.
–Preferiría que me revisara un cocodrilo.
–No tenemos ninguno disponible.
Balam entró con un recipiente de agua y vendas.
–Quítate la ropa.
–Ni muerto.
–Esa posibilidad aumenta si sigues sangrando.
Tomé las vendas.
–Yo lo haré.
Balam me las entregó.
Nuestro dedos se tocaron.
Fue apenas un roce.
Aun así, retiré la mano demasiado rápido.
Eryn lo notó.
También Balam.
Perfecto.
Senté a Eryn y levanté con cuidado su prenda. El corte atravesaba el costado, largo pero poco profundo.
–Esto necesita limpiarse.
–Hazlo.
Balam se quedó allí.
–¿Necesitas algo? –preguntó Eryn.
–Mi habitación.
–Entonces puedes esperar fuera.
–Técnicamente, tú eres quien está ocupando mi cama.
Eryn se levantó.
–Dilo otra vez.
–Si van a pelear –dije–, primero terminaré de curarte. No pienso desperdiciar vendas.
Balam sonrió.
–Esa es una amenaza bastante romántica.
–Nadie te pidió opinión.
Continué limpiando la herida.
Eryn apretó la mandíbula cuando el agua tocó el corte.
Balam acercó una lámpara.
Su brazo quedó junto al mío.
Demasiado cerca.
–Más arriba –indicó.
–Sé limpiar una herida.
–No estaba hablando de tu mano.
Lo miré.
Él señaló la lámpara.
–La luz.
Sentí calor en la cara.
Eryn nos observó.
–¿Qué pasó en esa canoa antes de que llegara?
–Nada –respondí.
Balam habló al mismo tiempo.
–Casi se cae encima de mí.
Eryn se puso de pie.
–¿Qué?
–Siéntate –ordené.
–¿Cayó encima de ti?
–La canoa se movió.
–Y él te sostuvo.
–Sí.
–De la cintura –añadió Balam.
Lo fulminé con la mirada.
–¿Quieres morir?
–Esta noche ya me lo ofrecieron varias veces.
Eryn empujó la mano con la que intentaba vendarlo.
–No voy a quedarme aquí viendo cómo te toca.
–Entonces mira hacia otro lado.
Su expresión cambió.
–¿Eso quieres?
Antes de responder, alguien llamó a la puerta.
Ixchel entró sin esperar permiso.
–Tenemos un problema.
Balam dejó de sonreír.
–¿Nos encontraron?
–Peor.
–¿Qué puede ser peor?
Ixchel me miró.
–Un mensajero llegó desde el reino. El consejo recibió noticias de que Balam partió contigo sin completar la ceremonia.
–Bien –dije–. Entonces saben que no soy su esposa.
–No exactamente.
Sacó un pequeño rollo sellado.
Balam lo abrió.
Su expresión se endureció.
–¿Qué hicieron?
Ixchel cruzó los brazos.
–Ah Kin convocó a los nobles. Dice que negarte a aceptar a Aurelia demuestra que la profecía ya empezó a cumplirse.
Le arranqué el mensaje a Balam.
–¿Y eso qué significa?
Él tardó demasiado en contestar.
–Que al amanecer mi consejo piensa reconocerte públicamente como mi esposa, aunque tú jamás hayas aceptado casarte conmigo.
