Capítulo 9 9
—Que lo intenten.
Arrugué el mensaje entre los dedos.
Balam me lo quitó antes de que lo rompiera.
—Eso harán.
—Entonces llegaré a tu reino y anunciaré delante de todos que no soy tu esposa.
—Ah Kin contará con eso.
—¿Tu sacerdote siempre resulta tan insoportable?
Ixchel se apoyó contra la pared.
—Desde niño. Antes solo era más pequeño.
Eryn seguía sentado junto a la cama, con el vendaje a medio terminar y una expresión que prometía violencia.
—No llegaremos a ese reino.
Balam ni siquiera lo miró.
—Tú quizá no.
—Ella tampoco.
—Otra vez hablando por mí —dije.
Eryn se puso de pie.
—Aurelia, si ese consejo piensa declararte esposa de este hombre sin tu consentimiento, quedarte es una locura.
—¿Y regresar contigo hacia un consejo que ordenó matarme es sensato?
—No regresaríamos a Tenochtitlan.
Aquello me hizo callar.
Balam giró.
—¿Adónde la llevarías?
—No es asunto tuyo.
—Cuando hombres armados nos persiguen y ella es el centro del conflicto, se vuelve asunto mío.
—Precisamente ese es el problema —dijo Eryn—. Todo alrededor de ella ya te parece tuyo.
Balam avanzó.
—Cuida tus palabras.
—¿O qué?
Me metí entre ambos.
—O los golpeo yo.
Ixchel levantó una mano.
—Mi apuesta es por Aurelia.
—Nadie está apostando —dijo Balam.
—Por eso eres un gobernante aburrido.
Terminé de vendar a Eryn con un tirón innecesariamente fuerte.
Él siseó.
—Eso dolió.
—Qué extraño. Las malas decisiones suelen hacerlo.
Balam ocultó una sonrisa.
Eryn la vio.
—Puedes dejar de disfrutar esto.
—No puedo.
—Los dos, fuera —ordené.
Balam alzó una ceja.
—Esta es mi habitación.
—Entonces préstamela.
—¿Para qué?
—Para pensar sin dos hombres respirándome encima.
Ixchel soltó una carcajada.
—Esa frase tiene demasiadas posibilidades.
—Tía.
—Ya me voy.
Ixchel empujó a Balam hacia la puerta. Eryn no se movió.
—Tú también.
—No voy a dejarte sola.
—Estoy en una habitación con una ventana cerrada, sin armas y con media casa vigilando afuera.
—Precisamente.
—Eryn.
Su mirada bajó hasta mi boca.
—Cinco minutos.
—Diez.
—Cinco.
—Vete.
Eryn salió murmurando.
Cerré la puerta.
La abrí otra vez.
Balam seguía allí.
—¿Qué?
—Nada.
—Estabas escuchando.
—Estaba comprobando que no saltaras por otra ventana.
Le cerré en la cara.
Conté hasta tres.
Volví a abrir.
Seguía allí.
—¿No tienes reino que gobernar?
—Aparentemente tengo una esposa que negar.
—No soy tu esposa.
—Ese es exactamente el problema que intento resolver.
Lo agarré del antebrazo y lo metí dentro antes de que Eryn regresara.
—Explícame qué quiere Ah Kin.
Balam quedó frente a mí.
Demasiado cerca.
—Que lleguemos unidos.
—Eso ya lo sé.
—No. Quiere que parezca que hemos aceptado la profecía.
—¿Por qué?
—Porque si el consejo cree que la unión está consumada, ninguna familia puede ofrecerme otra alianza.
Entendí.
—Nahíl.
Balam frunció el ceño.
—¿Quién te habló de ella?
—Tu tía habla mientras respira.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Ibas a casarte con ella?
—Era una posibilidad.
—Qué romántico.
—No fingíamos que lo fuera.
No debería haberme importado.
Me importó.
—¿La quieres?
Balam me estudió con demasiada atención.
—No.
—¿Ella te quiere?
—Eso tendrías que preguntárselo.
—Te lo estoy preguntando a ti.
—¿Por qué?
—Porque necesito saber qué clase de problema voy a encontrar.
Una sonrisa lenta apareció en su boca.
—Claro.
—No sonrías.
—No estoy haciendo nada.
—Tu cara sí.
Intenté apartarme.
Balam apoyó una mano en la puerta, bloqueándome sin tocarme.
El gesto me recordó la noche anterior.
Mi cuerpo lo recordó mejor.
—Si estás celosa —murmuró—, preferiría saberlo antes de llegar.
—No estoy celosa.
—Me alegra.
—¿Por qué?
—Porque sería incómodo considerando que acabas de decirle a otro hombre que lo amas.
Eso me cerró la boca.
Balam bajó la mano.
—Ah Kin sabe que no consumamos ninguna ceremonia. Pero la mayoría de los nobles no.
—Entonces desmiéntelo.
—Lo haré.
—¿Así de fácil?
—No.
—Por supuesto que no.
Balam se acercó al arcón y sacó una pequeña bolsa.
—Si niego públicamente la unión antes de presentarte ante el consejo, algunos exigirán que seas devuelta.
—No pueden devolverme a un lugar donde intentarán matarme.
—Exactamente.
—Entonces tienes que mantener la mentira.
—Durante unos días.
Lo miré.
—¿Quieres fingir que estamos casados?
—Quiero mantenerte viva hasta descubrir quién dentro del consejo aceptará escucharte.
—No necesito que hables por mí.
—No dije que hablaría por ti.
Su voz bajó.
—Dije que conseguiré que estén obligados a escucharte.
El enojo perdió filo.
Eso era lo peligroso con Balam.
Cuando esperaba una jaula, encontraba una puerta.
—¿Qué implica fingir?
—Compartir alojamiento.
—Ya lo hacemos.
—Sentarnos juntos en ceremonias.
—Sobreviviré.
—Que nadie crea que Eryn es tu amante.
Mi mirada se endureció.
—Ahí está.
—No puedo protegerlo si llega a mi reino reclamando a la mujer que todos creen mi esposa.
—No pienso fingir que no significa nada para mí.
—No te lo estoy pidiendo.
—Entonces, ¿qué quieres?
Balam dio otro paso.
Su pecho casi tocó el mío.
—Que no lo beses donde puedan verlo.
El calor me subió por el cuello.
—¿Eso es por seguridad?
—En parte.
—¿Y la otra parte?
Sus ojos bajaron a mis labios.
Esta vez no fingió.
—La otra parte no te gustaría.
—Pruébame.
Balam acercó la boca a mi oído.
—La otra parte quiere arrancarlo de tu lado cada vez que te toca.
Mi respiración se quebró.
—Estás celoso.
—Muchísimo.
No esperaba que lo admitiera.
—Eso no te da derecho sobre mí.
—Lo sé.
Su boca quedó a un movimiento de la mía.
—Pero tampoco voy a mentirte y decir que no quiero besarte desde que intentaste apuñalarme.
—Qué gusto tan cuestionable.
—Tú sostenías mal el cuchillo. Yo soy la víctima.
Me reí.
Grave error.
Balam me miró la boca.
Yo miré la suya.
Él no avanzó.
Esperó.
El silencio se volvió insoportable.
Le puse una mano en el pecho.
Debía apartarlo.
No lo hice.
Sentí el golpe firme de su corazón bajo mi palma.
Balam cubrió mi mano con la suya.
—Dime que me aparte.
Abrí la boca.
La puerta se abrió.
Eryn estaba allí.
Nos vio.
Mi mano sobre el pecho de Balam.
La mano de Balam sobre la mía.
El espacio inexistente entre nuestras bocas.
Eryn palideció.
—Cinco minutos —dijo—. Solo necesité cinco minutos para descubrir qué significa realmente que hayas elegido subir a su canoa.
