Capítulo 1 EL PEOR 2X1 DEL MERCADO NEGRO: MALAS DECISIONES.
Si hubiera un campeonato mundial para la peor suerte en citas románticas, yo, Leo, tendría mi rostro esculpido en oro macizo en el salón de la fama. Y la confirmación absoluta de esto estaba escurriendo en este preciso instante por la nariz de Vanessa.
Todo iba sorprendentemente bien. Estábamos en El Caldero Dorado, un restaurante de gama media que me había costado la mitad de mi quincena. Ella reía de mis chistes malos, yo asentía a sus anécdotas sobre su gato persa, y ambos esperábamos nuestro postre: un volcán de chocolate con encantamiento de calor prolongado. El camarero lo dejó en la mesa con una reverencia elegante. Yo la miré a los ojos, a punto de decirle lo bonita que se veía a la luz de las velas mágicas.
Y entonces, el postre estalló.
No fue un pequeño chisporroteo. Fue una detonación digna de artillería pesada ocasionada por un fallo de magia residual en el núcleo de azúcar del bizcocho. Un proyectil de lava de chocolate hirviente y crema pastelera salió disparado directamente hacia la cara de Vanessa.
El silencio en el restaurante fue sepulcral, interrumpido únicamente por el suave goteo del chocolate cayendo desde el candelabro de cristal sobre nosotros. Vanessa, con el cabello perfectamente planchado ahora convertido en una plasta marrón y pegajosa, parpadeó dos veces. Un trozo de bizcocho resbaló por su mejilla y cayó en su escote.
—Vanessa, yo… te juro que no sabía que esto… —balbuceé, agarrando torpemente una servilleta de tela con la absurda intención de limpiarla.
Ella emitió un sonido que era una mezcla entre el chillido de una tetera a punto de hervir y el llanto de un alma en pena. Se levantó de golpe, derribando la silla de madera de roble tras de sí.
—¡Eres un maldito desastre, Leo! —gritó, con la voz quebrada, atrayendo las miradas piadosas de todos los comensales y camareros del lugar—. ¡Mi vidente me advirtió que tenías un aura maldita! ¡No me vuelvas a llamar en tu vida!
Salió corriendo del lugar dejando un rastro de huellas de chocolate en la alfombra carmesí. Me quedé allí, de pie, sosteniendo la estúpida servilleta en el aire, sintiendo cómo mi dignidad se desintegraba a nivel molecular. El mesero se acercó un minuto después, aclarándose la garganta con incomodidad. Me entregó la cuenta con una mirada que gritaba: "Lo siento, amigo, pero igual tienes que pagar la explosión".
Treinta minutos después, caminaba bajo una lluvia torrencial. Por supuesto que estaba lloviendo. El universo no sería tan poco profesional como para dejarme sufrir un colapso emocional en un clima agradable. El agua helada empapaba mi abrigo de la oficina, filtrándose por el cuello de mi camisa. No me molesté en invocar un paraguas mágico; probablemente se habría incendiado o convertido en un murciélago agresivo dadas las circunstancias de mi suerte.
Suspiré, pateando un charco que reflejaba las luces de neón parpadeantes de la ciudad. Yo no pedía mucho. No quería ser un héroe legendario, ni un multimillonario del Gremio de Comercio, ni un aventurero con un harén. Solo quería a alguien que me recibiera en casa, alguien con quien compartir el estofado de carne que tan bien me quedaba los domingos. Era un buen tipo, maldita sea. Sabía cocinar, limpiaba los rodapiés de mi apartamento con cepillo de dientes, tenía un trabajo estable en el departamento de archivo burocrático y pagaba mis impuestos a tiempo. ¿Por qué las mujeres huían de mí como si fuera el mismísimo Señor de la Plaga?
Absorto en mi propia miseria, giré en una esquina hacia el Callejón del Trasgo, una ruta de atajo hacia mi edificio que la gente decente solía evitar. El lugar apestaba a humedad, pociones caducadas y tabaco barato.
—¡Psst! ¡Oye, Romeo de descuento! ¡Acércate!
Me detuve en seco. Desde las sombras de un toldo de lona desgarrada, una figura desgarbada me hacía señas con entusiasmo. Era Bax. Llevaba una gabardina que parecía haber sido robada de un detective de película en blanco y negro, llena de bolsillos internos abultados con mercancía de dudosa procedencia. Bax era ese tipo de amigo que genuinamente te aprecia, pero que tiene una probabilidad del noventa y nueve por ciento de involucrarte en un esquema piramidal o en un delito menor antes del mediodía.
—Bax, ahora no. Estoy empapado, deprimido y mi cartera acaba de ser saqueada por un volcán de chocolate terrorista —mascullé, intentando seguir de largo.
Él se interpuso en mi camino, agarrándome por los hombros con una sonrisa de vendedor de autos usados que no auguraba nada bueno. Sus ojos oscuros brillaban con esa peligrosa chispa de oportunidad comercial.
—Lo sé, lo vi todo desde la ventana de la taberna de enfrente. Pobre chica, parecía un postre andante —se burló, aunque al ver mi mirada asesina, se aclaró la garganta y adoptó un tono solemne—. Escucha, Leo. Eres mi amigo. Me duele verte así, arrastrándote por las calles, humillado, rechazado por el mercado femenino tradicional...
—Ve al grano antes de que te golpee con mi maletín, Bax.
—El mercado tradicional está sobrevalorado, amigo mío —continuó, bajando la voz y mirando a ambos lados del callejón iluminado apenas por los faroles de gas mágico—. Las mujeres humanas de esta ciudad quieren estatus. Quieren paladines con armaduras brillantes, no oficinistas con un talento oculto para la limpieza profunda. Tienes que pensar fuera de la caja. Tienes que apuntar a lo seguro. A las garantías por contrato.
Metió la mano dentro de su gabardina con dramatismo y sacó un tubo cilíndrico de cuero negro, adornado con runas rojas que palpitaban débilmente bajo la lluvia. Me lo puso frente a la cara como si me estuviera ofreciendo el Santo Grial.
—¿Qué demonios es eso? —pregunté, retrocediendo un paso por instinto.
—No es un qué, es un quién esperando a ser amada. Es un Pergamino de Invocación de Súcubos Premium. Edición Limitada. Traído directamente de los rincones más exóticos del mercado negro.
Lo miré con absoluta incredulidad, limpiándome el agua que me escurría por la nariz.
—Bax, ¿estás loco? ¡Eso es magia de contrato de sangre! Cuestan una fortuna, son ilegales sin un permiso del Ministerio, y si lo haces mal, terminas sin alma.
—¡Detalles burocráticos! —exclamó, agitando la mano en el aire con desdén—. Leo, piénsalo. Una súcubo. Una criatura de belleza irreal, diseñada específicamente para ser complaciente, devota, y estar literalmente obligada por contrato a amarte y obedecerte. Imagina llegar a casa y que una esposa voluptuosa, con un delantal diminuto, te esté esperando con la cena lista. Cero explosiones, cero rechazos. Certeza absoluta. Felicidad garantizada al cien por ciento.
La imagen mental, por muy cuestionable que fuera éticamente, golpeó directamente en mi núcleo de soledad. Mi resistencia menguó por un segundo. Estaba tan cansado. Tan increíblemente cansado de intentarlo de la manera normal.
—No tengo el dinero para algo así, Bax. Los contratos de súcubos cuestan miles de monedas de oro. Yo solo tengo mis ahorros para emergencias.
Bax sonrió, mostrando un diente de oro que brilló en la oscuridad.
—Ah, ahí es donde entra mi oferta especial para amigos. Resulta que el proveedor me debía un favor. Está en promoción. Un 2x1 de liquidación, por así decirlo. Dame lo que tengas en esa cuenta de ahorros tuya y el pergamino es todo tuyo. Te garantizo que esta noche no dormirás solo.
Sabía que era una pésima idea. Todo en mi cabeza, desde mi sentido común hasta mi instinto de supervivencia, gritaba que me alejara corriendo. Pero el frío me calaba los huesos, el recuerdo de las risas en el restaurante resonaba en mis oídos y la desesperación es una consejera muy persuasiva. Saqué mi tarjeta mágica de crédito bancario del bolsillo, temblando.
—Si esto explota o me convierte en un sapo, juro por los dioses que volveré para asesinarte, Bax.
—Disfruta tu luna de miel, viejo amigo —rio él, arrebatándome la tarjeta y empujando el pesado tubo de cuero contra mi pecho antes de desaparecer entre las sombras del callejón con una agilidad inusual.
Miré el tubo oscuro en mis manos. La lluvia repiqueteaba contra el cuero. Dios, realmente acababa de comprar una esposa demoníaca por catálogo en un callejón oscuro. Mi vida había tocado fondo oficial y miserablemente.
