Capítulo 2 EL PEOR 2X1 DEL MERCADO NEGRO: ERROR 404: SÚCUBO NO ENCONTRADA.

La calefacción de mi apartamento, como era costumbre los martes, no funcionaba. A pesar de eso, el sudor perlaba mi frente mientras despejaba la pequeña mesa de centro de mi sala de estar, empujando revistas viejas y facturas de luz hacia el suelo. El espacio era modesto: un sofá de tela gris que había conocido días mejores, una televisión pequeña, y a la izquierda, mi tendedero plegable lleno de camisas de botones secándose al aire libre. Un entorno cero amenazante y decididamente poco apropiado para desatar fuerzas de la oscuridad.

Siguiendo las instrucciones impresas en el reverso del pergamino —las cuales, extrañamente, tenían varios errores ortográficos en el idioma antiguo—, esparcí sal gruesa de cocina formando un círculo en el suelo de madera astillada. Encendí cuatro velas de lavanda que había comprado en rebaja en el supermercado la semana anterior, ya que no tenía velas de cebo negro como indicaba el manual. "La intención es lo que cuenta", me dije a mí mismo, tratando de apaciguar mis nervios destrozados.

Me senté en el suelo frente al círculo con las piernas cruzadas. Desenrosqué la tapa del tubo con un pop sordo y extraje el pergamino. El papel era grueso, amarillento y olía a azufre mezclado, sospechosamente, con humedad de sótano barato. En el centro había un pentagrama intrincado y un espacio en blanco para poner una gota de sangre.

Tragué saliva, sintiendo que el corazón me latía en la garganta.

—Solo un pequeño pinchazo —murmuré para darme ánimos. Tomé un abrecartas de mi escritorio, me pinché el dedo índice haciendo una mueca de dolor, y presioné la yema sangrante justo en el centro del pentagrama.

La reacción fue inmediata. Las líneas trazadas con tinta negra en el pergamino cobraron vida, absorbiendo mi sangre y volviéndose de un tono carmesí brillante. Una ráfaga de viento caliente barrió la sala, haciendo temblar mis camisas en el tendedero y apagando dos de las velas de lavanda.

Comencé a recitar el cántico de invocación, leyendo lentamente las sílabas demoníacas.

—Ignis vinculum... anima conjugis... ex abysso ad me... —Mi voz temblaba, pero me forcé a mantener el volumen—. ¡Ven a mí, compañera de sangre, atada por este contrato de eternidad!

El círculo de sal en el suelo estalló en un resplandor de luz lila, el color universal de la magia de encanto y atracción. Sonreí, sintiendo un estallido de anticipación y alivio. Estaba funcionando. Bax no me había estafado esta vez. Las runas flotaron en el aire, girando rápidamente como una rueda de carga, formando un pilar de luz en el centro de mi sala. Empecé a imaginarla: tal vez tendría cabello largo y oscuro, una voz dulce, alas pequeñas y delicadas...

De repente, el zumbido armónico de la magia se distorsionó. Sonó como un disco de vinilo siendo rayado sin piedad.

La cálida luz lila parpadeó violentamente y se tornó de un rojo agresivo y alarmante. El círculo de sal comenzó a chisporrotear. Las runas flotantes se sacudieron, adoptando formas irregulares, y un sonido estridente, similar a una alarma de error en una máquina de fábrica, llenó la habitación.

—¿Qué? ¡No, no, no! —Grité, retrocediendo a rastras por el suelo, golpeándome la espalda contra mi viejo sofá—. ¡Cancelación! ¡Abortar misión!

Pero era demasiado tarde. La magia no tenía botón de reversa. El pilar de luz roja implosionó con un estallido cegador que me obligó a cubrirme los ojos, acompañado por una densa nube de humo negro con olor a ozono quemado y cerezas amargas que inundó todo el apartamento.

Tosí violentamente, agitando las manos frente a mi cara para disipar el humo. Me ardían los ojos.

—Cof, cof... maldita sea, Bax... —murmuré, sintiendo el pánico instalarse en mi estómago—. ¿Hola? ¿Hay... hay alguien ahí?

A medida que el humo negro comenzaba a asentarse y a ser absorbido por las paredes, una silueta se delineó en el centro del círculo. Mi respiración se atascó.

La figura no era particularmente alta ni voluptuosa. De hecho, era delgada. Muy delgada. El humo terminó de disiparse, revelando a mi supuesta esposa de ensueño.

Tragué aire con fuerza, sintiendo que el cerebro se me reiniciaba.

Frente a mí, de pie en medio del desastre de sal esparcida, no había una mujer. Había un chico.

Y no cualquier chico. Era una visión andrógina de una belleza tan agresiva e irreal que dolía mirarlo. Tenía la piel pálida, casi translúcida, y un cabello platinado con suaves reflejos rosa pastel que le caía desordenadamente sobre los ojos. Ojos que eran de un violeta puro y brillante, cargados en este momento de un nivel de furia homicida que me congeló la sangre. Llevaba ropa que parecía costar más que mi vida entera: una camisa de seda negra abierta hasta el esternón, pantalones ajustados a medida y botas de diseñador con hebillas de plata pura.

Pero lo que definitivamente confirmó que estaba frente al error burocrático más grande de la historia mágica, fueron los dos cuernos curvos, negros y pulidos como la obsidiana, que emergían elegantemente de entre su cabello.

No era una súcubo. Era un íncubo. Un maldito demonio masculino.

El chico me miró de arriba abajo con una expresión de repugnancia tan profunda que sentí que me encogía físicamente. Su mirada juzgó mi camisa mojada por la lluvia, mis pantalones de oficinista arrugados, el tendedero con ropa interior barata y la pintura descascarada de mis paredes. Parecía que acababa de pisar algo sumamente asqueroso en la acera.

—¿Dónde diablos estoy? —Su voz era aterciopelada, melódica, pero cortante como un cristal roto—. Esto no es el palacio de invocación del Lord Hechicero Supremo.

—Yo... eh... yo... —La capacidad de formar lenguaje articulado me había abandonado por completo. Señalé torpemente el pergamino en el suelo con mi dedo vendado.

El íncubo bajó la mirada, sus ojos violetas entrecerrándose al ver el trozo de papel quemado en los bordes. Con un movimiento lánguido y elegante, se inclinó, recogiendo el contrato matrimonial del suelo. Sus dedos delgados y adornados con anillos de oro repasaron las runas de sangre, y mientras lo hacía, su expresión de furia inicial mutó. Una ceja perfecta se elevó y una sonrisa lenta, afilada e increíblemente maliciosa se curvó en sus labios.

La atmósfera de la habitación descendió diez grados de golpe.

El demonio levantó la vista del contrato, fijando esos ojos depredadores directamente en mi patética figura acobardada contra el sofá. Dejó caer el pergamino, cruzó los brazos sobre su pecho, dándose cuenta de que la magia del papel nos había vinculado de manera irrompible.

Felicidades, plebeyo. Acabas de atarte a mí por el resto de tu miserable vida.

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