Capítulo 3 EL SERVICIO AL CLIENTE DEL INFRAMUNDO NO EXISTE.

—Recibo. Tiene que haber un maldito recibo. Una etiqueta de código de barras, una política de devolución, un número gratuito de quejas y reclamos al consumidor...

Mis manos temblaban tan violentamente que casi rompo el tubo de cuero negro mientras lo sacudía boca abajo, rogando a todos los dioses conocidos que de su interior cayera un pedazo de papel salvador. Nada. Solo unas cuantas motas de polvo con olor a azufre. Me tiré de rodillas sobre la alfombra barata, escarbando entre la sal gruesa que había usado para el círculo de invocación, respirando con la rapidez de un roedor acorralado.

Mientras yo sufría un colapso nervioso en tiempo real, el demonio andrógino que acababa de invocar por error realizaba una inspección minuciosa de mi apartamento. Caminaba con pasos lentos y silenciosos, sorteando los muebles como si estuviera navegando por un campo minado de basura radiactiva.

Se detuvo frente al viejo televisor de tubo que descansaba sobre un mueble de aglomerado astillado. Pasó un dedo pálido y perfecto por la superficie, acumulando una fina capa de polvo. Lo miró con profundo asco, frotando sus yemas para limpiarse.

—Dime, plebeyo —su voz era una melodía oscura, impregnada de una arrogancia tan natural que casi sonaba elegante—, ¿este calabozo es una prisión temporal o realmente llamas "hogar" a este vertedero deprimente? Porque he visto celdas de tortura en el Noveno Círculo con mejor iluminación y una decoración menos ofensiva.

Dejé caer el tubo de cuero, sintiendo que una vena en mi frente estaba a punto de reventar.

—¡Es un apartamento de un dormitorio en la zona metropolitana! —grité, con la voz un octava más alta de lo normal—. ¡Pago un alquiler exorbitante por este "vertedero", muchas gracias! Y, para tu información, ¡no eres lo que pedí! ¡Se supone que eras una mujer! ¡Una súcubo!

El chico se giró lentamente. Sus ojos violetas me perforaron con una mezcla de aburrimiento y desdén. La luz de la única bombilla que funcionaba en la sala arrancaba destellos plateados de sus cuernos de obsidiana.

—¿Una súcubo? —repitió, soltando una carcajada seca y carente de humor que hizo eco en las paredes—. Qué maravillosamente vulgar de tu parte. Los humanos sois tan predecibles. Lamento decepcionar tus bajas pasiones, mortal, pero estás frente a Elian, Príncipe del Linaje Umbrío, heredero de las cortes de pesadilla y, desgraciadamente, ahora vinculado a un oficinista cuya paleta de colores para vestir grita "depresión severa".

—No me importa si eres el Rey de Inglaterra o un príncipe demonio de las tinieblas —repliqué, poniéndome de pie torpemente y agarrando el pergamino del contrato que yacía en el suelo. La runa central, ahora teñida con mi sangre, palpitaba con un brillo rojo intermitente—. Esto es un error. Un fraude comercial. Voy a anular este contrato ahora mismo.

Elian se apoyó contra la pared, cruzando sus brazos enfundados en esa costosísima camisa de seda negra. Una sonrisa burlona apareció en sus labios, revelando unos caninos ligeramente más afilados de lo normal.

—Adelante. Inténtalo. Me encantará ver cómo tu frágil intelecto humano procesa las leyes de la magia de sangre antigua.

Ignoré su tono condescendiente y acerqué el pergamino a la luz de la lámpara. Mis ojos escanearon desesperadamente la letra pequeña, esa que estaba amontonada en la parte inferior en un latín demoníaco que apenas lograba descifrar gracias a mis clases de la universidad.

"Cláusula 4: El vínculo matrimonial de supervivencia es absoluto. El invocador asume la completa responsabilidad financiera, mágica y física del ente invocado."

"Cláusula 7: En caso de error de invocación, el contrato NO podrá ser revocado hasta que el medidor de Satisfacción Conyugal Mútua alcance el cien por ciento (100%). Cualquier intento de destrucción del documento resultará en medidas disciplinarias automáticas."

—¿Satisfacción conyugal? —chillé, sintiendo que el estómago se me caía a los pies—. ¿Qué demonios significa eso? ¡No estamos casados! ¡Soy cien por ciento heterosexual! ¡Me gustan las mujeres! ¡Con curvas, suaves, y que no tienen cuernos puntiagudos en la cabeza!

—Te aseguro que el sentimiento de repulsión es mutuo, cariño —respondió Elian, arrastrando las palabras con un sarcasmo letal—. Yo esperaba ser convocado por un archimago multimillonario o una reina oscura que me cubriera de oro y joyas, no por un don nadie que seca sus camisas baratas en el medio de la sala. Pero el contrato es claro. Mi núcleo mágico ahora está atado a tu lamentable existencia.

—¡Pues lo rompemos y ya está! —Rugí, perdiendo los estribos.

Cegado por el pánico, mi cerebro de primate tomó la peor decisión posible. Agarré el encendedor de plástico que guardaba en la mesa para las velas de lavanda. Lo encendí con un chasquido del pulgar y acerqué la llama directamente a los bordes del pergamino amarillento.

—Yo que tú no haría eso, humano idiota —advirtió Elian, pero ni siquiera hizo un movimiento para detenerme. Parecía genuinamente entretenido.

En el instante en que la llama amarilla tocó el borde del papel, el pergamino no se quemó. En su lugar, emitió un chillido agudo, como si estuviera vivo. La runa de sangre en el centro destelló con una furia cegadora y una corriente eléctrica de color carmesí salió disparada del documento, trepando por mis brazos con la fuerza de un relámpago.

—¡GAAAH! —Un grito ahogado escapó de mi garganta cuando la descarga me levantó del suelo por una fracción de segundo, arrojándome de espaldas contra la mesa de centro. Las patas de madera crujieron al recibir mi peso.

Me quedé allí tirado, viendo estrellitas parpadear en mi campo de visión, con el cabello erizado y oliendo débilmente a carne chamuscada. El pergamino flotó suavemente en el aire y aterrizó intacto sobre mi pecho, como burlándose de mi sufrimiento.

Elian estalló en una carcajada cristalina. Era un sonido hermoso, francamente, pero en ese momento sonaba como el jefe final de un videojuego riéndose de mi miseria.

—Te lo advertí —dijo, acercándose lentamente hasta quedar de pie junto a mí. Miró mi estado lamentable desde su altura—. La magia de sangre no acepta devoluciones, esposo mío.

Iba a contestarle con un insulto bien articulado, pero de repente, la risa de Elian se cortó en seco.

Vi cómo la expresión de superioridad se borraba de su rostro andrógino, reemplazada por una mueca de genuino desconcierto. Parpadeó varias veces, llevándose una mano a la cabeza, como si de pronto el mundo le diera vueltas. Sus piernas temblaron bajo esos pantalones de diseñador.

—¿Qué... qué es este aire tan asqueroso? —murmuró, su voz perdiendo toda su fuerza.

Antes de que pudiera procesar lo que estaba pasando, las rodillas de Elian cedieron y el demonio colapsó hacia adelante, cayendo pesadamente sobre la alfombra a escasos centímetros de mí.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo