Capítulo 4 EL PEAJE DE LA SUPERVIVENCIA.
—¡Oye! ¡Oye, levántate! ¡No te atrevas a morirte en mi sala, no tengo seguro para encubrir cadáveres místicos!
Me arrastré por el suelo, ignorando el dolor en mi espalda por la descarga eléctrica, y me acerqué a Elian. El príncipe demonio yacía de costado. Su piel, que ya era pálida de por sí, ahora tenía un tono casi translúcido, enfermizo. Su respiración era superficial y errática, como si estuviera intentando tragar aire a través de una pajita obstruida. Sus hermosos ojos violetas estaban a medio cerrar, desprovistos del brillo letal que tenían hace solo un minuto.
Extendí una mano temblorosa y le toqué el hombro. Estaba helado. Era como tocar un bloque de mármol en pleno invierno.
—¿Qué te pasa? —pregunté, el pánico real reemplazando mi molestia inicial—. ¿Eres alérgico al polvo? Te juro que barrí ayer. Bueno, la semana pasada.
Elian emitió un gemido sordo. Con un esfuerzo visible, logró apoyar una mano en el suelo para levantar a medias el torso. Me miró con una mezcla de desesperación y odio.
—El aire... de tu mundo —jadeó, cada palabra pareciendo costarle un esfuerzo titánico—. Está muerto. No hay maná puro. Para un demonio de alto rango... respirar aquí sin un ancla... es como tragar cristal molido y ácido.
—¡Pero yo no tengo la culpa de la contaminación mágica! —me defendí, levantando las manos—. ¿Qué quieres que haga? ¿Que te compre un tanque de oxígeno?
—Idiota —siseó, mostrando los dientes en una mueca de dolor mientras se agarraba el pecho—. Yo soy el ente invocado. Tú eres mi ancla. El contrato dice... que debes sostenerme. Necesito energía vital. Inmediatamente. O mi núcleo colapsará.
La palabra "energía vital" activó todas las alarmas de sentido común que me quedaban. Me alejé arrastrándome hacia atrás.
—¿Energía vital? ¿Qué significa eso? ¿Me vas a chupar la sangre como un vampiro de película B? ¡Ni hablar!
—No quiero tu asquerosa sangre humana —replicó él, cerrando los ojos con fuerza. Su voz se estaba volviendo un susurro—. Soy un íncubo. Nos alimentamos de emociones densas... fluidos... contacto físico extremo. Dame tu energía. Ahora.
Mi cerebro, procesando a la velocidad de una tortuga con artritis, finalmente unió las piezas. Íncubo. Demonio de la lujuria. Fluidos. Contacto físico.
Un intenso rubor calentó mi rostro, extendiéndose hasta la punta de mis orejas.
—¡Absolutamente no! —Grité, cruzando los brazos sobre mi pecho en un gesto de protección casi infantil—. ¡Te lo acabo de decir, me gustan las mujeres! ¡No voy a tener "contacto físico extremo" contigo! ¡Eres un hombre! ¡Bellísimo de una forma confusa, sí, pero un hombre al fin y al cabo! ¡Y tienes cuernos!
Elian me miró. Y en ese instante, el demonio perezoso, débil y moribundo desapareció. Un instinto primario de supervivencia destelló en sus pupilas dilatadas.
Fue demasiado rápido para la vista humana. Un segundo estaba en el suelo tosiendo, y al siguiente, una fuerza sobrenatural me agarró por las solapas de la camisa, levantándome del suelo como si yo pesara lo mismo que una pluma. Me estrelló contra la pared junto a la ventana, haciéndome soltar un quejido por el impacto.
Abrí los ojos, aterrado, solo para encontrar el rostro de Elian a escasos milímetros del mío. Sus manos me tenían inmovilizado, clavándome contra el papel tapiz descascarado.
—No estoy pidiendo permiso, plebeyo —susurró contra mis labios, su aliento frío rozando mi piel—. Estoy cobrando el peaje.
Antes de que pudiera girar la cara o articular una sílaba de protesta, Elian acortó la distancia y estrelló su boca contra la mía.
Mi primera reacción fue resistirme. Apreté los labios y puse mis manos sobre su pecho para empujarlo, pero sus músculos bajo la camisa de seda eran firmes como el acero. No se movió ni un milímetro.
Entonces, él abrió sus labios, deslizando una de sus manos heladas hasta mi nuca, enredando sus dedos en mi cabello para evitar que me escapara. Su lengua trazó la línea de mis labios cerrados, emitiendo un sonido grave desde el fondo de su garganta, una vibración de pura magia que envió un escalofrío directo a mi espina dorsal. Fue como un corto circuito. Mi mandíbula se relajó de forma involuntaria, y él tomó posesión total de la situación.
El beso fue profundo, invasivo y absolutamente abrumador.
No sabía a azufre ni a fuego infernal. Sabía a cerezas oscuras, a un incienso caro y embriagador, y a algo eléctrico que hacía que cada terminación nerviosa de mi cuerpo se encendiera de golpe. Sentí cómo una corriente de calor extraña fluía desde el centro de mi pecho, subiendo por mi garganta y derramándose directamente en él. Era mi energía, literalmente siendo drenada, pero en lugar de dolor, lo que sentí fue una oleada de mareo y una debilidad vergonzosa en las rodillas.
Mis manos, que pretendían alejarlo, dejaron de empujar. Mis dedos, traicionando mi voluntad y todos mis ideales de heterosexualidad previamente establecidos, se cerraron arrugando la seda de su camisa negra. Me aferré a él simplemente porque sentía que si lo soltaba, me caería al suelo como un muñeco de trapo.
La temperatura de su piel subió rápidamente. El frío glacial desapareció, reemplazado por un calor reconfortante. Elian suspiró contra mi boca, un sonido de puro alivio que resonó en mi propia boca, intensificando el beso aún más. Estaba devorándome, consumiendo mi aliento, mi energía, mi cordura.
Justo cuando estaba seguro de que iba a desmayarme por la falta de oxígeno y la sobrecarga sensorial, Elian se apartó.
El corte fue abrupto. Tropecé hacia adelante y caí de rodillas, apoyando las manos en el suelo de madera mientras jadeaba desesperadamente, intentando meter aire en mis pulmones ardientes. El corazón me latía tan fuerte contra las costillas que temí que se saliera de mi pecho. Mi mente era un desastre en blanco, un caos de alarmas gritando ¡Alerta roja! ¡Alerta roja!
Miré hacia arriba, todavía temblando.
Elian estaba de pie, acomodándose el cuello de la camisa con una elegancia perezosa. Todo rastro de debilidad había desaparecido. Su piel pálida ahora tenía un saludable y hermoso rubor rosado en las mejillas, y sus ojos violetas brillaban con una intensidad renovada y peligrosa. Se pasó el pulgar por el labio inferior, que estaba notablemente húmedo e hinchado, y me miró con superioridad.
—No estuvo mal —comentó, con un tono casual y desvergonzado, como si acabara de evaluar una taza de té—. Sabes a café de máquina barato, a estrés crónico y a una desesperación romántica que da un poco de lástima. Pero servirá.
Yo no podía hablar. Literalmente, había olvidado cómo funcionaba el idioma español. Me toqué los labios con la yema de los dedos, sintiendo un cosquilleo fantasma en ellos. Mi cara estaba ardiendo a tal nivel que probablemente podría haber frito un huevo en mi frente. Un chico me acababa de besar. ¡Y me había robado la energía vital! ¡Y, lo peor de todo, no había sido asqueroso!
Mi cerebro hizo un ruido estático. Un Gay Panic en toda su gloria se instaló en mi sistema nervioso, bloqueando cualquier respuesta lógica.
Elian soltó un ligero bostezo, estirando los brazos con la gracia de un felino perezoso. Ignoró mi colapso mental monumental y miró a su alrededor con fastidio.
—La recarga de emergencia me ha dado sueño. Asumo que ese cuartucho de allá es el dormitorio —dijo, señalando la puerta entreabierta de mi única habitación—. Si la cama está llena de chinches, te juro que te convertiré en un taburete.
Sin esperar respuesta, el príncipe demonio caminó hacia mi habitación. La puerta se cerró tras él con un clic suave.
Me quedé allí, tirado en el suelo de mi propia sala, rodeado de sal de cocina, velas baratas, un contrato irrompible y un enorme cuestionamiento sobre mi identidad, mi futuro y mi cuenta bancaria.
Atado por magia a un íncubo caprichoso y desvergonzado. Definitivamente, era el peor martes de mi vida. Y apenas estaba comenzando.
