Capítulo 5 EL DEMONIO DE PRADA: EL SÍNDROME DE ESTOCOLMO TEXTIL.
El sonido estridente de la alarma de mi teléfono me perforó los tímpanos exactamente a las seis y media de la mañana. Abrí los ojos de golpe, ahogando un quejido ronco al sentir un resorte oxidado del sofá clavándose sin piedad en mis lumbares. Parpadeé varias veces hacia el techo descascarado, rezándole a cualquier deidad dispuesta a escucharme que los eventos de la noche anterior hubieran sido solo una alucinación febril por comer atún caducado.
Pero no. La dura y cruda realidad me golpeó con la sutileza de un camión de carga.
El círculo de sal gruesa seguía esparcido por toda la alfombra. El olor persistente a incienso caro y ozono flotaba en el aire. Y, sobre todo, el hormigueo fantasma que aún vibraba en mis labios me confirmaba el desastre: había comprado un pergamino pirata, invocado a un príncipe íncubo, y este me había robado un beso que me dejó con un colapso nervioso y un Gay Panic del que dudaba recuperarme en esta década.
Y lo peor de absolutamente todo: era miércoles. El capitalismo no perdona ni los errores místicos ni los matrimonios accidentales. Tenía que ir a trabajar a la oficina.
Me senté lentamente, frotándome el cuello rígido y soltando un largo y profundo suspiro. Estaba exhausto, mi espalda pedía a gritos un quiropráctico, y mi cuenta bancaria seguía en números rojos. Me arrastré hacia la cocina, preparé la cafetera con movimientos mecánicos y me armé de valor para enfrentar a mi "esposo".
Empujé la puerta de mi habitación, que había quedado entreabierta.
La escena frente a mí parecía sacada de un cuadro renacentista, si el Renacimiento hubiera incluido edredones de poliéster de rebaja. Elian estaba esparcido por toda mi cama, ocupando el centro exacto como una estrella de mar majestuosa. Dormía boca abajo, con la mejilla aplastada contra mi almohada, el cabello platinado cayendo como una cascada desordenada, y uno de sus cuernos negros asomando entre los mechones. Respiraba de manera suave y rítmica. Parecía casi inofensivo. Casi un ángel, si ignorabas el hecho de que literalmente se alimentaba de almas y fluidos.
Me acerqué de puntillas hasta el armario, con la intención de sacar un pantalón de vestir y una camisa sin hacer ruido. Sin embargo, mi piso de madera tenía otros planes. Pisé la tabla traicionera cerca de la cómoda, la cual emitió un crujido que resonó como un disparo en el silencio matutino.
Elian se removió. Un gemido de queja escapó de sus labios antes de abrir lentamente un ojo violeta, inyectado de sueño y mal humor.
—Si estás intentando asesinarme mientras duermo, plebeyo, te sugiero que seas más sigiloso —murmuró, su voz ronca y profunda vibrando de una manera que, irritantemente, me hizo tragar saliva.
—Solo estoy buscando mi ropa para ir a trabajar —respondí, agarrando un par de calcetines a la defensiva—. Vuelve a dormir, monstruo chupasangre.
Elian ignoró mi insulto. Se incorporó apoyándose en los codos y miró su propia vestimenta con una mueca de absoluto horror. Su camisa de seda negra, que ayer parecía valer más que mi vida entera, ahora estaba arrugada y ligeramente desaliñada tras haber dormido con ella.
—Esta prenda está arruinada —decretó, tocando la tela como si estuviera contaminada—. La humedad de tu asqueroso mundo humano ha comprometido la integridad de la seda hilada por arañas del abismo. No puedo usar esto. Quítame esta inmundicia de la vista y tráeme prendas limpias.
Me quedé congelado, un calcetín colgando de mi mano.
—¿Perdona? ¿Me estás dando órdenes en mi propia casa? —Fruncí el ceño, cerrando el cajón de un golpe—. No soy tu sirviente, y definitivamente no tengo ropa de seda de araña. Tendrás que conformarte con lo que traes puesto.
Elian hizo un puchero. Literalmente, el príncipe de las tinieblas hizo un puchero, inflando las mejillas y cruzándose de brazos con una actitud de rabieta infantil que desentonaba terriblemente con su aura letal.
—Me niego a existir en el plano terrenal luciendo como un mendigo que acaba de salir de un vertedero. Si no me das ropa limpia y digna, absorberé tu energía vital hasta dejarte seco justo aquí y ahora.
Instintivamente, me cubrí la boca con la mano y retrocedí un paso. El recuerdo de su beso abrumador de anoche me golpeó de lleno.
—¡Está bien, maldita sea, está bien! —gruñí, capitulando antes de que decidiera saltar sobre mí de nuevo.
Revolví frenéticamente en mis cajones. Dado que yo era un tipo de espalda ancha que medía un metro ochenta y él era más bajo y de complexión delicada, nada de lo que yo tuviera iba a quedarle a medida. Saqué lo más suave que encontré: unos pantalones de chándal grises con elástico en los tobillos y una vieja camiseta blanca de algodón, descolorida por las lavadas, que solía usar para pintar la casa.
Se las arrojé a la cara.
—Toma. Alta costura humana. Póntelo y no te quejes.
Salí rápidamente de la habitación para darle (y darme) privacidad, cerrando la puerta con el corazón latiéndome rápido. Fui al baño, me lavé la cara con agua helada, me repetí en el espejo que yo era un hombre serio y heterosexual, me vestí con mi traje gris de oficina, e intenté convencerme de que la situación estaba bajo control.
Quince minutos después, volví a entrar a la habitación. Esperaba encontrarlo viéndose ridículo, flotando en mi ropa enorme, tal vez enfadado y bufando.
En su lugar, mi respiración se cortó de tajo.
Elian estaba sentado en el borde de la cama. La camiseta blanca de cuello ancho le caía por un hombro, dejando al descubierto su clavícula pálida y perfecta. Las mangas le quedaban tan largas que apenas se le veían las yemas de los dedos, dándole un aspecto increíblemente vulnerable, como el de un gato envuelto en una manta. Los pantalones grises colgaban sueltos de su cadera. Se estaba frotando un ojo, despeinado y luciendo tan peligrosamente adorable que mi cerebro hizo un cortocircuito masivo.
¿Cómo era posible que alguien se viera como una supermodelo de revista indie usando la camiseta que yo usaba para destapar tuberías?
—Esto pica —se quejó él, tirando del cuello de la camiseta, rompiendo el encanto de inmediato—. Y huele a detergente barato.
—E-es lo que hay —tartamudeé, desviando la mirada rápidamente hacia la pared, sintiendo mis mejillas arder como si me hubiera acercado a una estufa—. En fin. Quédate ahí. No toques mis cosas, no incendies la cocina, y por lo que más quieras, no le abras la puerta a nadie. Vuelvo a las seis de la tarde.
Agarré mi maletín, di media vuelta y salí corriendo del apartamento como si me persiguiera el mismo diablo. Lo cual, técnicamente, no estaba muy lejos de la realidad.
