Capítulo 6 CUERNOS INVISIBLES.
Bajé las escaleras de mi edificio de dos en dos, respirando el aire frío de la mañana con alivio. El plan era sencillo: ir al trabajo, pasar ocho horas sellando formularios de archivo, cobrar mi salario a fin de mes, e ignorar por completo el hecho de que tenía a una criatura mitológica andrógina secuestrada en mi apartamento.
Caminé a paso rápido las cuatro cuadras que separaban mi casa de la estación de metro más cercana. Me compré un café de máquina en la esquina y pasé mi tarjeta por el torniquete, sintiéndome orgulloso de mi capacidad para mantener la normalidad. Bajé las escaleras hacia el andén subterráneo, justo cuando el tren se acercaba con un chirrido metálico.
Estaba a punto de dar un paso hacia la línea amarilla cuando ocurrió.
No fue una punzada sutil. Fue un dolor agudo y abrasador en el centro exacto de mi pecho, justo donde se suponía que estaba mi corazón. Sentí como si un gancho invisible y candente me hubiera ensartado las costillas, conectado a un cable elástico gigante que repentinamente había llegado a su límite de tensión.
—¡Argh! —Un grito ahogado escapó de mi garganta.
Una fuerza descomunal tiró de mí hacia atrás. Mis pies resbalaron en las baldosas de la estación y caí de espaldas con un ruido sordo, derramando mi café caliente sobre mi abrigo. Varios pasajeros se apartaron, mirándome como si estuviera loco o sufriendo un infarto.
El tirón en mi pecho no cedía. Era una presión asfixiante que me arrastraba literalmente en dirección a mi apartamento. Intenté levantarme, pero cada paso que daba alejándome hacia el tren se sentía como chocar contra un muro de acero invisible que amenazaba con arrancarme los pulmones.
El pánico se apoderó de mí. La letra pequeña. ¡La maldita letra pequeña del contrato!
Girando sobre mis talones, empecé a correr en dirección contraria, saliendo de la estación a trompicones. Con cada metro que me acercaba a mi edificio, la presión en el pecho disminuía, confirmando mi mayor temor: había una correa mágica.
Llegué a mi puerta empapado en sudor, con el abrigo manchado de café y la respiración entrecortada. Abrí de golpe.
Elian estaba en la cocina, cómodamente sentado en un taburete, comiéndose un tazón de mis cereales azucarados favoritos con una cuchara de plástico. Al verme entrar jadeando y luciendo como si hubiera corrido una maratón huyendo de osos salvajes, enarcó una ceja y se llevó una cucharada a la boca con suma parsimonia.
—Te tomó menos tiempo del que calculé —dijo, masticando con total tranquilidad—. Olvidé mencionarte un pequeño detalle, esposo mío. Los vínculos de supervivencia iniciales tienen un límite de distancia de proximidad. No puedes alejarte más de mil metros de mi radio mágico.
—Tú... ¡Tú me usaste de yo-yo humano! —grité, tirando mi maletín al sofá mientras me sujetaba el pecho adolorido—. ¡Pude haber muerto asfixiado!
—Exagerado. Solo se siente como un pequeño desgarro del alma. Además —se encogió de hombros, la enorme camiseta blanca resbalando aún más por su piel pálida—, te advertí que me negaba a quedarme solo en este calabozo. Me aburro rápido. Y cuando me aburro, rompo cosas. Ayer vi una cucaracha en el pasillo y estuve a punto de incinerar el edificio entero. Deberías agradecerme.
Apreté los puños, contando hasta diez mentalmente, pero no pasé del cuatro.
—Tengo un trabajo —dije, casi suplicando, sintiendo que la cordura me abandonaba por las orejas—. Tengo un empleo de oficina que paga el alquiler de este lugar que tanto odias. Si no voy, me despiden. Si me despiden, no hay comida. ¿Entiendes el concepto?
Elian suspiró, dejando el tazón vacío en el fregadero.
—Bien. Vamos, entonces. Muéstrame dónde desperdicias tu mísera vida humana. Pero escúchame bien, no pienso caminar. Exijo un transporte digno.
Quince minutos y una vergonzosa discusión después, estábamos sentados en el autobús municipal número 42. Elian iba con la nariz arrugada, mirando a los pasajeros a nuestro alrededor como si estuvieran cubiertos de fango tóxico. Yo, a su lado, sudaba frío por el simple hecho de que llevaba un demonio en el transporte público.
—Tienes que ocultar eso —le susurré, señalando nerviosamente su cabeza.
—¿Ocultar qué, mi evidente superioridad estética? —respondió en voz alta, ganándose la mirada curiosa de una señora mayor en el asiento de enfrente.
—¡Los cuernos! —siseé entre dientes—. ¡A menos que quieras que nos encierren en un laboratorio gubernamental, escóndelos!
Elian rodó los ojos. Murmuró unas palabras en un idioma antiguo que sonó como estática de radio y chasqueó los dedos. Una leve onda de choque rozó mi piel. Parpadeé. Sus cuernos de obsidiana habían desaparecido por completo, dejando solo su sedoso cabello platinado. Además, el violeta brillante de sus ojos se apagó, adoptando un tono azul cobalto, mucho más "normal" pero igual de hipnotizante.
Incluso con mi ropa vieja y andrajosa, y sin sus rasgos demoníacos, destacaba de una forma obscena.
Llegamos a mi edificio de trabajo: el Departamento de Archivos Burocráticos. Un cubo de concreto gris y deprimente que absorbía la alegría de cualquier alma que entrara. Pasamos las puertas de cristal dobles, y el olor a café quemado, papel rancio y desinfectante de pino nos golpeó de frente.
Caminamos por el laberinto de cubículos iluminados por tubos fluorescentes que parpadeaban como si estuvieran a punto de morir.
Elian se detuvo en seco en medio del pasillo. Miró a su alrededor y dejó escapar una exclamación de puro horror genuino.
—¿Qué es esta atrocidad arquitectónica? —Su voz resonó fuerte y clara sobre el sonido de los teclados y los teléfonos—. ¡La paleta de colores es gris sobre gris! ¡Esta iluminación es un crimen contra la tez de cualquier persona con un mínimo de dignidad! ¿Acaso crían goblins depresivos aquí adentro?
—¡Shhh! ¡Cállate! —Le tapé la boca con la mano, aterrorizado, mirando frenéticamente a ambos lados para ver si el supervisor estaba cerca. Elian me lamió la palma de la mano, forzándome a soltarlo con un quejido de asco, limpiándome en el pantalón.
—Ni siquiera en los pozos del castigo eterno tenemos un diseño tan falto de alma —continuó él, ignorándome por completo, tocando la pared divisoria de un cubículo forrada en fieltro azul sucio—. Esto es patético, plebeyo. Exijo hablar con el responsable de esta tortura visual para maldecir su linaje.
Antes de que pudiera agarrarlo del brazo y arrastrarlo debajo de mi escritorio para esconderlo, el inevitable desastre ocurrió.
Desde la máquina expendedora al final del pasillo, el sonido de unos tacones resonó con un ritmo acelerado y letal. Una figura femenina asomó la cabeza por encima de los separadores grises. Era Maya. Llevaba su eterno vaso de café en la mano, un suéter de lana que le quedaba grande, y unas ojeras que evidenciaban otra madrugada leyendo novelas web de romance.
Su radar para el drama social y el chisme era mejor que cualquier radar militar. Sus ojos se clavaron en mí y, una fracción de segundo después, escanearon al ser celestial, andrógino e insolente que estaba a mi lado vistiendo mi vieja camiseta holgada.
La expresión de aburrimiento de Maya se transformó en pura y absoluta fascinación. Una sonrisa depredadora, iluminada por una curiosidad insana, se formó en su rostro.
Se deslizó hacia nosotros con la suavidad de un tiburón oliendo sangre fresca en el agua. Se detuvo a un metro de distancia, evaluando la cercanía entre Elian y yo, notando la diferencia de estaturas y la obvia tensión que emanaba de ambos.
Se aclaró la garganta, con los ojos brillando de anticipación.
—Vaya, vaya, Leo —ronroneó Maya, cruzándose de brazos y recostándose contra mi cubículo, sin despegar la vista del príncipe íncubo—. ¿Y este bombón quién es? Y más importante aún... ¿por qué lleva puesta tu pijama?
