Capítulo 7 "PRIMOS LEJANOS" Y OTRAS MENTIRAS PIADOSAS.

Si la mirada de Maya fuera un arma de asedio, mis escudos defensivos habrían colapsado en el acto. Estaba allí de pie, recostada contra el divisor de fieltro gris de mi cubículo, con el café humeando en una mano y una sonrisa que me heló la sangre en las venas. Sus ojos iban de mi rostro pálido al rostro ridículamente esculpido de Elian, bajando hacia la camiseta holgada que él llevaba puesta. Una camiseta que ella, por desgracia, me había visto usar en el maratón de limpieza de la oficina del año pasado.

Una gota de sudor frío se deslizó por mi nuca. Mi cerebro, operando a la velocidad de un módem de los años noventa, intentó desesperadamente conjurar una excusa creíble.

—Él... ah... él es —balbuceé, pasándome una mano temblorosa por el cabello—. Es mi primo. Mi primo lejano. Muy lejano. Del lado de la familia de mi madre. De... de un pueblo remoto en el norte.

Maya enarcó una ceja perfectamente delineada. Su expresión gritaba «No te creo ni media palabra, pero por favor, continúa cavando tu propia tumba».

—¿Tu primo? —repitió ella, arrastrando las sílabas con un tono cargado de escepticismo—. Vaya. No sabía que la genética de tu familia tuviera saltos cuánticos tan impresionantes. Y dime, Leo, ¿es costumbre en ese pueblo remoto del norte que los primos lejanos se paseen por la ciudad usando tu ropa de dormir?

Abrí la boca para articular otra mentira, pero el aire se me atascó en la garganta. A mi lado, sentí cómo la temperatura corporal de Elian descendía varios grados. Me giré lentamente hacia él y vi que sus hermosos ojos, ahora de un azul cobalto gracias al hechizo de ilusión, se habían entrecerrado en dos rendijas peligrosas.

Su orgullo demoníaco, del tamaño de un continente, acababa de ser pisoteado. Ser llamado "humano" ya era un insulto para él; ser degradado a "primo" de un oficinista de clase trabajadora era una declaración de guerra.

Antes de que pudiera detenerlo, la actitud desdeñosa de Elian se esfumó. Su postura rígida se relajó y una sonrisa lánguida, cargada de veneno dulce, se dibujó en sus labios. Con un movimiento felino y calculadamente lento, dio un paso hacia mí y entrelazó su brazo con el mío, pegando su cuerpo contra mi costado.

—¿Primo? —ronroneó Elian, con una voz tan suave y aterciopelada que hizo vibrar el aire a nuestro alrededor—. Qué cruel eres, Leíto. Anoche, cuando me rogabas que me pusiera esta camiseta porque querías verme en ella, usaste palabras muchísimo más... cariñosas.

La mandíbula de Maya cayó al suelo. Un pequeño sonido ahogado, similar al de un ratón hiperventilando, escapó de su garganta. Sus ojos brillaron con la intensidad de mil soles supernovas. Acababa de darle material suficiente para escribir una trilogía de novelas románticas de quinientas páginas cada una.

—¡Elian! —siseé, intentando zafarme de su agarre, pero sus dedos delgados se clavaron en mi brazo con una fuerza sobrenatural—. ¡Cállate! ¡Maya, no es lo que parece! ¡Tiene fiebre! ¡Está delirando por el cambio de clima!

—Oh, no estoy delirando en absoluto —continuó el íncubo, ignorando mi pánico y apoyando su barbilla en mi hombro. Me miró desde abajo a través de sus pestañas platinadas, pestañeando con una inocencia tan falsa que merecía un premio de la Academia—. Solo estoy un poco exhausto. Me dejaste sin energía, querido. Apenas y pude levantarme de tu cama esta mañana.

La taza de café de Maya tembló en su mano. Estaba a punto de sufrir una combustión espontánea de pura emoción shipper.

—Yo... yo no vi nada —murmuró Maya, llevándose una mano al pecho, dando un paso atrás pero sin apartar la vista—. Mi boca es una tumba, Leo. Tu secreto está a salvo conmigo. ¡Vivan los novios!

—¡No somos novios! —grité en un susurro desesperado, sintiendo que mi cara estaba a punto de derretirse por la vergüenza.

Pero el daño ya estaba hecho. La pequeña conmoción y mi inútil intento por bajar la voz no pasaron desapercibidos en el silencioso ecosistema de los archivos burocráticos. El sonido de unos zapatos de suela dura resonó por el pasillo principal. Era Marcos, del departamento de ventas. Marcos era el típico galán de oficina: traje a medida, exceso de loción para después del afeitado, y un ego inflado que le permitía coquetear hasta con las engrapadoras si tenían la curva correcta.

Marcos se detuvo junto a la máquina de agua, a unos metros de nosotros. Iba a seguir de largo, pero su radar de depredador captó la presencia de Elian. El príncipe demonio, incluso sin sus cuernos y con mi camiseta vieja, irradiaba un aura de atracción irresistible. Era su naturaleza, después de todo.

Con una sonrisa que él probablemente consideraba encantadora pero que a mí me dio náuseas, Marcos ajustó el nudo de su corbata y caminó hacia nuestro cubículo con la confianza de un pavo real en celo.

—Bueno, bueno... ¿qué tenemos aquí? —dijo Marcos, apoyando un brazo en la pared divisoria, ignorando mi existencia por completo para enfocar toda su atención en el íncubo—. Llevo tres años en esta empresa y te aseguro, hermosura, que si te hubiera visto antes, no habría faltado ni un solo día a la oficina. Soy Marcos, por cierto. ¿Eres nuevo en el departamento o caíste del cielo por error?

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