Capítulo 1 1

―Dime que esto es una broma administrativa y que en diez minutos vas a llamarme para reírte.

La mujer al otro lado del teléfono no se rio.

―Beire, te faltan cuarenta horas de prácticas comunitarias.

Me incorporé en la cama.

―Eso es imposible.

―Las tenías pendientes desde febrero.

Miré el techo.

Febrero. El mes en que había entregado tres proyectos y jurado que después organizaría mi vida.

―Pensé que las había registrado.

―No.

―¿Seguro?

―Estoy mirando tu expediente.

―Quizá tu expediente me odia.

―Quizá deberías revisar los correos que te enviamos.

Abrí el portátil.

Había nueve.

―¿Y qué pasa si no las completo?

―No puedes renovar la beca.

Me quedé inmóvil.

―¿Hasta cuándo tengo?

―Treinta y uno de agosto.

―Mi verano acaba de morir.

La mujer suspiró.

―Hay una plaza disponible en Marea Viva.

―¿Qué es eso?

―Un centro de conservación marina en Puerto Lumbre.

―¿Hay aire acondicionado?

―Beire.

―Es una pregunta legítima.

―Las prácticas son principalmente nocturnas.

―¿No tienen algo con una computadora?

―Todo lo demás está completo.

Cerré los ojos.

―Marea Viva.

―Exacto.

―¿Y qué hago?

―Apoyo durante la temporada de anidación, registros, recorridos de playa, educación ambiental...

―Acabas de decir recorridos de playa.

―Sí.

Miré mis piernas. Ni siquiera recordaba dónde estaban mis tenis.

―Acepto.

Perder la beca sonaba peor que la arena.

Mi madre tardó poco en descubrirlo.

―¿Olvidaste cuarenta horas?

―No las olvidé.

Gala levantó una ceja.

―Entonces explícame.

―Las pospuse con tanta eficiencia que dejaron de existir en mi memoria.

―Eso se llama olvidar.

―Qué necesidad de etiquetarlo todo.

Ella dejó la taza.

―Beire, esto es exactamente lo que te digo siempre. Empiezas diez cosas, terminas cuatro y confías en que las demás se resuelvan solas.

―Cinco.

―¿Qué?

―Termino cinco.

―No ayuda.

Me serví cereal.

―Lo solucionaré.

―¿Cómo?

―Trabajando en un centro de tortugas.

Mi madre parpadeó.

―Tú gritaste cuando un cangrejo te tocó el pie.

―Fue una agresión.

―Medía tres centímetros.

―Pequeño pero hostil.

Gala se llevó una mano a la frente.

―¿Cuándo empiezas?

―Hoy.

―Claro que hoy.

―No hagas esa cara.

―¿Cuál?

―La de “mi hija convertirá esto en una catástrofe”.

―Estoy pensando que quizá, por una vez, terminar algo te haga bien.

Agarré la caja de cereal.

―Voy a terminarlo.

―Eso espero.

―Cuando vuelva con cuarenta horas firmadas, quiero una disculpa formal.

―Te haré un diploma.

―Enmarcado.

―Con tortugas.

―Ahora estás abusando.

Llegué a Marea Viva con siete minutos de retraso.

Una chica con camiseta verde me recibió.

―¿Beire Amaro?

―Depende. ¿Hay multa por llegar tarde?

Ella sonrió.

―Todavía no. Soy Salma. Santino iba a enseñarte el recorrido.

―¿Santino?

―Tu coordinador de patrulla.

―¿Tiene silbato?

―Peor.

―¿Qué?

―Hojas de cálculo.

Gemí.

Salma rio.

―Te va a encantar.

―Ya lo odio.

Antes de preguntar qué significaba, una voz masculina apareció detrás.

―Llegas siete minutos tarde.

Me giré.

Alto, cabello oscuro, camiseta del centro y una libreta en la mano. Parecía saber dónde estaban todos sus documentos oficiales.

―Hola para ti también.

―Santino Cervera.

―Beire Amaro.

―Lo sé.

―Qué romántico.

Su expresión no cambió.

―Esto no es una cita.

―Gracias a Dios.

Sus ojos bajaron hasta mis pies.

―¿Esas son tus zapatillas para patrulla?

Miré mis Converse blancos.

―Son zapatillas.

―Vamos a caminar seis kilómetros sobre arena.

―Entonces dejarán de ser blancas.

―Necesitas mejor suela.

―Están cerradas.

―Beire.

―Santino.

Él me entregó una carpeta.

―Normas básicas.

La abrí.

Doce páginas.

―¿Esto es una amenaza?

―Información.

―Tiene índice.

―Facilita encontrar las secciones.

―¿Tienes veintiún años o cincuenta y cuatro?

Por primera vez, su boca se movió.

Casi una sonrisa.

―Veintiuno.

―Preocupante.

Caminó hacia una puerta lateral.

―Ven.

―¿Eso también está en el manual?

―Página tres. Seguir instrucciones del coordinador.

―Voy a quemarlo.

―Está digitalizado.

Entonces lo vi agacharse junto a una caja térmica.

Dentro había una tortuga diminuta.

Le habló en voz baja mientras revisaba una anotación.

―¿Está enferma? ―pregunté.

Santino levantó la vista.

―Deshidratada. Llegó esta mañana.

Me acerqué.

―¿Va a estar bien?

―Probablemente.

―Eso no suena seguro.

―En conservación casi nada lo es. Por eso seguimos protocolos.

―Eso fue un ataque personal.

―Fue una explicación.

Ahora sí sonrió.

Tenía una sonrisa bonita. Inconveniente.

―Esta noche empiezas conmigo ―dijo.

―¿Esta noche?

―A las diez.

―Pensé que hoy era orientación.

―Lo es. Después, patrulla.

―¿Hasta qué hora?

―Entre cuatro y cinco.

Me reí.

Él no.

―Hablas en serio.

―Mucho.

―Yo a las cuatro no soy responsable de mis decisiones.

―Entonces intenta no tomar ninguna.

Cruzó los brazos.

Mi mirada bajó involuntariamente.

Mal movimiento.

Sus antebrazos estaban bronceados y demasiado cerca de mi campo visual.

Subí los ojos.

Santino ya me observaba.

―¿Algo más que quieras revisar?

El calor me subió a la cara.

―Sí. Tu sentido del humor. Parece averiado.

―Funciona cuando hace falta.

―Llevamos quince minutos de emergencia.

Sonrió otra vez.

A las nueve y cincuenta y dos regresé con pantalones cómodos, tenis nuevos y una mochila demasiado llena.

Santino estaba junto a una camioneta.

Miró el reloj.

―Ocho minutos antes.

―Puedes llorar de orgullo después.

―Estoy conteniéndome.

Subimos linternas, guantes, agua y una cinta métrica.

―¿Y snacks? ―pregunté.

―¿Trajiste?

Abrí la mochila.

―Chocolate.

―No me gusta.

Me quedé quieta.

―Retiro todo intento de llevarnos bien.

―Sobreviviré.

Empezamos a caminar cuando cayó la noche.

Durante varios minutos solo escuchamos las olas y nuestros pasos.

Santino encendió una linterna roja.

―No uses luz blanca cerca de la zona de anidación.

―Lo leí.

―¿Leíste el manual?

―No pongas esa cara de felicidad.

―Estoy impresionado.

―Llegué hasta la página cinco.

―Retiro mi admiración.

Seguimos avanzando.

Entonces Santino se detuvo.

―Mira.

Señaló una marca ancha en la arena.

―¿Qué es?

―Un rastro.

―¿De tortuga?

―Sí.

―¿Hay una aquí?

―Quizá.

Santino se agachó.

Yo hice lo mismo.

Nuestros hombros se tocaron.

Ninguno se apartó de inmediato.

Giré la cabeza.

Él estaba demasiado cerca.

Sus ojos fueron a mi boca apenas un segundo.

Después volvió a mirar la arena.

―Tenemos que seguir el rastro.

―Claro.

Me levanté demasiado rápido y perdí el equilibrio.

Santino me sujetó por la cintura.

Mi cuerpo registró perfectamente que aquello era una mano masculina sobre mí.

―¿Estás bien?

―Sí.

No me soltó enseguida.

―¿Segura?

―Santino.

―¿Qué?

Miré su mano.

La retiró.

―Perdón.

―No pasa nada.

Sí pasaba. Solo que no sabía qué.

Seguimos el rastro hasta encontrar una tortuga avanzando hacia una zona más alta.

Santino bajó la voz.

―No te acerques más.

Asentí.

Durante varios minutos observamos en silencio.

Por primera vez desde aquella llamada, olvidé que estaba allí por obligación. La arena dejó de parecerme un castigo durante unos minutos enteros.

―Es increíble ―susurré.

Santino me miró en lugar de mirar al animal.

―Sí.

Lo descubrí.

―¿Qué?

―Nada.

―Estabas mirándome.

―Comprobaba algo.

―¿Qué cosa?

La comisura de su boca subió.

―Si eras capaz de pasar cinco minutos sin quejarte.

Le di un golpe suave en el brazo.

―Idiota.

―Acabas de romper el protocolo.

―¿Cuál?

―No golpear al coordinador.

―Eso no estaba en la página cinco.

Santino se inclinó apenas hacia mí.

―Entonces tendrás que seguir viniendo hasta aprenderte las demás.

―Solo necesito cuarenta horas.

Sus ojos se quedaron en los míos.

―Veremos.

―¿Qué significa eso?

Sonrió.

―Que todavía no sabes cuánto puede cambiarte un verano que no querías vivir.

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