Capítulo 2 2

―No vuelvas a sujetarme por la cintura sin avisar.

Santino alzó una ceja.

―Te estabas cayendo.

―Podías haber dejado que conservara mi dignidad.

―Preferí conservarte los dientes.

―Qué considerado.

Seguimos caminando detrás del rastro de la tortuga.

El problema era que ahora sabía exactamente cómo se sentía la mano de Santino sobre mi cintura y mi cerebro había decidido convertir ese dato inútil en prioridad nacional.

―¿Siempre eres así? ―pregunté.

―¿Así cómo?

―Tan correcto.

―No.

―Mentira.

―Con gente nueva sí.

―¿Y qué pasa cuando dejan de ser nuevas?

Me miró.

―Depende de la persona.

―Respuesta diplomática.

―Respuesta prudente.

―Peor.

Llegamos a una zona acordonada.

Santino se agachó y examinó la arena.

―Parece que intentó anidar aquí anoche.

―¿Cómo lo sabes?

Me señaló una depresión.

―Por la forma del rastro y esto.

Me agaché junto a él.

―Parece un hoyo.

―Técnicamente, sí.

―Excelente formación científica la tuya.

―Tres años de universidad para identificar hoyos.

Me reí.

Santino también.

Eso me sorprendió más que el hoyo.

―Así que sí tienes sentido del humor.

―Lo uso con moderación.

―¿También lo registras en una hoja de cálculo?

―Solo los martes.

Él mantuvo la cara seria dos segundos antes de sonreír.

Idiota.

A medianoche ya llevaba arena dentro de los tenis, en los calcetines y probablemente en órganos que todavía no conocía.

―¿Cuánto falta?

―Cuatro kilómetros.

Me detuve.

―Voy a denunciarte.

―¿Ante quién?

―La ONU.

―Seguro tienen una oficina para estudiantes obligadas a caminar por playas bonitas.

―Esto dejó de ser bonito hace dos ampollas.

Santino se agachó.

―Enséñame el pie.

―No.

―Beire.

―No pienso quitarme el tenis en medio de la playa.

―Entonces mañana tendrás una herida.

―Soy capaz de manejar una ampolla.

―Lo dudo.

―¿Por qué?

―Hace veinte minutos dijiste que una rama te había atacado.

―Me arañó.

―Era inmóvil.

Le saqué la lengua.

―Muy madura.

―Gracias.

Dimos veinte pasos más.

El dolor aumentó.

―Está bien.

Santino se giró.

―¿Qué?

―Puedes revisar mi pie.

―Qué honor.

Nos sentamos sobre una plataforma de madera. Me quité el tenis y el calcetín.

Santino abrió el botiquín.

―Tienes una rozadura.

―Impactante diagnóstico.

―¿Quieres que te ayude o prefieres desarrollar gangrena por orgullo?

―Ayuda.

Tomó mi tobillo con cuidado.

Sus dedos estaban tibios.

Yo dejé de hacer comentarios.

Limpió la zona y colocó un apósito.

―¿Duele?

―No.

―¿Seguro?

―Sí.

Sus dedos siguieron alrededor de mi tobillo un segundo de más.

O quizá fui yo quien lo imaginó.

Levanté la mirada.

Santino ya me estaba mirando.

―¿Qué? ―pregunté.

―Nada.

―Otra vez nada.

―Eres muy desconfiada.

―Y tú miras demasiado cuando dices nada.

Su pulgar rozó accidentalmente mi piel.

Mi respiración cambió.

Él retiró la mano.

―Listo.

Me puse el calcetín demasiado rápido.

―Gracias.

―De nada.

Silencio incómodo.

―¿Esto cuenta como hora comunitaria?

Santino soltó una risa.

―Sí.

―Entonces ha valido la pena sufrir.

―Tu compromiso con la conservación es inspirador.

―Estoy creciendo.

Seguimos la patrulla sin incidentes durante casi una hora.

Después escuchamos un ruido cerca de unas rocas.

Santino apagó la linterna.

―Espera aquí.

―¿Por qué?

―Voy a revisar.

―¿Qué fue?

―No sé.

―Entonces voy contigo.

―Beire.

―Página tres no decía que debía quedarme sola si escuchábamos sonidos de película de terror.

―No estamos en una película.

―Eso diría el primero que muere.

Santino respiró hondo.

―Ven detrás de mí.

―Eso sonó mucho mejor.

Nos acercamos.

El ruido volvió.

Algo se movió entre las piedras.

Agarré la camiseta de Santino.

―No digas nada.

―No he dicho nada.

―Tu espalda se está riendo.

―Mi espalda no hace eso.

Una sombra salió disparada.

Grité.

Santino también dio un salto.

Era un gato.

Nos quedamos inmóviles.

Después me doblé de risa.

―Tú también gritaste.

―No grité.

―Acabas de emitir un sonido que jamás volverás a negar.

―Fue reflejo.

―Voy a contárselo a Salma.

―Y yo voy a decirle que te escondiste detrás de mí.

―Eso es calumnia.

―Tengo marcas de tus uñas.

Miré su camiseta arrugada bajo mis dedos.

Todavía lo estaba sujetando.

Lo solté.

―Prueba destruida.

Santino sonrió.

―Demasiado tarde.

A las tres de la mañana llegamos a una pequeña caseta de observación.

Santino sacó dos botellas de agua y una barra energética.

―Tengo chocolate.

―Ya establecimos que no me gusta.

―Eso sigue siendo sospechoso.

―No puedo fingir para gustarte.

La frase cayó entre nosotros.

Lo miré.

Él abrió su botella.

―No dije que quisieras gustarme.

―Tampoco dije que no.

¿Por qué había respondido eso?

Santino dejó de beber.

―Beire.

―Olvídalo.

―No.

―Fue una broma.

―No sonó como una.

Me levanté.

―Voy a revisar afuera.

Santino me sujetó del antebrazo.

No fuerte.

Solo para detenerme.

―Espera.

Miré su mano.

La retiró enseguida.

―Perdón.

―No pasa nada.

―Sí pasa si te incomoda.

―No me incomodó.

Sus ojos volvieron a los míos.

―Entonces ¿qué te pasa?

Podía decir hambre.

Sueño.

Ampolla.

Elegí algo peor.

―Que no eres como pensé.

―¿Y cómo pensabas que era?

―Un maniático insoportable.

―Eso sigo siendo.

―Sí, pero también...

―¿También qué?

Me apoyé contra la pared.

―No sé.

―Gran argumento.

―Cállate.

Santino sonrió.

―¿Quieres saber qué pensé yo de ti?

―Que era irresponsable.

―Sí.

―Gracias.

―Y que no durarías dos turnos.

―Llevamos uno.

―Exacto.

―Todavía puedo sorprenderte.

―Ya lo hiciste.

Lo dijo sin reírse.

―¿Cómo?

Santino se acercó a la ventana.

―Te quedaste callada cuando vimos a la tortuga.

―Eso te impresionó mucho.

―No fue el silencio.

―¿Entonces?

―Tu cara.

Sentí calor pese al viento.

―¿Qué tenía?

―Parecía que habías olvidado por qué estabas aquí.

No respondí.

Porque tenía razón.

―Tal vez me gustó.

―¿La tortuga?

―El momento.

Santino asintió.

―Eso es peor.

―¿Por qué?

―Porque si empieza a gustarte, vas a quedarte más de cuarenta horas.

Me reí.

―Ni soñando.

―Veremos.

―Deja de decir eso.

―¿Te pone nerviosa?

―Tú me pones nerviosa cuando sonríes como si supieras algo.

―Sé varias cosas.

―Presumido.

―Por ejemplo, sé que te está gustando estar aquí.

―Llevamos cinco horas.

―Y ya dejaste de mirar el reloj.

Bajé la vista.

Tenía razón.

Terminamos la patrulla a las cuatro y treinta.

Mis piernas estaban destruidas.

Santino guardó el equipo mientras yo me dejaba caer sobre un banco.

―No siento los pies.

―Mañana sentirás músculos que desconocías.

―Voy a demandar al centro.

―Primero completa tus horas.

Le lancé mi botella vacía.

La atrapó.

―Buen reflejo.

―Años evitando objetos tuyos.

―Nos conocemos desde ayer.

―Siento que llevo meses sufriéndote.

Él dejó la botella.

―Mañana descanso.

―¿Qué?

―No tienes turno.

Algo extraño me atravesó.

Alivio.

―Perfecto.

―Puedes dormir.

―Planeo hacerlo hasta que vuelva a ser legal despertarme.

Santino asintió.

―Nos vemos pasado mañana.

―Sí.

Caminé hacia mi coche.

―Beire.

Me giré.

Santino estaba apoyado contra la camioneta.

―¿Qué?

―Te falta una cosa.

―¿El manual?

―No.

Se acercó.

Yo esperé.

Santino levantó la mano hacia mi cabello y sacó algo.

Una hoja seca.

―Esto.

La sostuvo frente a mí.

―Pensé que ibas a...

Me detuve.

Su expresión cambió.

―¿Que iba a qué?

―Nada.

Sonrió lentamente.

―Otra vez nada.

―Buenas noches, Santino.

Me giré.

―Beire.

―¿Qué ahora?

―La próxima vez que creas que voy a besarte, intenta no cerrar los ojos.

Me quedé helada.

―Yo no cerré los ojos.

―Claro.

―No lo hice.

Santino abrió la puerta de la camioneta.

―Entonces pasado mañana podemos comprobar quién está mintiendo.

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