Capítulo 3 3

―No cierro los ojos por ti.

Santino apoyó una mano en el marco de la puerta del centro.

―Qué alivio.

―Los cerré porque tenía sueño.

―A las cuatro y media de la mañana.

―Exacto.

―Muy conveniente.

―Muchísimo.

Habían pasado casi treinta horas desde nuestro último turno y yo había decidido que, si volvía a mencionar el tema, lo negaría hasta la muerte.

El problema era que Santino parecía divertirse demasiado.

―¿Vienes a trabajar o a defender tu honor? ―preguntó.

―Ambas.

―Ambicioso.

―Además traje algo.

Le mostré una bolsa.

―¿Chocolate?

―No.

―Entonces quizá podamos ser amigos.

―No exageres.

Entramos.

Salma estaba ordenando cajas de material.

―Miren quién volvió.

―No tenía elección ―dije.

―Eso dices ahora.

Santino la miró.

―No empieces.

Salma sonrió.

―Yo no dije nada.

―Tu cara sí.

Señalé a Santino.

―¿Ves? Él también acusa caras.

―Conviviendo cinco horas contigo se contagia cualquier cosa.

Le di un golpe con la bolsa.

―Traje pan dulce.

Santino miró dentro.

―Eso tiene chocolate.

―Una pieza.

―Sabotaje.

―Puedes comer la de canela.

―¿Pensaste en mí?

La pregunta me tomó desprevenida.

―Pensé en evitar tus quejas.

―Eso cuenta.

Salma nos miró como si estuviera viendo un programa de televisión.

―¿Qué? ―pregunté.

―Nada.

―Otra con el nada.

―Deberíamos cobrar cada vez que alguien lo dice ―murmuró Santino.

El turno empezó tranquilo.

Demasiado.

Caminamos casi veinte minutos sin encontrar rastros nuevos.

―¿Siempre es así? ―pregunté.

―A veces.

―Pensé que salvaríamos tortugas cada diez minutos.

―No somos superhéroes.

―Habla por ti.

―Tú gritaste por un gato.

―Fue una emboscada.

―Sigo pensando contárselo a Salma.

―Hazlo y publico tu grito.

―No grabaste nada.

―Pero puedo imitarlo.

Santino soltó una carcajada.

Me gustaba cuando se reía de verdad.

No la sonrisa pequeña que usaba para fastidiarme.

La otra.

La que le cambiaba toda la cara.

Mala información para tener sobre alguien.

―¿Qué? ―preguntó.

―Nada.

―Te cobro.

―Estaba pensando que tienes una risa ridícula.

―Mentira.

―¿Cómo sabes?

―Porque estabas sonriendo.

Giré hacia el mar.

―No pruebes suerte.

Seguimos.

A mitad del recorrido encontramos marcas recientes.

Santino se arrodilló.

―Mira esto.

Me acerqué.

―¿Otro nido?

―Posiblemente.

Sacó la cinta métrica.

―Necesito que anotes.

Tomé la libreta.

―Ordena, jefe.

―No me llames así.

―¿Coordinador supremo?

―Peor.

―Capitán Tortuga.

Santino cerró los ojos.

―Voy a arrepentirme de haberte enseñado algo.

―Demasiado tarde.

Medimos el rastro, marcamos coordenadas y registramos temperatura.

Esta vez no hice bromas durante varios minutos.

Santino terminó y me miró.

―Bien hecho.

―¿Eso fue un elogio?

―No te emociones.

―Voy a anotarlo con fecha y hora.

―Hazlo.

―¿Estás orgulloso de mí?

―Un poco.

Sonreí.

―Peligroso.

―Mucho.

A la una paramos junto a una caseta.

Saqué el pan dulce.

Santino eligió la pieza de canela.

―Sabía que acabarías comiendo.

―No estoy comiendo chocolate.

―Te estás perdiendo la parte buena de la vida.

―Sobreviviré.

―Eso dices mucho.

―Porque sobrevivo bastante.

Nos sentamos en el escalón.

Durante un rato solo escuchamos el mar.

No me molestó el silencio.

Eso también era peligroso.

Con casi todo el mundo sentía la necesidad de llenar los huecos.

Con Santino no.

―¿Por qué biología marina? ―pregunté.

Él tardó en responder.

―Cuando tenía doce años encontré una tortuga herida en una playa.

―¿La salvaste?

―No.

La respuesta me desarmó.

―Ah.

―Llamamos a quien correspondía, pero estaba demasiado mal.

Santino miró hacia la arena.

―Me molestó no entender qué le había pasado. Empecé leyendo por curiosidad y terminé aquí.

―Eso es bastante menos ridículo que mi motivo para estudiar ilustración.

―¿Cuál fue?

―Odiaba educación física.

Me miró.

―Eso no explica nada.

―En secundaria fingía lesiones para quedarme dibujando en las gradas.

―Eso sí suena a ti.

―Un profesor vio mis cuadernos y me sugirió estudiar algo relacionado.

―Entonces no fue por odiar educación física.

―No destruyas mi versión.

Sonrió.

―¿Y te gusta?

Miré mis manos.

―Sí.

―Pero.

―¿Pero qué?

―Tu cara hizo un “pero”.

―Otra vez con mi cara.

―Habla mucho.

Suspiré.

―Me gusta empezar cosas.

―Eso no responde.

―Terminar es otra historia.

Santino no bromeó.

―¿Por qué?

―Porque cuando termino algo, alguien puede decir que es malo.

―También puede decir que es bueno.

―Eso suena demasiado optimista.

―Suena lógico.

―Peor todavía.

Él apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

―Entonces abandonas antes.

―A veces.

―¿También personas?

Lo miré.

―Eso fue directo.

―Puedes no responder.

―No sé.

―Respuesta honesta.

―Nunca he tenido algo suficientemente serio como para comprobarlo.

Santino bajó la mirada hacia mi boca.

Solo un instante.

―Entiendo.

―¿Y tú?

―¿Yo qué?

―Novias.

―Dos.

―¿Dos?

―¿Esperabas veinte?

―Con ese manual, esperaba cero.

Se rio.

―Ninguna duró mucho.

―¿Por qué?

―No estaba enamorado.

―¿Nunca?

―Nunca.

La palabra se quedó entre nosotros.

―Yo tampoco.

Santino me miró.

―Entonces estamos empatados.

―No es competición.

―Contigo parece que todo termina siéndolo.

―Eso dijiste como si me conocieras.

―Empiezo a hacerlo.

Mi estómago hizo algo incómodo.

Decidí comer.

Dos horas después empezó a llover.

No una tormenta.

Una lluvia fina que convirtió la arena en una trampa.

―Tenemos que volver ―dijo Santino.

―Pensé que esto seguía con lluvia.

―Con esta sí. Pero hay que cubrir el equipo.

Sacamos impermeables.

El mío se atascó.

―No entra.

―Porque metiste el brazo por el cuello.

―No.

Santino me observó.

―Beire.

―Tal vez.

Se acercó.

―Quieto.

―Estoy arreglando tu desastre.

―Puedo sola.

―Lo estoy viendo.

Tomó la tela y liberó mi brazo.

Quedamos frente a frente.

Muy cerca.

La lluvia caía sobre su cabello.

Una gota bajó por su sien.

No debería haber seguido el recorrido con los ojos.

Lo hice.

Santino se quedó inmóvil.

―Otra vez.

―¿Qué?

―Estás mirando.

―Tienes agua en la cara.

―Hay lluvia.

―Exacto.

―Gran defensa.

Intenté retroceder.

Mi pie resbaló.

Su mano fue a mi cintura.

Esta vez no me sorprendió.

Peor.

La otra quedó en mi brazo.

―¿Bien?

―Sí.

No se apartó.

Yo tampoco.

―Ahora sí puedes cerrar los ojos ―murmuró.

Mi respiración se cortó.

―Presumido.

―Solo estoy ofreciendo condiciones de prueba.

―¿Y qué pruebas?

―Que la otra noche no fue sueño.

Su pulgar se movió apenas sobre mi cintura.

―Santino.

―Dime que me aparte.

No lo hice.

Su rostro bajó un poco.

La distancia se volvió absurda.

Podía sentir su respiración.

―No voy a besarte ―dijo.

Fruncí el ceño.

―¿Entonces para qué haces esto?

Su sonrisa apareció lentamente.

―Porque quería saber si volverías a cerrar los ojos.

Me aparté de golpe.

―Te odio.

Santino rio.

―Los cerraste.

―Por reflejo.

―Claro.

Le golpeé el brazo.

―Eres insoportable.

―Y tú eres pésima perdiendo.

Seguimos caminando bajo la lluvia.

Yo iba furiosa.

Durante aproximadamente treinta segundos.

Después empecé a reír.

Santino me miró.

―¿Qué?

―Nada.

―Te cobro.

―Estaba pensando que esto es culpa tuya.

―¿Qué cosa?

―Que empiece a gustarme venir.

Él dejó de caminar.

Yo también.

―Beire.

―No hagas un drama.

―No estoy haciendo nada.

―Bien.

Di un paso.

Santino habló detrás de mí.

―Yo sí tengo un problema.

Me giré.

―¿Cuál?

Su expresión ya no era de broma.

―Que llevo dos turnos diciéndome que solo me divierte provocarte.

―¿Y?

La lluvia seguía cayendo entre nosotros. Yo debería haber respondido una broma, pero no encontré ninguna. Por primera vez desde que lo conocía, Santino parecía incómodo con lo que sentía como yo.

Santino sostuvo mi mirada.

―Que cada vez me cuesta más creerme cuando digo “solo”.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo