Capítulo 4 4

―No digas cosas así si después vas a fingir que no significan nada.

Santino dejó de sonreír.

―No estoy fingiendo.

―Hace diez minutos estabas haciendo una encuesta sobre si cierro los ojos.

―Eso era antes.

―¿Antes de qué?

Me sostuvo la mirada.

―De darme cuenta de que me importa demasiado la respuesta.

Justo lo que necesitaba escuchar a las tres de la mañana, mojada, despeinada y con un impermeable que me hacía parecer una bolsa de basura.

―Tenemos que volver.

―Sí.

―Y olvidar esta conversación.

―Eso no.

Empecé a caminar.

Santino vino detrás.

―Beire.

―No.

―Ni siquiera sabes qué voy a decir.

―Seguro tiene relación con mis ojos, mi boca o tu incapacidad reciente para comportarte normal.

―Iba a preguntarte si te duele el pie.

Me detuve.

―Eso fue decepcionante.

―Gracias por admitirlo.

―No admití nada.

―Tu cara sí.

―Voy a demandar a mi cara.

Santino se rio.

Al llegar al centro, Salma estaba preparando café.

Nos miró empapados.

―Parecen una pareja que discutió durante una tormenta.

―No somos pareja ―respondimos al mismo tiempo.

Salma levantó ambas manos.

―Yo solo describí estética.

Santino dejó el equipo sobre una mesa.

―Encontramos un posible nido en el sector cuatro.

―¿Marcado?

―Sí.

―¿Registro?

Le entregué la libreta.

Salma leyó.

―La letra es de Beire.

―Gracias por reconocer mi arte.

―No era elogio.

―Hoy nadie aprecia nada.

Santino se quitó el impermeable.

Su camiseta estaba pegada al cuerpo.

Yo miré.

Otra vez.

Él lo notó.

Otra vez.

―Voy por toallas ―dije.

―Buena idea ―contestó demasiado tranquilo.

Cuando regresé, le lancé una.

Santino la atrapó.

―Qué delicada.

―Estoy evitando mirarte.

Salma tosió con violencia.

Me giré.

―¿Qué?

―El café.

―Ni siquiera estabas bebiendo.

―Emoción anticipada.

Santino se cubrió la cara con la toalla.

Cobarde.

El turno terminó a las cinco.

Yo podía marcharme.

De hecho, debía hacerlo.

Pero Borja apareció con una caja de carteles viejos y anunció que necesitaban revisar material educativo antes de abrir al público.

―Puedo ayudar ―dije.

Santino, que estaba guardando linternas, levantó la cabeza.

―Ya terminaste.

―Sé contar horas.

―Llevas siete.

―Gracias, calculadora.

Borja me miró.

―No necesitas quedarte.

―Ya estoy despierta.

―Eso es discutible ―murmuró Santino.

Le enseñé el dedo medio.

Borja fingió no verlo.

―Si quieres revisar los carteles, adelante.

Nos sentamos en una mesa larga.

El primero tenía una tortuga caricaturizada con pestañas enormes y una sonrisa humana.

―Esto es aterrador ―dije.

Santino miró por encima de mi hombro.

―A los niños les gusta.

―Los niños merecen derechos.

―¿Qué propones?

Tomé un lápiz.

―Una ilustración que parezca tortuga.

―Revolucionario.

―Y menos texto. Nadie de ocho años va a leer cuatro párrafos sobre contaminación lumínica.

―Yo lo habría leído.

―Claro que sí.

Dibujé una cría avanzando hacia el mar con dos haces de luz: uno procedente de la luna y otro de un edificio.

―Podemos explicar visualmente que la luz artificial las desorienta.

Santino dejó de bromear.

―Eso está bien.

―¿Solo bien?

―Muy bien.

―Mejor.

Se inclinó para mirar más de cerca.

Su brazo rozó el mío.

No se apartó.

Yo tampoco.

―¿Puedes hacer más?

―¿Cuántos?

―Tal vez ocho.

―Eso son horas extra.

―Puedes cobrarlas.

―¿Con qué?

Santino giró la cabeza.

Estábamos demasiado cerca.

―Chocolate no.

―Qué pesado.

―Café.

―Horrible moneda.

―Entonces dime qué quieres.

La frase salió distinta.

Más baja.

Me quedé mirando su boca un segundo.

―Todavía no lo sé.

Santino respiró hondo.

―Ese es exactamente el problema.

Borja apareció al fondo.

Nos separamos de golpe.

―¿Interrumpo algo?

―Trabajo ―respondí.

―Muchísimo trabajo ―añadió Santino.

Borja miró el dibujo.

―Eso sirve. Si haces una propuesta completa, podríamos usarla en las visitas escolares.

Me sorprendió.

―¿En serio?

―Claro. La actual tiene diez años.

Miré otra vez la tortuga con pestañas.

―Se nota.

Borja rio.

―No tienes que hacerlo gratis. Podemos tramitarlo como colaboración de prácticas.

―Quiero hacerlo.

La respuesta salió antes de pensarlo.

Santino me miró.

No dije nada.

Pero lo había dicho.

Quería hacerlo.

No porque necesitara horas.

Porque me interesaba.

Eso me asustó un poco.

A las seis y cuarto, Santino me encontró todavía dibujando.

―Te vas a quedar dormida encima del papel.

―Estoy trabajando.

―Tu línea acaba de atravesar una tortuga.

Miré el dibujo.

―Es conceptual.

―Es sueño.

Me quitó suavemente el lápiz.

―Devuélvelo.

―No.

―Santino.

―Beire.

―No copies mis recursos.

―Vete a casa.

―Qué mandón.

―Llevas toda la noche despierta.

―Tú también.

―Yo estoy acostumbrado.

―Presumido.

Intenté recuperar el lápiz.

Lo levantó.

―No hagas eso.

―¿Qué?

―Usar tu altura contra mí.

―No sabía que era un arma.

Me puse de puntillas.

Santino dio un paso atrás.

Yo avancé.

Terminamos junto a la pared.

Mi mano quedó sobre su hombro.

La suya sujetaba el lápiz por encima de mi cabeza.

―Dámelo.

―No.

―Te morderé.

Sus ojos bajaron a mi boca.

―Eso no ayuda a tu caso.

Me quedé quieta.

Él también.

―Santino.

―¿Sí?

―Baja el brazo.

Lo hizo.

Pero no se alejó.

El lápiz quedó entre nosotros.

―Ya está.

―Gracias.

No lo tomé.

Su respiración rozó mi frente.

―¿Sigues queriendo que olvidemos la conversación de antes?

―Sí.

―Mentira.

―No puedes decidir eso.

―No. Pero puedo preguntarte.

Me obligué a sostenerle la mirada.

―¿Y si no quiero saber qué significa todavía?

―Entonces no lo sabemos.

―¿Así de fácil?

―No dije que fuera fácil.

Su mano bajó lentamente.

Se detuvo cerca de mi cintura.

―¿Puedo?

La pregunta me desarmó más que cualquier provocación.

Asentí.

Sus dedos se apoyaron en mi costado.

Nada más.

No me acercó.

No hizo ningún movimiento que yo no hubiera permitido.

Y precisamente por eso fui yo quien redujo la distancia.

Su expresión cambió.

―Beire.

―¿Qué?

―Estás haciendo otra vez eso.

―¿Qué cosa?

―Acercarte y luego actuar como si hubieras tropezado.

―Tal vez tropiezo mucho.

―Entonces tienes un problema de equilibrio.

Sonreí.

―Tal vez.

Mi mano bajó de su hombro a su pecho.

Sentí el latido bajo la camiseta.

Rápido.

Eso me gustó demasiado.

―No pareces tan tranquilo ahora.

―No lo estoy.

―Pensé que eras experto en control.

―También yo.

Su pulgar se movió sobre mi cintura.

―Podría besarte.

El aire cambió.

―Podrías.

―Pero no voy a hacerlo.

Fruncí el ceño.

―¿Otra prueba?

―No.

―Entonces ¿por qué?

Santino miró mi boca.

―Porque estás agotada, llevas siete horas trabajando y no quiero que mañana pienses que aprovechamos el momento.

Me quedé callada.

Era irritantemente correcto.

―Eso fue muy decente.

―No pongas esa cara.

―¿Cuál?

―La de estar enfadada porque no te besé.

―No estoy enfadada.

―Claro.

Me aparté.

―Voy a casa.

―Excelente decisión.

Recogí mis cosas.

En la puerta miré el dibujo que había dejado sobre la mesa.

―Mañana termino los carteles.

―Mañana no tienes turno.

―Ya lo sé.

Santino se quedó quieto.

―Entonces ¿por qué vienes?

Me encogí de hombros.

―Porque quiero.

Su sonrisa fue pequeña.

―Eso suena peligroso.

―No te emociones. Hablo del proyecto.

―Claro.

Abrí la puerta.

―Y Santino.

―¿Sí?

―La próxima vez no uses el cansancio como excusa.

Él dejó el lápiz sobre la mesa.

―¿Excusa para qué?

Lo miré.

―Para no besarme.

Santino tardó un segundo en responder.

Después sonrió de una manera que me hizo arrepentirme y alegrarme al mismo tiempo.

―Entonces duerme bien, Beire, porque la próxima vez pienso preguntarte estando completamente despierta.

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