Capítulo 5 5

―Dormí ocho horas, por si necesitas actualizar tus argumentos.

Santino levantó la cabeza del montón de carpetas.

―Buenos días para ti también.

―Son las cuatro de la tarde.

―Entonces buenas tardes, persona que hoy no tenía turno.

Dejé mi mochila sobre la mesa.

―Vine por los carteles.

―Claro.

―No pongas esa cara.

―¿Cuál?

―La que dice que sabes perfectamente por qué estoy aquí.

―Pensaba que era por las tortugas.

―También.

―Eso mejora bastante tu defensa.

Salma apareció desde el almacén con una caja de folletos.

―¿Interrumpo una pelea o todavía están calentando?

―Beire vino voluntariamente ―dijo Santino.

Salma dejó caer la caja sobre la mesa.

―Repítelo.

―No exageren.

―Hace cuatro días preguntaste si las tortugas mordían.

―Era información preventiva.

Santino sonrió.

―Y hoy vienes sin horas asignadas.

―Porque los carteles actuales parecen diseñados para traumatizar niños.

Salma sacó uno con una tortuga de pestañas moradas.

―Yo le tengo cariño.

―Eso explica muchas cosas sobre ti.

Nos sentamos a trabajar.

Había preparado ocho bocetos durante la mañana, aunque jamás admitiría cuánto tiempo había dedicado a ellos.

Santino tomó el primero.

―Esto está increíble.

―Puedes decirlo más alto.

―No abuses.

―Necesito registrarlo para mi autoestima.

Él pasó al segundo.

―Este también.

―Otra vez.

―Beire.

―Estoy esperando.

Santino dejó los papeles y me miró directamente.

―Eres muy buena.

La broma que tenía preparada desapareció.

―Gracias.

―¿Ves? Puedes recibir un elogio sin convertirlo en discusión.

―No te emociones. Todavía puedo estropearlo.

Salma levantó la vista.

―Voy a salir antes de que empiecen a mirarse raro.

―No nos miramos raro ―dije.

―Eso también deberían registrarlo en una hoja de cálculo ―respondió mientras desaparecía.

Santino carraspeó.

―Te está tomando cariño.

―Me temo que sí.

―A mí me tomó tres meses.

―Soy encantadora.

―Eso debe ser.

Le golpeé el brazo con un lápiz.

Trabajamos casi dos horas.

Yo dibujaba.

Santino revisaba textos y datos.

Era sorprendentemente fácil compartir mesa con él cuando ninguno intentaba ganar nada.

Hasta que su teléfono vibró.

Miró la pantalla.

Sonrió.

No debería haber preguntado.

―¿Quién?

Alzó una ceja.

―¿Perdón?

―Sonreíste.

―Eso hago a veces.

―No tanto mirando el teléfono.

Santino apoyó el móvil boca abajo.

―Iria.

El nombre no me dijo nada.

Eso no impidió que me molestara.

―¿Quién es?

―Trabajó aquí el verano pasado.

―Ah.

―Viene la semana próxima.

―Qué bien.

―Ese “qué bien” parece enfermo.

―Estoy dibujando.

―Y clavando el lápiz en la mesa.

Miré mi mano.

Tal vez.

―No me importa quién venga.

―No dije que te importara.

―Tu cara sí.

Santino soltó una risa.

―Eso era mío.

―Lo robé.

―Lo usas mal.

―Sobrevivirás.

Volví al dibujo.

Cinco segundos después él preguntó:

―¿Estás celosa?

―No.

―Bien.

Demasiado rápido.

Lo miré.

―¿Bien?

―Sí.

―¿Eso es todo?

―¿Qué debería decir?

―Nada.

―Perfecto.

Odié su tranquilidad.

―¿Saliste con ella?

Santino sonrió lentamente.

―Definitivamente no estás celosa.

―Es curiosidad estadística.

―No.

―¿No qué?

―No salí con Iria.

―Perfecto.

―Ahora sí sonó demasiado aliviado.

Le lancé una goma.

La atrapó.

―Eres insoportable.

―Y tú haces preguntas muy específicas para alguien desinteresado.

―Cállate.

Volvió a sus papeles, todavía sonriendo.

Mi dignidad presentó renuncia.

A las siete Borja revisó los bocetos.

Eligió cinco.

―Podemos digitalizarlos y probarlos con el grupo escolar del viernes.

Sentí una satisfacción extraña.

―¿De verdad?

―Si quieres.

―Sí.

Respondí sin pensar.

Otra vez.

Borja asintió y se marchó.

Santino me observaba.

―No digas nada.

―No he dicho nada.

―Pero estás pensando.

―Que llevas tres días aquí y ya estás haciendo trabajo que no necesitas para tus horas.

―Los carteles eran horribles.

―Claro.

Guardé mis lápices.

―¿Sabes qué? Me voy.

―¿Por qué?

―Porque esa sonrisa tuya está empezando a irritarme.

―Pensé que venías a trabajar.

―Ya trabajé.

―Entonces quédate a cenar.

Me detuve.

―¿Qué?

―Teo trae comida. Salma está aquí. No es una cita.

―No pregunté si era una cita.

―Tu cara sí.

―Voy a prohibirte esa frase.

―¿Te quedas?

Debí decir no.

En cambio:

―¿Qué trae?

―Pizza.

―¿Con piña?

―No.

―Entonces quizá.

―Romántica.

―Dijiste que no era cita.

―Y ya estás negociando el menú.

Teo llegó media hora después con tres pizzas y una capacidad alarmante para hablar.

―Así que tú eres Beire.

―Depende de lo que Santino haya dicho.

―Que llegaste tarde, casi te mata una ampolla y llamaste Capitán Tortuga a nuestro coordinador.

Miré a Santino.

―Traidor.

―Todo era información objetiva.

Teo me estrechó la mano.

―Ya me caes bien.

Santino suspiró.

―Excelente. Otro problema.

La cena fue divertida.

Demasiado.

Salma contó historias del centro. Teo imitó a Borja persiguiendo turistas que ignoraban las zonas acordonadas. Yo terminé riendo hasta llorar.

Santino hablaba menos.

Pero cada vez que levantaba la vista, lo encontraba mirándome.

No como antes.

No para provocarme.

Como si quisiera memorizar algo.

Al terminar, Salma y Teo se fueron al almacén.

Yo recogí platos.

Santino apareció a mi lado.

―Puedes dejarlos.

―Sé lavar un plato.

―Nunca lo dudé.

―Mentiroso.

―Tal vez un poco.

Nuestras manos chocaron sobre el fregadero.

Ninguno retiró la suya.

―Dormiste ocho horas ―dijo.

Mi corazón cambió de ritmo.

―Te lo dije.

―Y estás completamente despierta.

―También.

Santino giró hacia mí.

―Entonces ya no tengo esa excusa.

―No.

―Beire.

―¿Qué?

―Voy a preguntarte algo.

El agua seguía corriendo detrás de nuestras manos.

―Pregunta.

Se acercó apenas.

―¿Quieres que te bese?

Todo mi humor desapareció.

Lo miré.

―Sí.

Santino cerró el grifo.

El silencio se volvió enorme.

Su mano subió lentamente a mi mejilla.

―¿Segura?

―Si preguntas una tercera vez voy a cambiar de opinión.

Sonrió.

―Eso suena a amenaza.

―Es una advertencia.

Sus dedos se deslizaron hasta mi nuca.

Me acerqué.

Entonces una puerta golpeó al fondo.

Nos separamos.

Teo apareció buscando servilletas.

Nos miró.

―Creo que elegí un momento pésimo.

―Sí ―respondimos juntos.

Teo tomó el paquete.

―No vi nada.

―Porque no pasó nada ―dije.

Santino me miró.

Teo desapareció.

Yo intenté respirar.

―Otra vez interrumpidos.

―Parece personal.

―Tal vez el universo tiene opinión.

Santino se acercó de nuevo.

―Que espere.

Mi espalda tocó la encimera.

―Santino.

―¿Sigues diciendo sí?

Asentí.

―Dilo.

―Sí.

Su pulgar rozó mi mandíbula.

Esta vez nadie apareció.

Pero Santino se detuvo a un centímetro.

―¿Qué haces?

―Quiero que recuerdes que pudiste irte hace tres horas y elegiste quedarte.

―¿Y?

Su boca casi tocó la mía.

―Que cuando te bese, Beire, no voy a aceptar que mañana digas que estabas aquí por obligación.

Me quedé inmóvil.

Tenía razón, y eso me fastidió.

―No estaba aquí por obligación.

―Lo sé.

―Vine porque quería terminar los dibujos.

―También lo sé.

―Y me quedé a cenar porque quería.

Santino asintió.

―Eso quería escuchar.

Esperé el beso.

No llegó.

En cambio, retiró la mano de mi nuca.

―¿En serio?

Se rio bajo.

―No quiero que nuestro primer beso ocurra entre platos sucios y Teo buscando servilletas.

―Hace treinta segundos parecía importarte poco.

―Hace treinta segundos solo quería besarte.

―¿Y ahora?

―Ahora quiero hacerlo bien.

Eso consiguió irritarme y gustarme al mismo tiempo.

―Eres desesperante.

―Mañana termino temprano.

―¿Y?

―Hay un puesto de café frente al puerto.

Lo miré.

―¿Me estás invitando a salir?

―Te estoy dando la oportunidad de descubrir si te gusto cuando no llevo uniforme.

―Qué confianza.

Santino sonrió.

―Entonces ven mañana y demuéstrame que solo querías besarme porque estabas aburrida esta noche.

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