Capítulo 2 La primera fisura
Erika no se fue a la mañana siguiente.
Ni a la siguiente.
Owen no se lo pidió. Tampoco se lo ofreció como una opción real. Simplemente dejó una muda de ropa limpia al pie de la cama, un plato de comida caliente sobre la mesita y la llave de la habitación todavía en su poder. Cuando ella bajó a la cocina a las once de la mañana, con la camiseta negra de él todavía puesta y el moretón del ojo ya vuelto de un morado profundo, él estaba allí. De pie junto a la ventana, con la sotana abrochada hasta el cuello y las mangas bajadas, ocultando otra vez las cicatrices y la tinta.
—Siéntate —dijo, sin girarse del todo—. Come.
Erika obedeció. El silencio entre ellos no era incómodo. Era denso. Como si el aire mismo estuviera esperando a ver quién rompería primero.
Comió despacio. Cada movimiento le dolía: la costilla, el labio, el orgullo. Owen no la interrogó. No le preguntó por el nombre del hombre. No le ofreció llamar a la policía. Solo la observaba de reojo mientras ella llevaba la cuchara a la boca, como si estuviera memorizando la forma en que masticaba, la forma en que evitaba mirarlo a los ojos, la forma en que sus hombros se encogían cada vez que un ruido venía de fuera.
Esa tarde le trajo un vestido sencillo, de algodón gris, dos tallas más grande de lo necesario, y un par de zapatillas nuevas.
—No tienes que devolverlas —dijo al dejarlas sobre la cama—. Son tuyas.
Erika lo miró desde el umbral.
—No puedo quedarme aquí para siempre.
Owen se detuvo en la puerta. La diferencia de altura volvió a hacerse evidente. Ella tenía que levantar la cara para sostenerle la mirada. Él la sostuvo sin esfuerzo, sin pestañear.
—Nadie ha dicho para siempre —respondió con calma—. Solo he dicho que esta noche también te quedas. Y la que viene. Hasta que dejes de temblar cada vez que se cierra una puerta.
Ella no tuvo respuesta para eso.
Los días empezaron a deslizarse uno detrás de otro con una quietud engañosa. Owen celebraba misa por la mañana. Atendía confesiones. Respondía llamadas de feligreses. Y entre todo eso, encontraba la forma de estar cerca de ella. No de manera invasiva… todavía. Pero presente. Siempre presente.
Cuando ella se duchaba, él esperaba en el pasillo de abajo, leyendo un libro que nunca pasaba de página. Cuando ella salía al pequeño jardín trasero a tomar aire, él aparecía unos minutos después, apoyado en el marco de la puerta, brazos cruzados, mirándola en silencio. Cuando ella tenía pesadillas —y las tenía todas las noches—, él no entraba a la habitación. Se limitaba a sentarse en la silla del pasillo, lo bastante cerca para que ella sintiera su presencia a través de la madera, lo bastante lejos para no cruzar la línea que aún no estaba listo para romper.
Erika empezó a notar cosas.
La forma en que la sotana se tensaba sobre sus hombros cuando se movía. La sombra de los músculos del pecho cuando la luz de la mañana entraba por la ventana de la cocina. El momento exacto en que, al arremangarse para lavar los platos, las cicatrices blancas y los tatuajes negros quedaban a la vista durante unos segundos antes de que él volviera a bajar las mangas. No los escondía con vergüenza. Los escondía con cálculo. Como si estuviera midiendo cuánto podía mostrarle sin asustarla del todo.
Al cuarto día, el hombre que la había golpeado apareció.
Erika lo vio desde la ventana de la cocina. Estaba al otro lado de la reja del jardín delantero, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa torcida que ella conocía demasiado bien. El mismo que usaba cuando decía “solo fue un accidente” mientras le limpiaba la sangre de la boca.
El corazón se le subió a la garganta. El plato que tenía en las manos tembló.
Owen estaba detrás de ella en menos de tres segundos. No preguntó qué pasaba. Solo siguió la dirección de su mirada. Su expresión no cambió. No se endureció. No mostró sorpresa. Solo se volvió más quieta. Más precisa, más peligrosa.
—Quédate aquí —dijo en voz baja—. No salgas. No abras la puerta. No importa lo que oigas.
Erika lo agarró de la manga de la sotana.
—No… no le hagas nada. Por favor. Solo… dime que me vaya. Que no quiero meterlo en problemas Padre.
Owen la miró. Sus ojos grises estaban casi negros.
—No le voy a pedir que te vayas.
Se soltó de su agarre con suavidad y salió por la puerta lateral.
Erika se quedó congelada junto a la ventana, el corazón golpeándole las costillas. Vio cómo Owen cruzaba el jardín sin prisa. Cómo la sotana se movía con cada paso largo. Cómo el hombre al otro lado de la reja sonreía al verlo, seguro de sí mismo, seguro de que un cura no representaba ninguna amenaza.
No escuchó las primeras palabras. Solo vio el momento en que Owen abrió la reja, agarró al hombre del cuello de la camisa y lo arrastró hacia el callejón estrecho que había detrás de la iglesia. El movimiento fue tan rápido y tan controlado que pareció casi elegante. Un segundo después, ambos habían desaparecido de su vista.
Erika corrió a la puerta trasera, pero no la abrió. Se limitó a escuchar.
No hubo gritos. No hubo golpes ruidosos. Solo un silencio denso, interrumpido de vez en cuando por la voz baja y fría de Owen. No pudo distinguir las palabras. Solo el tono. El mismo tono que había usado con ella la primera noche, pero despojado de cualquier resto de suavidad. Era la voz de alguien que no estaba amenazando. Era la voz de alguien que estaba describiendo un hecho futuro.
Minutos después, Owen regresó.
La camiseta negra que llevaba debajo de la sotana —porque se la había quitado antes de salir— tenía una mancha oscura cerca del cuello. No era mucha sangre. Solo un poco. Los nudillos de la mano derecha estaban rozados, enrojecidos. El cabello le caía un poco desordenado sobre la frente. Los ojos… los ojos brillaban con una calma que era peor que cualquier furia.
Erika dio un paso atrás cuando él entró a la cocina.
—¿Qué… qué le hiciste?
Owen se lavó las manos en el fregadero con movimientos lentos, metódicos. El agua se llevó la poca sangre que le quedaba en los nudillos. Se secó con un trapo, se volvió a poner la sotana y solo entonces la miró.
—Le di una promesa —dijo con voz tranquila—. Si vuelve a acercarse a ti, le romperé las manos, luego le romperé las piernas una por una. Y si todavía sigue insistiendo… le enseñaré lo que aprendí hace unos años, en un lugar donde no hay sotanas ni crucifijos.
Erika sintió que el estómago se le encogía.
—Usted… usted es un sacerdote.
—También fui otras cosas antes —respondió él, sin apartar la mirada—. Cosas que la Iglesia prefiere no recordar. Cosas que yo tampoco recuerdo… a menos que alguien me dé una razón para hacerlo.
Se acercó. Cada paso redujo el espacio entre ellos hasta que ella tuvo que levantar la cara para no chocar contra su pecho. El olor a él, a jabón, a lluvia y a sangre, la envolvió. La camiseta negra bajo la sotana se pegaba a su torso lo suficiente para delinear el relieve de los músculos. Erika pudo ver, por el cuello abierto, el borde de un tatuaje oscuro que subía hacia la clavícula.
—Nadie te volverá a tocar, Erika —dijo en voz baja, casi un murmullo—. Nadie.
Su mano grande subió y le tocó con extremos cuidado el moretón del ojo. Los dedos eran cálidos, callosos, y la diferencia de tamaño hacía que su rostro pareciera aún más frágil entre ellos.
—Excepto yo. Cuando tú lo pidas. Y lo vas a pedir.
Ella tembló. No solo de miedo. Había algo más en ese temblor. Algo que le subía por la espalda y se le alojaba en el pecho, caliente y vergonzoso.
—No me conoce —susurró—. No sabe lo que soy. Estoy… rota.
Owen inclinó la cabeza. Su pulgar rozó apenas la comisura de su labio herido.
—Yo también estoy roto —contestó—. La diferencia es que yo ya no pretendo arreglarme. Solo pretendo que nadie vuelva a romperte… excepto yo, si algún día decido que duele de la forma correcta.
Erika no se apartó.
Podría haberlo hecho. Podría haber dado un paso atrás, haber cerrado la puerta de su habitación con llave y haber planeado una fuga para la mañana siguiente. En cambio, se quedó quieta bajo su mano, respirando el mismo aire que él, sintiendo el calor que emanaba de ese cuerpo demasiado grande, demasiado marcado, demasiado peligroso para ser un hombre de Dios.
Owen retiró la mano con lentitud, como si le costara soltarla.
—Ve a descansar. Mañana hablamos de lo que vas a hacer con tu vida.
Hizo una pausa.
—O de lo que yo voy a hacer con ella.
Se dio la vuelta y salió de la cocina sin esperar respuesta.
Erika se quedó sola, con el corazón latiéndole en la garganta y la camiseta de él todavía oliendo a su piel. Afuera, la tarde empezaba a caer. El callejón detrás de la iglesia estaba vacío. No quedó ni rastro del hombre que la había seguido hasta allí.
Solo quedó el eco de una promesa que no sonaba a protección.
Sonaba a sentencia.
Y por primera vez desde que había cruzado la puerta de la iglesia bajo la lluvia, Erika comprendió que el refugio que había encontrado no tenía paredes de piedra.
Tenía paredes de carne, de cicatrices y de una obsesión que apenas comenzaba a mostrar los dientes.
