Capítulo 3 La confesión que no fue

Habían pasado tres semanas.

Tres semanas desde la noche de la lluvia. Tres semanas desde que el hombre que la había golpeado desapareció del callejón detrás de la iglesia y no volvió a mostrar la cara. Tres semanas en las que Erika había dejado de contar los días como si fueran una condena y empezara a contarlos como una tregua peligrosa.

Owen no la había vuelto a tocar con la misma intensidad de aquella tarde en la cocina. No había repetido la promesa en voz alta. Pero la cumplía en cada detalle pequeño y asfixiante.

Le había conseguido un trabajo en la parroquia: ordenar archivos, limpiar los bancos después de la misa de las siete, ayudar con las flores del altar. Nada que la expusiera demasiado al mundo exterior. Le había dado una tarjeta con dinero “para lo que necesites”, aunque ella apenas la usaba. Había cambiado la cerradura de su habitación y le había entregado la única llave… pero él siempre parecía saber cuándo ella estaba despierta, cuándo había llorado, cuándo se había quedado mirando la ventana demasiado tiempo.

Erika empezó a notar el patrón.

Si mencionaba, aunque fuera de pasada, que tal vez debería buscar un apartamento, Owen encontraba una razón impecable para que esperara “solo un poco más”. Si decía que le gustaría salir a caminar sola por la tarde, él aparecía con una excusa para acompañarla. Si alguien de la parroquia se acercaba demasiado a ella con una sonrisa amable, Owen se interponía con esa calma fría que hacía que la gente diera un paso atrás sin saber exactamente por qué.

Y por las noches… por las noches la vigilaba.

No entraba a su habitación. No todavía. Pero Erika lo sentía. A veces oía el leve crujido de la silla en el pasillo. Otras veces, al salir al baño a las tres de la madrugada, lo encontraba de pie junto a la ventana del rellano, con los brazos cruzados y la sotana abierta sobre una camiseta negra que marcaba cada línea de su torso. No decía nada. Solo la miraba. Y ella regresaba a la cama con el corazón latiéndole demasiado rápido.

El cuerpo de él se había vuelto una presencia constante en su mente.

Un metro noventa de hombre que olía a incienso y a algo más oscuro. Músculos definidos que la sotana no lograba disimular del todo. Cicatrices que asomaban cuando se arremangaba. Tatuajes negros que subían por los antebrazos y se perdían bajo la tela, como si contaran una historia que la Iglesia prefería no escuchar. Erika se sorprendía a sí misma mirándolo demasiado tiempo cuando él no se daba cuenta… o cuando fingía no darse cuenta.

Estaba rota. Lo sabía. Y sin embargo, cada día que pasaba bajo su techo, la idea de irse se volvía más difusa, más lejana, más aterradora.

La pesadilla llegó en la tercera semana, una noche de tormenta parecida a la primera.

Soñó con manos que la agarraban del cabello. Con la voz de él —el otro— diciéndole que no valía nada. Con el golpe que le partió el labio. Despertó sofocada, el corazón desbocado, las sábanas enredadas entre las piernas y un grito a medio formar en la garganta.

No gritó.

Pero el sonido que hizo fue suficiente.

La puerta de su habitación se abrió sin llamar. Owen entró. No llevaba la sotana. Solo una camiseta negra ceñida y un pantalón oscuro de tela suave. El cabello le caía desordenado sobre la frente. La luz del pasillo dibujaba el relieve de sus hombros, el pecho amplio, la línea del abdomen. Y por primera vez, Erika vio con claridad lo que la sotana había estado ocultando: cicatrices largas y pálidas que cruzaban su costado izquierdo, un tatuaje negro y denso que subía desde el hipocondrio hasta desaparecer bajo la tela, otro que le rodeaba el bíceps como una cadena rota.

Se acercó a la cama sin decir palabra. Se sentó en el borde. El colchón se hundió bajo su peso.

—Otra vez —murmuró. No era una pregunta.

Erika asintió, todavía temblando. Las lágrimas le resbalaban sin permiso. Owen no le ofreció pañuelos. No le dijo que todo estaba bien. Simplemente extendió una mano y le apartó el cabello húmedo de la cara con una delicadeza que contrastaba de forma brutal con el tamaño de sus dedos.

—Ven aquí.

No era una invitación. Era una orden suave. Erika dudó solo un segundo antes de desplazarse hacia él. Owen la atrajo contra su pecho. El calor de su cuerpo la envolvió de inmediato. La camiseta negra olía a él: a jabón neutro, a piel caliente, a algo metálico que ella ya asociaba con seguridad y peligro al mismo tiempo. Su mejilla quedó apoyada contra el pecho duro. Escuchó el latido lento, constante, demasiado controlado para alguien que acababa de despertar por un grito.

—Estoy aquí —dijo él en voz baja, contra su cabello—. Nadie te toca. Nadie.

Erika cerró los ojos. Las manos se le aferraron a la tela de su camiseta sin que ella se lo ordenara. Sentía la diferencia de tamaño en cada centímetro: él era demasiado grande, demasiado sólido, demasiado real. Su cuerpo delgado y curvado se sentía frágil contra el de él. Las curvas de sus caderas y su pecho quedaban completamente cubiertas por el brazo que él le había pasado alrededor de la espalda.

Durante un rato no hablaron. Solo estuvo el sonido de la lluvia contra los cristales y la respiración de ambos.

Luego Erika habló, con la voz ronca por el llanto.

—Owen…

—Dime.

—Tengo miedo de que un día decidas que soy demasiado… demasiado rota. Que te canses. Que me pidas que me vaya.

El brazo que la rodeaba se tensó apenas. Owen bajó la cara hasta que su boca quedó cerca de su oreja. Su voz salió grave, casi un gruñido contenido.

—No soy un hombre bueno, Erika.

Hizo una pausa, como si estuviera midiendo cada palabra.

—Estuve en prisión. Años. Por cosas que no voy a contarte todavía. He hecho daño. He disfrutado haciéndolo. La sotana fue lo único que encontré cuando salí y ya no tenía a dónde ir. Un disfraz. Una jaula que me puse yo mismo para no volver a ser lo que era.

Su mano subió por la espalda de ella, lenta, posesiva, hasta quedar en la nuca. Los dedos se enredaron en su cabello con una presión que no dolía… todavía.

—Pero tú me diste una razón para quedarme dentro de este disfraz. Y ahora eres mía. Aunque todavía no lo hayas aceptado del todo.

Erika levantó la cara. Sus ojos se encontraron con los de él en la penumbra. El gris oscuro de su mirada ya no tenía nada de sacerdotal. Era la mirada de un hombre que había decidido algo irrevocable.

—No puedes decir eso —susurró ella—. Eres un cura.

—Soy un hombre que reza con la misma boca con la que antes amenazaba —respondió él—. Y ahora esa boca solo quiere una cosa.

La besó.

No fue un beso suave. No fue tierno. Fue profundo, posesivo, casi violento en su necesidad. Owen la tomó de la nuca con una mano y de la cintura con la otra, atrayéndola contra él con una fuerza que no admitía resistencia. Su lengua invadió su boca como si tuviera derecho a hacerlo desde el primer día. Erika soltó un sonido ahogado —mitad sorpresa, mitad algo más oscuro— y se aferró a sus hombros. Los músculos bajo sus dedos estaban tensos, duros, marcados por años de disciplina y de violencia antigua.

Él la empujó suavemente hacia atrás hasta que su espalda tocó el colchón. Su cuerpo la cubrió por completo. Un metro noventa de hombre sobre su metro sesenta y dos. Ella se sintió pequeña, atrapada, deseada de una forma que le quitaba el aire. La diferencia de tamaño era brutal. Sus piernas quedaron abiertas por la presión de las de él. El peso de su torso la hundía en el colchón. Y entre ambos, a través de la fina tela de la camiseta que ella llevaba para dormir y del pantalón de él, se sentía la dureza evidente de su excitación.

Owen rompió el beso solo lo suficiente para hablar contra su boca, la respiración agitada por primera vez.

—Vas a odiarme a veces —susurró—. Voy a ser celoso. Voy a necesitar saber dónde estás cada segundo. Voy a controlarte de formas que todavía no imaginas. Porque si alguien vuelve a tocarte… no voy a parar. Y no me va a importar lo que diga la Iglesia, ni la ley, ni Dios.

Erika respiraba entrecortada. Las manos todavía aferradas a sus hombros. El cuerpo le temblaba, pero ya no solo de miedo.

—Entonces no pares —contestó, apenas un hilo de voz.

Owen cerró los ojos un segundo, como si esas tres palabras hubieran roto algo dentro de él. Cuando los abrió, la mirada era completamente oscura.

—Di eso otra vez.

—No pares.

La besó de nuevo. Más profundo. Más hambriento. Una de sus manos grandes bajó por el costado de ella, rozando la curva de su cintura, la cadera, el muslo. No fue más allá. Todavía no. Pero la presión de sus dedos dejaba claro que podría hacerlo en cualquier momento. Que el control que estaba ejerciendo era una elección, no una limitación.

Cuando por fin se separó, ambos respiraban agitados. Owen se quedó sobre ella, apoyado en los antebrazos para no aplastarla del todo, la frente apoyada contra la de ella.

—Esta noche no voy a follarte —dijo con voz ronca, cruda, sin adornos—. No porque no quiera. Dios sabe que quiero. Pero porque cuando lo haga, no va a ser porque tengas una pesadilla. Va a ser porque me lo pidas con esa misma boca que ahora está hinchada por mí. Y porque estés lista para aceptar que ya no hay marcha atrás.

Erika tragó saliva. El corazón le latía con tanta fuerza que estaba segura de que él podía oírlo.

—¿Y si nunca estoy lista?

Owen sonrió. Fue una sonrisa lenta, oscura, que no llegó a los ojos.

—Entonces te haré estar lista. Poco a poco. Día a día. Hasta que la única puerta que quieras abrir sea la mía.

Se apartó de ella con una lentitud deliberada. El frío de la habitación la golpeó en cuanto su calor desapareció. Owen se puso de pie. La camiseta negra estaba un poco levantada, lo suficiente para que ella viera el borde del tatuaje que le cruzaba el abdomen y la línea de una cicatriz antigua. Ajustó el pantalón sin disimulo, dejando claro el estado en que se encontraba.

—Duerme —ordenó—. Yo me quedo en la silla. Esta vez dentro.

Se sentó en la silla junto a la cama, las piernas abiertas, los brazos apoyados en los muslos, mirándola. No apagó la luz del pasillo. La dejó como estaba, iluminando apenas el perfil duro de su cara y el brillo de sus ojos.

Erika se quedó acostada, el cuerpo todavía temblando, los labios hinchados, el sabor de él impregnado en la lengua. Sabía que acababa de cruzar una línea que no tenía retorno.

Y lo peor —lo más aterrador y lo más adictivo— era que una parte de ella, la parte más rota, no quería volver atrás.

Afuera, la tormenta seguía.

Dentro, el sacerdote que ya no fingía del todo montaba guardia junto a la cama de la mujer que había decidido que era suya.

Y por primera vez desde que había llegado a la iglesia bajo la lluvia, Erika cerró los ojos sin miedo a la oscuridad.

Porque la oscuridad ahora tenía nombre.

Y se llamaba Owen.

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