Capítulo 4 Lo que se esconde bajo la sotana
La mañana siguiente llegó con una luz gris y una quietud que no engañaba a nadie.
Erika despertó sola en la cama. La silla junto a ella estaba vacía, pero el cojín todavía conservaba la forma del cuerpo de Owen. En la mesita de noche había un vaso de agua y dos pastillas para el dolor. También una nota escrita con letra firme, casi angular:
Baja cuando quieras. El desayuno está listo. No salgas sin mí.
No era una sugerencia.
Se quedó mirando las palabras un rato largo. Los labios le dolían de una forma distinta. Estaban hinchados, sensibles. Cada vez que pasaba la lengua por ellos, recordaba el sabor de él, la forma en que la había besado como si tuviera derecho a hacerlo desde el primer segundo. El cuerpo le pesaba. Entre las piernas había una humedad vergonzosa que no había estado ahí antes de la pesadilla.
Se levantó. Se puso la camiseta negra de él —la misma de la noche anterior— y un pantalón corto que le había dejado días atrás. El moretón del ojo ya era una mancha amarillenta. El labio estaba casi cerrado. Por fuera, empezaba a parecer una mujer normal. Por dentro, algo se había quebrado de otra manera.
Bajó las escaleras con el corazón acelerado.
Owen estaba en la cocina. Llevaba la sotana, pero no del todo abrochada. El alzacuellos faltaba. La tela negra se abría lo suficiente en el pecho para mostrar la camiseta oscura debajo y el borde de un tatuaje que subía hacia la clavícula. El cabello todavía húmedo del baño. El olor a jabón y a él llenaba el espacio.
Cuando la vio, no sonrió. Solo la recorrió con la mirada de arriba abajo, deteniéndose un segundo demasiado largo en las piernas desnudas y en la forma en que la camiseta le caía sobre los muslos.
—Siéntate.
Erika obedeció. Él le puso enfrente un plato con huevos, pan tostado y fruta. Luego se sentó frente a ella, demasiado cerca. La mesa era pequeña. Sus rodillas casi se tocaban.
—¿Dormiste? —preguntó.
—Un poco.
—Mentira. Te quedaste despierta mirando la silla.
Ella bajó la vista. No tenía sentido negarlo. Owen sabía. Siempre parecía saber.
Comieron en silencio durante unos minutos. El único sonido era el de los cubiertos y la lluvia fina que empezaba a caer otra vez contra los cristales. Hasta que Erika no pudo aguantar más.
—Sobre anoche…
—Sí.
—No deberíamos haber… no deberías haberme besado. Eres sacerdote. Yo estoy… estoy mal. No soy alguien con quien un hombre como tú debería—
Owen dejó el tenedor sobre el plato con un clic suave. Se inclinó hacia adelante. Los codos apoyados en la mesa. La sotana se abrió un poco más.
—Un hombre como yo —repitió, la voz baja, peligrosa—. ¿Y qué clase de hombre crees que soy, Erika?
Ella tragó saliva.
—Uno que ayuda. Uno que…
—Uno que estuvo ocho años en prisión —la interrumpió sin levantar la voz—. Uno que aprendió a romper huesos antes de aprender a rezar. Uno que se puso esta sotana porque era la única forma de no volver a matar a alguien. ¿Ese hombre?
El silencio que siguió fue espeso. Erika sintió que el estómago se le cerraba. Había sospechado. Había visto las cicatrices y los tatuajes. Pero oírlo dicho en voz alta, con esa calma absoluta, era otra cosa.
Owen no apartó la mirada.
—No me confundes con un santo. Nunca lo fui. Y desde que tú entraste por esa puerta bajo la lluvia, dejé de intentarlo siquiera. Anoche te besé porque quería. Porque llevo tres semanas oliendo tu piel en mi casa, escuchando tus pesadillas y conteniéndome. Y porque cuando dijiste “no pares”, algo dentro de mí que llevaba años encerrado decidió que ya no iba a seguir fingiendo.
Se levantó. Rodeó la mesa. Se detuvo junto a ella. Desde arriba, su tamaño era abrumador. Erika tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Él levantó una mano y le tomó la barbilla entre el pulgar y el índice, obligándola a no apartar los ojos.
—Hoy no vas a trabajar en la parroquia. Hoy te quedas aquí. Conmigo.
—Owen…
—No es una petición.
La soltó. Se alejó hacia el fregadero y empezó a recoger los platos como si no acabara de destrozar cualquier ilusión de normalidad que ella todavía tuviera. Erika se quedó sentada, el corazón martilleándole las costillas, la piel donde él la había tocado todavía ardiendo.
El resto de la mañana transcurrió en una tensión espesa. Owen no la dejó sola. Cuando ella intentó subir a su habitación a cambiarse, él la siguió hasta el pasillo y se quedó apoyado en la pared, brazos cruzados, esperando. Cuando ella salió con un vestido sencillo que él mismo le había comprado días atrás, lo miró de arriba abajo otra vez. La aprobación en sus ojos fue oscura, posesiva.
—Mejor —murmuró—. Aunque prefiero verte con mi ropa.
Por la tarde, la lluvia arreció. Owen la llevó a la sacristía con el pretexto de que necesitaba ayuda para ordenar unos misales viejos. En realidad, solo quería tenerla cerca. La habitación olía a cera, a madera vieja y a él. Erika trabajaba en silencio, consciente de cada vez que él se movía detrás de ella, de cada vez que su brazo rozaba el de ella al alcanzar un libro.
Hasta que ya no pudo más.
—¿Por qué me estás haciendo esto? —preguntó de pronto, sin girarse—. ¿Por qué no me dejas irme? Podría encontrar otro lugar. Podría…
Owen se acercó por detrás. No la tocó. Solo se detuvo lo bastante cerca para que ella sintiera el calor de su pecho a escasos centímetros de su espalda. Su voz le rozó la oreja.
—Porque ya no hay otro lugar. Porque cada vez que cierras los ojos ves su cara, no la mía. Porque cuando temblabas anoche en mis brazos, tu cuerpo me buscaba aunque tu cabeza todavía no se atreviera a admitirlo. Y porque desde la noche en que abrí esa puerta, decidí que eras mía. No de Dios. No de la Iglesia. Mía.
Erika se giró. El movimiento la dejó atrapada entre su cuerpo y la mesa de madera. Owen no se apartó. Una de sus manos grandes se apoyó en el borde de la mesa, a un lado de la cadera de ella. La otra subió y le sujetó la nuca con suavidad, pero con una firmeza que no admitía escape.
—Dime que no me quieres —susurró—. Dime que no has pensado en cómo sería que te follara aquí mismo, contra esta mesa, con la sotana todavía puesta. Dime que no te mojas cada vez que recuerdas cómo te besé anoche.
Ella abrió la boca. Ninguna mentira salió.
Owen sonrió, lenta, oscura.
—Eso pensé.
La besó. Esta vez no hubo contención. Fue hambre pura. Su lengua invadió su boca con una posesión absoluta. La mano de la nuca se cerró un poco más en su cabello, inclinándole la cabeza hacia atrás para profundizar el beso. La otra mano bajó a su cintura y la atrajo contra él con fuerza. Erika sintió la dureza de su erección contra el vientre. Grande. Caliente. Inevitable.
Un gemido se le escapó. Owen lo devoró.
La levantó como si no pesara nada y la sentó sobre la mesa. Se colocó entre sus piernas. El vestido subió por los muslos. Sus manos grandes recorrieron la piel desnuda, subiendo, subiendo, hasta que los dedos rozaron el borde de su ropa interior.
—Owen… —jadeó ella.
—Dime que pares y paro —mintió con la voz ronca—. Pero no lo vas a decir.
Ella no lo dijo.
Sus dedos se deslizaron bajo la tela. Encontraron el calor húmedo entre sus piernas y un sonido gutural se le escapó del pecho. Erika arqueó la espalda. La cabeza se le echó hacia atrás. Owen aprovechó para bajar la boca a su cuello, mordiendo suavemente la piel mientras dos dedos largos y callosos empezaban a circular sobre su clítoris con una precisión cruel.
—Tan mojada —murmuró contra su garganta—. Y todo porque un sacerdote te toca. Qué pecadora tan perfecta eres.
Erika se aferró a sus hombros. Los músculos bajo la sotana estaban tensos, duros. Podía sentir las cicatrices a través de la tela. Podía imaginar los tatuajes. El placer subía demasiado rápido. Demasiado intenso. Owen no tenía prisa. Sus dedos se movían con una lentitud deliberada, a veces rozando la entrada, a veces volviendo al punto exacto que la hacía temblar.
—Mírame —ordenó.
Ella abrió los ojos. Los de él estaban casi negros.
—Quiero verte correrte en mis dedos. Quiero que sepas exactamente quién te está haciendo esto.
La presión aumentó. Un dedo se deslizó dentro de ella. Luego otro. La palma de su mano seguía estimulándola por fuera. Erika jadeó. Las piernas le temblaban a ambos lados de sus caderas. Owen la sujetó por la nuca para que no apartara la mirada mientras la follaba lentamente con los dedos, profundo, preciso, sin piedad.
—Eso es… así… tan jodidamente apretada.
El orgasmo la golpeó sin aviso. Un grito ahogado se le escapó. El cuerpo se le arqueó contra el de él. Owen no dejó de mover los dedos hasta que ella estuvo temblando y sensible de más. Solo entonces los retiró, se los llevó a la boca y los lamió con calma, sin apartar los ojos de los de ella.
Erika respiraba agitaba, el vestido alzado, las piernas todavía abiertas, la cara sonrojada de placer y de vergüenza.
Owen se inclinó y le besó la frente con una ternura que contrastaba de forma brutal con lo que acababa de hacer.
—Esta es solo la primera vez que te hago correrte —dijo en voz baja—. La próxima, vas a estar de rodillas. O contra la pared. O en mi cama. Y cuando por fin te folle de verdad, no va a haber marcha atrás. Vas a sentirme durante días. Y cada vez que camines, vas a recordar quién te posee.
Se apartó lo suficiente para ayudarla a bajar de la mesa. Le bajó el vestido con una delicadeza casi reverente. Luego le tomó la cara entre las manos.
—Ve a tu habitación. Descansa. Yo cierro aquí.
Erika asintió, todavía aturdida. Caminó hacia la puerta con las piernas inestables. Antes de salir, se giró.
—Owen…
—Dime.
—No voy a poder odiarte del todo. Aunque debería.
Él sonrió. Esa sonrisa oscura que no llegaba a los ojos.
—No necesito que me odies. Solo necesito que te quedes. Y que aprendas que, bajo esta sotana, no hay un santo. Hay un hombre que ya decidió que tú eres su única absolución.
Erika salió. Subió las escaleras. Cerró la puerta de su habitación y se apoyó contra ella, el corazón desbocado, el cuerpo todavía temblando con los restos del orgasmo.
Abajo, en la sacristía, Owen se quitó la sotana. Se quedó en camiseta y pantalón, la erección todavía marcada, los nudillos blancos de contención. Miró hacia el techo, hacia donde estaba ella.
No iba a follarla esa noche.
No todavía.
Primero iba a hacerla dependiente.
Iba a hacerla necesitarlo.
Iba a borrar cada rastro del hombre que la había roto antes y a reemplazarlo con su propia marca.
Y cuando por fin la tomara por completo…
ya no quedaría nada de la mujer que había llegado bajo la lluvia.
Solo quedaría suya.
