Capítulo 5 La marca que no se ve

Pasaron dos días.

Dos días en los que Owen no la volvió a tocar de la forma en que lo había hecho sobre la mesa de la sacristía. Dos días en los que, sin embargo, su presencia se volvió más asfixiante, más constante, más imposible de ignorar.

Erika ya no trabajaba sola en la parroquia. Él la acompañaba a todas partes. Cuando había que cambiar las flores del altar, él estaba allí, de pie a pocos metros, observando cómo sus manos temblaban ligeramente cada vez que lo sentía cerca. Cuando un feligrés se acercaba a pedirle algo, Owen se interponía con esa calma fría que hacía que la gente sonriera nerviosa y se retirara. Por las noches, la silla junto a su cama ya no estaba en el pasillo. Estaba dentro de la habitación. Él no dormía en ella. Solo se sentaba, con los brazos cruzados, mirándola hasta que ella cerraba los ojos. A veces, cuando creía que ella ya dormía, se levantaba, se acercaba y le apartaba el cabello de la cara con una lentitud casi reverente. Erika fingía no notarlo. Pero lo notaba. Cada vez.

El control se había vuelto silencioso. Absoluto.

El tercer día después de lo de la sacristía, Erika intentó recuperar algo de terreno. Bajó a la cocina temprano, se preparó un café y, cuando Owen apareció con la sotana todavía a medio abrochar, habló sin mirarlo.

—Necesito salir. Solo un rato. A comprar algunas cosas. Ropa interior. Productos de higiene. No puedo seguir usando solo lo que tú me das.

Owen se detuvo junto a la nevera. Abrió la puerta, sacó la leche, la dejó sobre la mesa. No respondió de inmediato. Cuando por fin habló, la voz era baja, demasiado calmada.

—Dime qué necesitas. Lo traigo yo.

—Owen…

—No.

La palabra cayó como una losa. Erika levantó la vista. Él la estaba mirando con esa expresión que ya conocía: la misma que había usado la noche en que le dijo que era suya. La misma que había tenido mientras la hacía correrte sobre la mesa.

—No es una discusión —continuó él—. Todavía hay gente que te busca. Todavía hay un hombre al que le prometí romperle las manos si volvía a acercarse. Hasta que yo decida que es seguro, no sales sola. Punto.

Erika apretó la taza entre las manos. El calor le quemaba los dedos.

—No puedes encerrarme aquí para siempre.

—No te estoy encerrando —respondió él, acercándose—. Te estoy protegiendo. Hay una diferencia. Aunque a ti todavía te cueste verla.

Se detuvo frente a ella. Demasiado cerca. El olor a él —jabón, piel, ese rastro metálico que nunca desaparecía del todo— la envolvió. Una de sus manos grandes subió y le tomó la muñeca con suavidad, pero con una firmeza que no admitía que la retirara.

—Además —añadió, la voz más grave—, no me gusta la idea de que otros hombres te miren mientras compras ropa interior. Esa parte de ti ya no les pertenece. Me pertenece a mí.

Erika sintió que el calor le subía por el cuello. Quiso apartarse. No lo hizo.

—Eso es… enfermo.

—Sí —admitió él sin dudar—. Lo es. Y no pienso cambiarlo.

Esa misma tarde, Owen cumplió su palabra. Salió durante una hora. Regresó con bolsas. Las dejó sobre la cama de ella sin decir nada: ropa interior nueva, productos de higiene, incluso un vestido negro sencillo que le quedaba ceñido en la cintura y marcaba las curvas que él parecía memorizar cada vez que la miraba. Erika no le dio las gracias. Él no las esperó.

La noche llegó con otra tormenta.

Erika estaba en su habitación, intentando leer un libro que no lograba concentrarse en terminar, cuando la puerta se abrió. Owen entró sin llamar. Ya no pedía permiso. Llevaba solo la camiseta negra y el pantalón oscuro. La sotana había quedado abajo. El cabello le caía un poco sobre la frente. Las cicatrices del brazo derecho eran claramente visibles bajo la luz tenue de la lámpara. El tatuaje que le rodeaba el bíceps parecía moverse cada vez que flexionaba el brazo.

Se detuvo al pie de la cama.

—Levántate.

Ella cerró el libro.

—¿Qué ocurre?

—Levántate, Erika.

Hubo algo en el tono que hizo que ella obedeciera. Se puso de pie. Owen se acercó. La diferencia de altura volvió a hacerse evidente de forma casi dolorosa. Él la miró de arriba abajo, despacio, como si estuviera decidiendo algo.

—Quítate la camiseta.

El corazón de Erika dio un vuelco.

—Owen…

—No te voy a follar. Todavía no. Pero quiero verte. Quiero ver lo que es mío. Y quiero que tú veas lo que hay debajo de esta camiseta cuando dejo de fingir.

Ella tragó saliva. Los dedos le temblaban cuando se agarró al borde de la camiseta —la de él, otra vez— y se la quitó por encima de la cabeza. Se quedó en sujetador negro y pantalones cortos. El aire frío de la habitación le erizó la piel. Owen no dijo nada durante varios segundos. Solo la miró. La mirada era pesada, oscura, hambrienta.

Luego se quitó él la camiseta.

El cuerpo que apareció delante de ella era exactamente lo que la sotana había estado ocultando durante semanas: ancho, musculado, marcado por años de disciplina y de violencia. Cicatrices largas y pálidas cruzaban su pecho y su costado izquierdo. Un tatuaje negro y denso le cubría el costado derecho, subiendo hasta la costilla. Otro, más antiguo, le rodeaba el hombro. Había marcas de lo que parecían quemaduras antiguas cerca de la cadera. El abdomen era una tabla de músculos definidos. El vello oscuro que bajaba desde el ombligo desaparecía bajo el pantalón.

Erika no pudo apartar la vista.

Owen dio un paso hacia ella. Luego otro. La tomó de la cintura con ambas manos —sus dedos casi se tocaban en la espalda— y la atrajo contra su pecho desnudo. La piel de él estaba caliente. Las cicatrices se sentían ligeramente irregulares bajo sus mejillas cuando él le inclinó la cabeza contra su torso.

—Toca —ordenó en voz baja.

Ella levantó las manos. Las posó sobre su pecho. Sintió el latido fuerte, constante. Los dedos recorrieron una cicatriz larga que le cruzaba el pectoral. Owen no se movió. Solo respiraba, profundo, controlado, mientras ella exploraba.

—Esa me la hicieron en prisión —dijo de pronto, la voz ronca—. Un hombre intentó matarme con una hoja improvisada. No lo logró. Yo sí logré lo que me propuse.

Erika levantó la vista. Él la estaba mirando desde arriba, los ojos casi negros.

—No te cuento esto para asustarte. Te lo cuento para que sepas exactamente qué clase de hombre te está tocando. Qué clase de hombre te hizo correrte sobre esa mesa. Y qué clase de hombre va a seguir haciéndolo hasta que no quede nada de la mujer que llegó aquí rota.

Sus manos bajaron desde la cintura hasta los muslos de ella. La levantó con facilidad. Erika soltó un jadeo cuando sus piernas quedaron rodeando las caderas de él. Owen la cargó hasta la cama y la depositó sobre el colchón. Se colocó encima, sin poner todo su peso, pero lo bastante cerca para que ella sintiera cada centímetro de su cuerpo duro contra el de ella.

La besó. Lento. Profundo. Posesivo. Una de sus manos grandes subió hasta su pecho y apretó el sujetador a través de la tela, el pulgar rozando el pezón ya endurecido. Erika arqueó la espalda. Un gemido se le escapó dentro de su boca.

Owen bajó la boca a su cuello, a la clavícula, al borde del sujetador. Con una sola mano se lo quitó. El aire frío le golpeó los pechos desnudos. Él los miró un segundo, oscuro, antes de bajar la cabeza y tomar un pezón entre los labios. Chupó con fuerza. Los dientes rozaron la piel sensible. Erika se aferró a su cabello, el cuerpo ya temblando.

—Owen… por Dios…

—Dios no está en esta habitación —murmuró él contra su piel—. Solo estoy yo.

Su boca bajó más. Por el vientre. Por el borde de los pantalones cortos. Los bajó junto con la ropa interior en un solo movimiento. Erika quedó completamente desnuda bajo él. Owen se arrodilló entre sus piernas, las manos grandes abriéndole los muslos con una firmeza que no admitía cierre. La miró. Abierta. Mojada. Suya.

—Tan perfecta —dijo con voz grave—. Y tan jodidamente mía.

Bajó la cabeza.

La primera lamida fue lenta, deliberada, de abajo hacia arriba. Erika gritó. Las caderas se le levantaron solas. Owen la sujetó con fuerza, los dedos clavándose en la carne suave de sus muslos, y volvió a hacerlo. Otra vez. Y otra. Hasta que su lengua encontró el clítoris y se quedó allí, circulando, chupando, torturándola con una precisión que la volvía loca.

Erika se retorcía. Las manos se aferraban a las sábanas. Los sonidos que salían de su boca ya no eran palabras. Owen no tenía prisa. La comía como si tuviera todo el tiempo del mundo, como si el único propósito de su existencia en ese momento fuera hacerla correrte contra su boca. Un dedo se deslizó dentro de ella. Luego otro. Los movió al mismo ritmo que su lengua. Profundo. Constante.

—Voy a… Owen, no puedo…

—Sí puedes —gruñó él contra su piel—. Y lo vas a hacer mirándome.

Ella abrió los ojos. Lo miró. La imagen de ese hombre —cicatrices, tatuajes, ojos oscuros, boca brillante de ella— entre sus piernas fue lo que la empujó al borde. El orgasmo la atravesó con una violencia que le arrancó un grito. El cuerpo se le arqueó. Las piernas le temblaron sin control alrededor de su cabeza. Owen no se detuvo hasta que ella estuvo sensible, jadeando, casi llorando de tanto placer.

Solo entonces subió. Se recostó a su lado. La atrajo contra su pecho desnudo. Una de sus manos grandes le acariciaba la espalda con una lentitud casi hipnótica. La otra le sujetaba la nuca. Erika sentía la dureza de su erección contra su muslo, pero él no hizo nada al respecto. Solo la sostenía.

Durante un rato largo no hablaron. Solo estuvo el sonido de la lluvia y de sus respiraciones.

Luego Owen habló, la voz baja contra su cabello.

—Mañana vas a empezar a dormir en mi cama. No en esta. En la mía.

Hizo una pausa.

—No te estoy pidiendo permiso, Erika. Te estoy avisando. Porque cada noche que paso sin sentirte contra mí es una noche que se me hace más difícil no cruzar la última línea. Y cuando la cruce… no va a haber sotana que me detenga. Ni Dios. Ni tú.

Erika cerró los ojos. El cuerpo todavía le temblaba. El sabor de su propia rendición le llenaba la boca.

Sabía que debería tener miedo.

Sabía que debería intentar huir.

En cambio, solo apretó la cara contra el pecho marcado de cicatrices de él y susurró:

—Está bien.

Owen besó su frente. La marca no se veía.

Pero ya estaba allí.

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