Capítulo 6 La cama del sacerdote

La noche siguiente, Owen no le dio tiempo a dudar.

Después de la cena —una comida sencilla que él había preparado en silencio, como casi todo lo que hacía—, se levantó, recogió los platos y se giró hacia ella. La sotana ya no estaba. Solo la camiseta negra y el pantalón oscuro. Las cicatrices del brazo derecho quedaban a la vista. El tatuaje del bíceps parecía más oscuro bajo la luz cálida de la cocina.

—Sube.

Erika dejó el vaso sobre la mesa.

—Owen…

—A mi habitación. Ahora.

No había espacio para negociación en su voz. Ella se levantó. Las piernas le temblaban un poco mientras subía las escaleras delante de él. Sentía su presencia a cada paso: el calor de su cuerpo, la forma en que sus pisadas largas marcaban el ritmo, la certeza de que, si se detuviera, él no la empujaría… pero tampoco la dejaría quedarse atrás.

La habitación de Owen era más grande que la suya. Más sobria. Una cama de matrimonio de madera oscura. Una cruz sencilla en la pared. Una ventana con las cortinas semiabiertas que dejaban entrar el sonido de la lluvia. Olió a él de inmediato: a jabón, a madera, a esa nota metálica que ya asociaba con peligro y con seguridad al mismo tiempo.

Owen cerró la puerta detrás de ellos. El clic del pestillo sonó demasiado fuerte.

—Quítate la ropa.

Erika se giró. Él estaba de pie junto a la cama, los brazos cruzados, mirándola con esa calma oscura que ya conocía demasiado bien.

—Toda.

Los dedos le temblaron cuando se agarró al borde de la camiseta —otra vez la de él— y se la quitó. Luego el sujetador. Los pantalones cortos. La ropa interior. Se quedó desnuda en medio de la habitación, la piel erizada por el aire fresco y por la forma en que él la recorría con la mirada. No había vergüenza en sus ojos. Solo hambre. Y posesión.

Owen se quitó la camiseta con un solo movimiento. El cuerpo marcado apareció otra vez: cicatrices, tatuajes, músculos tensos. Se bajó el pantalón y la ropa interior. Erika contuvo el aliento.

Era grande. Grueso. Ya completamente duro. La diferencia de tamaño entre ambos se volvió aún más evidente. Ella, delgada, curva, un metro sesenta y dos. Él, un metro noventa de hombre que parecía diseñado para cubrirla por completo.

—Ven aquí.

Ella se acercó. Owen la tomó de la cintura y la levantó como si no pesara nada. La depositó en el centro de la cama. Se colocó encima, apoyado en los antebrazos, el cuerpo alineado con el de ella. La dureza de su polla quedó atrapada entre sus vientres. Caliente. Latiente.

—Mírame —ordenó.

Erika abrió los ojos. Los de él estaban casi negros.

—Esta noche voy a follarte. Lento. Profundo. Hasta que no quede ninguna duda de a quién perteneces. Si en algún momento quieres que pare, lo dices. Pero si no lo dices… no voy a detenerme. ¿Entiendes?

Ella asintió. La voz le salió ronca.

—Sí.

—Di mi nombre.

—Owen.

Él bajó la cabeza y la besó. No fue un beso suave. Fue una reclamación. Su lengua invadió su boca con la misma posesión de las noches anteriores, pero esta vez había una urgencia distinta. Una de sus manos grandes bajó entre los cuerpos y encontró el calor húmedo entre las piernas de ella. Gimió dentro de su boca al sentirla tan mojada.

—Ya estás lista —murmuró contra sus labios—. Tan jodidamente lista para mí.

Ajustó las caderas. La cabeza de su polla rozó la entrada de ella. Erika arqueó la espalda. Él no empujó de inmediato. Se quedó allí, frotándose despacio, untándose con su humedad, torturándola.

—Por favor… —susurró ella.

—Por favor qué.

—Fóllame.

Owen sonrió. Oscura. Satisfecha.

—Como ordene mi pecadora.

Empujó.

El primer centímetro fue lento. Grueso. Erika soltó un jadeo largo cuando sintió cómo la abría. Owen se detuvo, la frente apoyada contra la de ella, respirando agitado por primera vez en mucho tiempo.

—Tan apretada… joder, Erika.

Siguió empujando. Centímetro a centímetro. La diferencia de tamaño era brutal. Ella sentía cada vena, cada pulso, la forma en que su cuerpo luchaba por adaptarse a él. Cuando por fin estuvo completamente dentro, los dos se quedaron quietos. Owen temblaba ligeramente sobre ella. Las cicatrices de su pecho rozaban los pechos de Erika. El tatuaje de su costado quedaba a la altura de su mano.

—Respira —le ordenó en voz baja—. Acostúmbrate a mí. Porque no pienso salir en un buen rato.

Erika respiró. El ardor se fue transformando en una presión llena, profunda, casi demasiado. Owen empezó a moverse. Lento al principio. Embestidas largas y controladas que la hacían sentir cada centímetro al entrar y al salir. La cama crujía bajo ellos. El sonido de sus cuerpos encontrándose llenaba la habitación.

—Mírame mientras te follo —gruñó él—. Quiero ver tu cara cada vez que te lleve hasta el fondo.

Ella lo miró. Los ojos de Owen estaban oscuros, concentrados, poseídos por algo que no tenía nada de santo. Una de sus manos grandes le sujetó el muslo y se lo abrió más, cambiando el ángulo. La siguiente embestida dio justo en el punto que la hizo gritar.

—Ahí… —jadeó ella—. Dios, ahí…

—No es Dios —corrigió él, empujando más fuerte—. Soy yo.

El ritmo aumentó. Ya no era lento. Era profundo, constante, casi castigador. Cada embestida hacía que la cabecera de la cama golpeara suavemente la pared. Erika se aferraba a sus hombros, las uñas clavándose en la piel marcada de cicatrices. Owen bajó la cabeza y le mordió el cuello, no lo bastante fuerte para dejar marca visible… todavía. Su mano libre encontró el pecho de ella y apretó, el pulgar rozando el pezón al ritmo de sus caderas.

—Eres mía —repetía contra su piel, como una letanía—. Esta polla es la única que vas a sentir. Este cuerpo es el único que te va a cubrir. Si alguien vuelve a tocarte, lo mato. ¿Me oyes?

—Sí… sí, Owen…

El placer subía demasiado rápido. Erika sentía el orgasmo acumulándose en la base de la columna, caliente, inevitable. Owen lo notó. Cambió el ángulo otra vez, más profundo, más preciso, y bajó una mano entre ambos para frotar su clítoris con el pulgar.

—Córrete —ordenó—. Quiero sentirte apretarme mientras te lleno.

Ella se rompió.

El orgasmo la atravesó con una fuerza que le arrancó un grito largo, roto. El cuerpo se le arqueó bajo el de él. Las paredes internas se cerraron alrededor de su polla con espasmos violentos. Owen soltó un gruñido animal y aceleró, embistiendo con fuerza mientras ella todavía temblaba, prolongando el placer hasta que se volvió casi doloroso.

Cuando ella empezó a bajar, él se permitió perder el control.

Las embestidas se volvieron más erráticas, más profundas. La mano que le sujetaba el muslo se clavó con más fuerza. La otra le agarró el cabello y le inclinó la cabeza hacia atrás para mirarla a los ojos mientras se corría.

—Erika… joder…

Se derramó dentro de ella con un gemido grave, largo, las caderas pegadas a las de ella, el cuerpo entero tenso. Erika sintió el calor de su semen llenándola, pulso tras pulso. Owen se quedó enterrado hasta el fondo, temblando, la frente apoyada contra la de ella, respirando como si hubiera corrido kilómetros.

Durante un rato solo estuvo el sonido de sus respiraciones y de la lluvia contra los cristales.

Luego Owen se movió. No salió de ella. Solo se giró un poco para no aplastarla y la atrajo contra su pecho. Una de sus manos grandes le acariciaba la espalda con una lentitud casi hipnótica. La otra le sujetaba la nuca. Todavía estaba semi-duro dentro de ella.

—No te salgas —murmuró contra su cabello—. Quiero sentirme dentro un rato más.

Erika asintió, la cara escondida contra su pecho marcado. El semen empezaba a resbalar lentamente entre sus muslos. El cuerpo le dolía de una forma dulce, profunda. Sabía que al día siguiente caminaría distinto. Sabía que cada paso le recordaría exactamente quién la había tomado.

Owen besó su frente.

—Desde esta noche duermes aquí. Todas las noches. Si intentas volver a la otra habitación, te traigo de vuelta. Si intentas irte… te encuentro.

Hizo una pausa. La voz se volvió más baja, más oscura.

—Te follé sin protección. A propósito. Porque quiero que cada parte de ti me pertenezca. Incluso esa.

Erika levantó la cara. Lo miró. No había arrepentimiento en sus ojos. Solo una certeza absoluta.

—Eres un monstruo —susurró ella, sin fuerza.

Owen sonrió. Lenta. Oscura.

—Sí. Pero soy tu monstruo. Y tú ya no tienes a dónde ir que no sea a mí.

La atrajo más contra su cuerpo. Todavía dentro de ella. Todavía posesivo. Todavía peligroso.

Afuera, la tormenta seguía.

Dentro, el sacerdote que había dejado de fingir por completo cerró los ojos por primera vez en semanas, con la mujer rota —y ahora completamente suya— dormida sobre las cicatrices de su pecho.

La cama del sacerdote ya no era solo suya.

Era de ambos.

Y no había marcha atrás.

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