Capítulo 2 Ruptura Parte 2

Oriana

Caminé hacia la habitación de invitados con los movimientos mecánicos de un autómata. Mi mente estaba en blanco, bloqueada por el trauma. Abrí un armario y saqué una maleta pequeña, arrojando dentro lo primero que encontré: ropa, algunos zapatos, mis documentos personales. No quería nada que él me hubiera comprado. No quería nada que me recordara a la mujer estúpida que había sido hasta hace diez minutos.

Al pasar por el despacho, vi la caja fuerte oculta tras el cuadro de mi abuela. James no sabía la combinación; mi padre me la había dado solo a mí para emergencias extremas. Con las manos temblorosas, marqué el código. Se abrió con un clic casi imperceptible. Dentro había una bolsa de terciopelo con algunas joyas de mi madre y un fajo de billetes en efectivo que mi padre guardaba por si acaso. Lo metí todo en mi bolso con un sentimiento de urgencia desesperada.

Antes de salir, me detuve frente a la puerta de nuestro dormitorio. Podía escuchar su voz a través de la madera; estaba hablando por teléfono, riendo, probablemente con "ella", alardeando de lo fácil que había sido echarme.

—James —llamé, golpeando la puerta con firmeza una última vez.

La risa cesó y él abrió la puerta unos centímetros, mirándome con fastidio.

—¿Todavía aquí?

—Solo quería decirte una cosa. Puedes quedarte con el dinero. Puedes quedarte con esta casa llena de sombras. Pero nunca, ni en mil años, volverás a tener el poder de hacerme sentir pequeña. Vas a caer, James. Y cuando lo hagas, asegúrate de recordar este momento, porque será lo último bueno que te pase en la vida.

Él soltó una carcajada burlona y me cerró la puerta en la cara.

Salí del departamento y el aire frío de la noche de Nueva York me provocó escalofríos. Las luces de la ciudad, que siempre me habían parecido mágicas, ahora se sentían hostiles y cegadoras. Caminé sin rumbo durante varias manzanas hasta que mis pies no pudieron más. Me senté en un banco de Central Park, con la maleta a mi lado, y finalmente me permití desmoronarme. Lloré hasta que no quedaron lágrimas, hasta que el pecho me dolió tanto que respirar se volvió una tarea consciente.

Mi teléfono vibró en mi bolso. Era un mensaje de mi mejor amiga, Sarah.

—Oriana, ¿estás bien? Te he estado llamando. Los rumores en el club son horribles, dicen que James está haciendo movimientos extraños en la bolsa. Por favor, dime que estás con él.

Necesitaba una voz amiga, alguien que me sacara de esta pesadilla antes de que el frío me consumiera por completo. 

—Sarah... —mi voz se quebró al primer intento—. Él lo hizo. Se lo llevó todo. James me dejó... y la empresa está en la quiebra.

Escuché el grito ahogado de Sarah al otro lado de la línea.

—¿Qué? ¡Ese maldito hijo de puta! Escúchame bien, Oriana. No te vas a quedar ahí a dejar que la prensa te devore mañana por la mañana. Tienes que salir de Nueva York ahora mismo.

—¿A dónde voy a ir, Sarah? No tengo nada.

—Tienes mi tarjeta de crédito y tienes mi lealtad. Escúchame bien: vete al aeropuerto. Toma el primer vuelo a cualquier parte. Si necesitas emborracharte hazlo, si necesitas gritar hazlo, y si, necesitas olvidar que ese gusano existió metete con cualquier hombre que te haga olvidar su nombre.

Miré hacia el horizonte, donde el cielo empezaba a teñirse de un gris oscuro, anunciando un amanecer que traería el escándalo y la ruina. Sarah tenía razón. Si me quedaba aquí, moriría por dentro viendo cómo James disfrutaba de su botín.

—Iré a Las Vegas —susurré, recordando un folleto que había visto en la agencia de viajes hace semanas—. Me voy a Las Vegas.

—Perfecto —dijo Sarah con firmeza—. Ve allí, alquila la suite más cara que encuentres, porque tú eres Oriana Miers y lo mereces, haz algo de lo que no te arrepientas mañana. Porque cualquier cosa es mejor que quedarte ahí sentada esperando a que el mundo se te caiga encima.

Colgué el teléfono y me puse de pie. El dolor seguía ahí, pero ahora estaba acompañado por una determinación fría. James quería que me sintiera asquerosa, quería que me sintiera rota. Pues bien, le daría exactamente lo contrario.

Llegué al aeropuerto JFK con el alma en un hilo. El vuelo a Las Vegas salía en una hora. Mientras esperaba en la puerta de embarque, saqué mi teléfono y busqué algo que nunca en mi vida me habría atrevido a buscar. Si James me veía como una mujer aburrida e insípida, yo le demostraría a mí misma que podía ser el fuego puro que él nunca supo manejar.

Entré en una página de servicios exclusivos que Sarah me había mencionado una vez en broma. "Gigolós de Élite - Compañía de lujo para mujeres exigentes". Mis ojos recorrieron la lista de perfiles, hombres de catálogo con cuerpos perfectos y miradas vacías. Mis dedos se detuvieron en una opción que no tenía foto, solo una descripción corta: "Opción 15 - La experiencia definitiva. Privacidad absoluta, satisfacción garantizada".

—Opción 15 —susurré para mí misma mientras el personal de la aerolínea anunciaba el abordaje—. Eso es exactamente lo que necesito. Un error caro para olvidar un error de diez años.

Lo que no sabía, mientras entregaba mi billete y subía a ese avión con destino al desierto, es que el destino tiene un sentido del humor muy retorcido. Y que la habitación que reserve, la 1502 del hotel Bellagio no me estaba esperando con un prostituto de lujo, sino con el comienzo de una obsesión que haría que la traición de James pareciera un simple juego de niños.

Cuando el avión despegó, miré por la ventanilla las luces de Nueva York alejarse. El capítulo de Oriana Miers, la heredera ingenua, se había cerrado para siempre. Lo que estaba por venir en el calor de Las Vegas era algo para lo que ni siquiera yo estaba preparada.

Porque en esa ciudad de pecados y luces de neón, estaba a punto de cruzarme con el único hombre capaz de hacerme olvidar mi propio nombre, alguien cuyo corazón era más frío que el hielo y cuyo deseo por mí se convertiría en su única religión.

Cerré los ojos, sintiendo el efecto de la primera copa de champán que me habían servido en primera clase, y por primera vez en toda la noche, una sonrisa amarga curvó mis labios.

—Prepárate, Gigoló número 15 —pensé, antes de hundirme en un sueño turbio—. Espero que seas tan bueno como dicen, porque esta noche voy a quemar cada recuerdo de mi pasado en tu piel.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo