Capítulo 3 La Suite 1502

Oriana

El aire caliente de Las Vegas me golpeó la cara nada más salir del aeropuerto, me subí a una limusina negra que Sarah había reservado para mí, sintiendo que estaba dentro de una película cuya trama se me escapaba de las manos. Mientras el vehículo se deslizaba por el Strip, las luces de neón y las réplicas de monumentos mundiales pasaban ante mis ojos como un sueño febril. 

—Llegamos, señorita. Bienvenida al Bellagio —dijo el chófer con una cortesía profesional que me recordó, dolorosamente, a la vida que acababa de perder. 

Caminé por el vestíbulo principal, bajo el techo cubierto de flores de cristal soplado, sintiéndome pequeña y, al mismo tiempo, extrañamente poderosa. Fui directa al mostrador de registro VIP. Tenía el corazón en la garganta. 

—Reservación a nombre de Sarah Finsh. Suite de lujo —mi voz sonó más firme de lo que esperaba. 

—Bienvenida, señorita Finch. La tenemos en la Suite 1502, una de nuestras mejores estancias con vista frontal a las fuentes. Aquí tiene su tarjeta —la recepcionista me sonrió con esa perfección ensayada de Las Vegas. 

Al entrar en la habitación, se me escapó un suspiro de asombro. Era un palacio de mármol, seda y oro. Los ventanales del suelo al techo mostraban la ciudad extendiéndose como un tapiz de luces brillantes. Me dejé caer sobre la cama king-size, hundiendo el rostro en las almohadas que olían a sábanas recién lavadas y a lujo. 

Ding. El sonido de mi teléfono me hizo saltar. Era una notificación de Gmail. 

Confirmación de Servicio - Élite Luxury 

"Estimada usuaria, su solicitud para la Opción 15 ha sido procesada con éxito. Su acompañante llegará a la ubicación acordada en aproximadamente 5 horas. Gracias por elegir la excelencia."

Sentí una descarga de adrenalina. Cinco horas. Tenía cinco horas para dejar de ser la mujer traicionada y convertirme en alguien que yo no reconocería. 

No quería quedarme encerrada pensando en el vacío de mi cuenta bancaria o en la cara de triunfo de mi ex. Salí de la suite y me dirigí al centro comercial de lujo que estaba conectado al hotel. Caminé entre tiendas de diseñadores, pero mis pies me llevaron directamente a una boutique de lencería fina. 

Al entrar, me quedé mirando un conjunto de encaje rojo pasión. Tenía tiras finas que se cruzaban en la espalda y un liguero a juego que gritaba pecado. Lo toqué con las puntas de los dedos, recordando cómo James siempre ponía excusas cuando yo intentaba comprar algo similar. "Es demasiado vulgar, Oriana", o "Prefiero algo más sencillo", decía él. Ahora me daba cuenta de que nunca quiso que me sintiera sexy porque nunca quiso que me sintiera dueña de mi propio cuerpo. 

—Me lo llevo —le dije a la dependienta, sin siquiera mirar el precio. 

Compré también un perfume con notas de sándalo y jazmín, cremas corporales con destellos dorados y un labial rojo tan intenso que parecía sangre. Regresé a la suite sintiéndome como una guerrera preparándose para la batalla. 

Al llegar, descorché la botella de champagne que el hotel había dejado como cortesía. El primer sorbo me quemó la garganta, pero el segundo me relajó los hombros. Empecé el ritual. Me sumergí en una bañera llena de espuma, frotando cada centímetro de mi piel hasta que estuvo suave como la seda. Me puse las cremas, me maquillé resaltando mis ojos ámbar y dejé mi melena castaña caer en ondas salvajes sobre mis hombros. 

Cuando me puse la lencería roja y me miré al espejo, no me reconocí. La mujer que me devolvía la mirada era curvilínea, delgada, pero con fuego en los ojos. Era una mujer que exigía ser mirada. 

—Esta noche no seré la hija de un empresario arruinado —susurré al espejo, dándole un trago largo a mi tercera copa de champagne—. Esta noche soy el premio mayor. 

Pero a medida que el reloj avanzaba, los nervios empezaron a traicionarme. Empecé a caminar de un lado a otro por la alfombra persa de la suite. El champagne ya me estaba subiendo a la cabeza, haciéndome sentir un poco mareada pero extrañamente ligera. Cada vez que escuchaba un ruido en el pasillo, se me detenía el corazón. 

—Cálmate, Oriana. Solo es un trato. Dinero por placer —me dije, aunque mis manos temblaban un poco. 

Me serví otra copa. Necesitaba ese valor líquido para no salir corriendo. Me senté en el borde del sofá, luego me levanté. Fui hacia la puerta, verifiqué que estuviera sin llave, tal como indicaban las instrucciones de la página, para que el "Gigoló 15" pudiera entrar directamente. 

El silencio de la suite se sentía denso, cargado de una expectativa eléctrica. Me puse a mirar por el ventanal, viendo cómo las fuentes del Bellagio empezaban a bailar al ritmo de una música que no podía oír desde aquí. Me sentía traviesa, un poco borracha y desesperadamente necesitada de sentir algo que no fuera dolor. 

De repente, escuché el clic de la puerta abriéndose. 

Mi respiración se detuvo. Me quedé de espaldas a la entrada, sintiendo cómo el vello de mi nuca se erizaba. El aroma que inundó la habitación no era el de un perfume barato de catálogo; era algo profundo, masculino, una mezcla de cuero y tormenta que me hizo vibrar hasta la médula. 

—Llegas a tiempo, número 15 —dije con voz pastosa, tratando de sonar seductora mientras me giraba lentamente, con la copa de champagne aún en la mano. 

En el umbral de la puerta no había un gigoló con sonrisa ensayada. Había un hombre imponente, vestido con un traje negro a medida que valía más que toda mi maleta. Su mirada era de un azul gélido que pareció perforar mi lencería roja y llegar directamente a mi alma. Su mandíbula estaba tensa y su expresión era de pura arrogancia contenida. 

Él no dijo nada. Solo se quedó allí, recorriendo mi cuerpo con una intensidad que me hizo soltar un jadeo. No sabía si es que estaba en la habitación equivocada o no.  

Pero cuando sus ojos se encontraron con los míos, vi algo encenderse en su pecho. Un hambre feroz, una chispa de lujuria tan pura que hizo que el champagne en mi sistema se convirtiera en gasolina. 

—¿Número 15? —repitió él con una voz tan profunda que la sentí en mis huesos. 

Él dio un paso hacia adentro y cerró la puerta a sus espaldas con un golpe seco que resonó como una sentencia. El depredador acababa de encontrar a su presa, y yo, en mi embriaguez, solo podía pensar en lo afortunada que era por haber contratado al hombre más sexy del planeta. 

Lo que no sospechaba era que el juego acababa de volverse real, y que el hombre que tenía enfrente no aceptaba un no por respuesta... solo placer. 

—Espero que seas tan bueno como prometía el anuncio —provoqué, dando un paso tambaleante hacia él, sin notar el peligro que emanaba de cada poro de su piel. 

El me miró como si fuera el pecado original encarnado, y supe, antes de que sus manos me tocaran, que esta noche no se trataría de olvidar a James, sino de perderme para siempre en el hombre equivocado.

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