Capítulo 4 Ella despertó a mi bestia (+18) Parte 1
Adrián
El mundo de los negocios es una guerra de desgaste, y yo soy el general que nunca ha perdido una batalla. La cena en el restaurante del Bellagio había sido un desfile de hipocresía y cifras astronómicas, pero al final, el contrato de mil millones de dólares descansaba en mi maletín con mi firma estampada en oro. Debería sentirme satisfecho, victorioso. En cambio, solo sentía un hastío profundo y ese vacío frío que me acompañaba desde que tenía memoria.
Me levanté de la mesa sin despedirme formalmente, dejando que mis socios lidiaran con la cuenta. Caminé por el casino, ignorando el ruido de las máquinas y las luces estridentes. Odiaba Las Vegas. Odiaba el caos. Pero mi avión privado había tenido un fallo técnico y me obligaba a pasar una noche en este nido de excesos.
Me acerqué a la recepción VIP. La mujer detrás del mostrador, una rubia con demasiada cirugía y una sonrisa depredadora se enderezó en cuanto me vio. Sus ojos recorrieron mi traje y se detuvieron en mi rostro con una obviedad que me produjo el rechazo de siempre.
—Señor Harrison, es un honor tenerlo con nosotros nuevamente —dijo, bajando la voz en un intento de coqueteo barato—. Su suite está lista. Me he encargado personalmente de que todo sea... perfecto. Si necesita algo más esta noche, cualquier cosa, no dude en marcar el cero. Estaré encantada de subir yo misma.
Me pasó la tarjeta magnética, rozando mis dedos con los suyos de forma deliberada. No sentí nada. Ni una chispa, ni un gramo de interés. El sexo para mí siempre había sido un concepto teórico, algo que veía en otros pero que mi cuerpo rechazaba con una indiferencia casi alérgica. Las mujeres eran problemas y distracciones.
—Gracias —respondí con una frialdad que habría congelado el desierto, retirando mi mano antes de que ella pudiera prolongar el contacto.
Subí al ascensor, deseando únicamente una ducha helada y unas horas de sueño antes de volver a la realidad de Nueva York. Al llegar al piso 15, caminé por el pasillo alfombrado hasta la suite 1502. Deslicé la tarjeta y la puerta se abrió con un suave clic.
Lo primero que me golpeó no fue la vista de las fuentes, sino un aroma. Vainilla, jazmín y algo prohibido que hizo que mis pulmones se expandieran por instinto. Y entonces, la vi.
Estaba de espaldas, frente al ventanal, pero su silueta recortada contra las luces de la ciudad me dejó sin aliento. Un vestido... no, no era un vestido. Era lencería de encaje rojo, tan fina que parecía pintada sobre su piel. Sus curvas eran un llamado a la tentación, y su cabello rubio castaño caía en cascada sobre una espalda que rogaba ser acariciada.
—Llegas a tiempo, número 15 —dijo ella.
Su voz estaba teñida por el alcohol, pastosa, sexy y cargada de una vulnerabilidad que me golpeó como un mazo. Se giró lentamente, sosteniendo una copa de champagne, y cuando sus ojos ámbar se encontraron con los míos, el mundo que yo conocía se hizo añicos.
Sentí una descarga eléctrica recorriendo mi columna vertebral. Mi corazón, siempre rítmico y bajo control, dio un vuelco violento. Y entonces, ocurrió lo imposible. Mi miembro, ese que siempre había permanecido dormido e indiferente, reaccionó con una violencia que me hizo gemir por lo bajo. Se puso tan duro que el dolor comenzó a irradiar por mi pelvis, tensando la tela de mi pantalón de sastre hasta el límite.
¿Número 15? ¿Me estaba confundiendo con alguien?
Miré su rostro. Estaba borracha, con las mejillas encendidas y una mirada traviesa que me desafiaba. Ella creía que yo era un servicio contratado. Un gigoló provablemente. El pensamiento era absurdo, e insultante... y extrañamente divertido. Por primera vez en mis casi treinta años de vida, sentí un hambre que no era de poder ni de dinero. Era hambre de ella.
—Espero que seas tan bueno como prometía el anuncio —provocó ella, dando un paso tambaleante hacia mí.
La lógica me decía que debía aclarar el error, que debía salir de allí o llamar a seguridad. Pero mi cuerpo ya no obedecía a la lógica. La lujuria, esa emoción que siempre desprecié, me reclamaba con garras de acero. Me acomodé en el borde de la cama, observándola con una intensidad depredadora mientras me desataba la corbata con movimientos lentos, sin quitarle los ojos de encima.
Decidí seguirle el juego. Quería ver hasta dónde llegaba este error.
—No tienes idea de lo que soy capaz, conejita —dije, mi voz saliendo en un gruñido ronco y encendido que ni yo mismo reconocí.
Ella se acercó y yo la atraje hacia mí, rodeando su cintura con mis brazos. Su piel estaba caliente, vibrante. Enterré mi rostro en la curva de su cuello, respirando su aroma mientras dejaba besos húmedos y hambrientos. Ella soltó un jadeo sonoro, un sonido que me hizo vibrar hasta los dientes.
—Oh... eres... eres muy diferente a lo que imaginaba —susurró ella, echando la cabeza hacia atrás para darme más acceso.
Al posicionarla entre mis piernas, sintió mi erección presionando contra su abdomen. Fue un contacto eléctrico. Yo estaba ardiendo, mi sangre era puro fuego líquido. Nunca había sentido esta necesidad de poseer, de marcar, de enterrarme en alguien hasta desaparecer.
—¿Quieres seguir, conejita? —pregunté, mi aliento rozando su oído mientras mis manos descendían hacia sus muslos, apretando la carne firme bajo el encaje rojo.
Ella se giró en mis brazos, buscándome, con los ojos nublados por el deseo y el champagne.
—Sí... te quiero dentro de mí. Ahora.
Esas palabras fueron el detonante. Mi autocontrol, ese muro de hormigón que había construido durante años, estalló en mil pedazos.
—No deberíamos— susurro, pero no se mueve cuando mis dedos rozan el gancho de su lencería que aprieta sus curvas como si estuviera hecho para torturarme, las copas de sus pechos casi desbordándose, las bragas tan finas que ya puedo ver el contorno de sus labios entre las piernas. Es perfecta. Mis dedos se clavan en sus caderas antes de que pueda pensarlo dos veces, arrastrándola contra mí. El gemido que se le escapa es bajo y brutal, como si llevara horas aguantándolo.
—Ohhh...— jadea, pero ya está arqueando la espalda, empujando esos pechos hacia mi boca. No necesita decir más.
Mis labios se cierran alrededor de un pezón a través del encaje, la tela áspera contra mi lengua mientras chupo con fuerza. Se estremece, las uñas hundiéndose en mis hombros a través de la camisa.
—¡Ay, mierda! — Su voz se quiebra cuando muerdo justo lo suficiente para que duela. El sabor del encaje mezclado con su piel es adictivo, pero necesito más. Con un tirón seco, bajo una de las copas del corsé y libero su pecho. Es pesado, perfecto, la areola rosada ya hinchada por el frío y la excitación. Mi boca la cubre por completo, chupando hasta que sienta el tirón en el vientre, hasta que sus muslos tiemblen.
—¡Número quince! — gime, y por un segundo me detengo.
—¿Crees que lo soy conejita? — gruño contra su piel, sin soltar.
—¡No pares, por favor! — Sus manos se enredan en mi pelo, tirando con desesperación—. ¡Así, número quince, así!
