Capítulo 5 Ella despertó a mi bestia (+18) Parte 2

Adrián

Ah, ella aun cree que soy el puto gigoló que contrató. La idea me enciende de una manera que debería avergonzarme, pero no hay espacio para eso ahora. Solo hay su cuerpo, mi boca, y el sonido húmedo de mis labios separándose de su pezón con un pop obsceno. 

—Te gusta que te chupen los pechos, ¿verdad? — Mi voz es un growl contra su piel mientras paso al otro, dándole el mismo tratamiento. Mis dedos encuentran el dobladillo de sus bragas, deslizándose bajo el encaje para sentir lo mojada que está. Dios, está empapada. 

—¡Sí, sí, no pares! — Su cadera se sacude contra mi mano como si buscara más presión, más algo. No la hago esperar. 

Dos dedos se hunden en ella sin aviso, curvándose hacia ese punto áspero dentro que la hace gritar. Su coño se aprieta alrededor de mí como un puño, los músculos temblando mientras la trabajo con movimientos lentos y profundos. 

—Eres mi puta por esto, ¿no? — susurro contra su oreja, añadiendo un tercer dedo. El sonido que hace es casi un sollozo—. Te encanta que te llenen. 

—¡Oh, Dios! — Sus piernas se abren más, invitándome, y yo no puedo resistirme. Me arrodillo frente a ella, arrastrando sus bragas por sus muslos hasta que caen al suelo. El olor a su excitación es embriagante—dulce y salado, como miel y mar. Mi boca está sobre ella antes de que pueda tomar otro aliento, mi lengua arrastrándose desde su entrada hasta el clítoris hinchado en un solo movimiento largo y lento. 

—¡Número quince, por favor! — Sus manos se aferran a mi cabeza, empujándome contra ella mientras gime—. ¡Más, más! 

No necesita pedírmelo dos veces. Mis labios se cierran alrededor de su clítoris, chupando con la misma intensidad con la que lo hacía con sus pechos, mientras mis dedos siguen bombeando dentro de ella. El sabor de su excitación explota en mi lengua—caliente, espesa, deliciosa. Podría ahogarme en esto y morir feliz. 

—¡Voy a—! ¡No puedo—! ¡Ah! — Su cuerpo se arquea, los muslos temblando alrededor de mi cabeza mientras se corre con un grito ahogado. Sigo lamiendo, prolongando cada espasmo hasta que se derrumba contra mí, jadeando. 

—No te atrevas a desmayarte— gruño, levantándome. Mis dedos brillan con sus fluidos cuando los saco, y sin pensarlo, me los meto en la boca, saboreándola. Sus ojos se abren de par en par, las mejillas rojas. 

—Eres...— traga saliva—, un animal. 

—Soy exactamente lo que necesitas—. Mis manos van a mi cinturón, desabrochándolo con movimientos bruscos. El sonido del metal al caer al suelo es seguido por el de mi cremallera. Mi polla sale libre, dura como el acero, la cabeza ya brillante por lo excitado que estoy. Sus ojos se clavan en ella, y por un segundo, veo el momento exacto en que se da cuenta de que no soy el tipo que esperaba. Que esto no es un juego. 

Pero antes de que pueda procesarlo, la levanto en brazos. Sus piernas se enredan alrededor de mi cintura por instinto, y la llevo así hasta la cama, dejándola caer sobre el colchón. Se ríe, pero el sonido se corta cuando me subo sobre ella, mis muslos forzando los suyos a abrirse más. 

—Espera un momento, yo... hazlo lento. 

—No—. Mi voz es un rugido. Mis labios chocan contra los suyos en un beso sucio, mi lengua empujando dentro de su boca para que pueda saborearse a sí misma. Gime contra mí, sus uñas rasgando mi espalda cuando siento la cabeza de mi polla rozando su entrada. 

Y entonces, sin más preámbulos, empujo. 

—¡Ohh Dios! — Su grito se ahoga contra mi hombro mientras me entierro en ella de una sola embestida. Está tan mojada, tan caliente, que casi me corro ahí mismo. Sus paredes se aprietan alrededor de mí como si no quisieran soltarme, y tengo que morderme el labio hasta sangrar para no venirme al instante. 

—¡Joder! — Mis caderas empiezan a moverse por sí solas, cada embestida más fuerte que la anterior. La cama cruje bajo nosotros, el sonido mezclándose con el de sus gemidos y el clap húmedo de nuestros cuerpos chocando—. ¡Eres mía conejita! 

—¡Sí, sí, tuya! — grita, aunque no sabe ni lo que dice. Sus uñas se clavan en mi espalda, arrastrándome más cerca, como si pudiera fundirme con ella. El sudor resbala entre nosotros, haciendo que cada movimiento sea más resbaladizo, y más intenso. 

Siento el orgasmo acercándose como un tren, imparable. Mis bolas se aprietan, el calor subiendo por mi espina dorsal. 

—¡Me voy a correr! — advierto, aunque no hay forma de que pare. Mis embestidas se vuelven erráticas, desesperadas, hasta que finalmente me entierro hasta el fondo y me dejo ir con un gruñido brutal. Cada chorro de semen dentro de ella es como un latigazo, mi cuerpo temblando sobre el suyo mientras vacío todo lo que tengo. 

Colapsamos juntos, ambos jadeamos. Pero no me da tiempo a recuperarme. Antes de que pueda reaccionar, me empuja suavemente hasta que estoy boca arriba, y se arrastra entre mis piernas. Sus labios se cierran alrededor de la cabeza de mi polla, aún sensible, y casi salto de la cama. 

—¡Mierda! — Mis manos se enredan en su pelo, pero no la detengo. Su lengua traza círculos alrededor del glande antes de hundirse más, tomando cada centímetro que puede hasta que siento su garganta contra mi cabeza. El calor, la presión... es demasiado. 

—¡Vas a hacer que me corra otra vez! — gimo, pero es una advertencia inútil. Sus dedos masajean mis bolas mientras su boca trabaja sin piedad, y en menos de un minuto, estoy viniéndome de nuevo, esta vez en su garganta. Traga todo, lamiendo hasta la última gota antes de levantarse con una sonrisa pícara. 

—No está mal para un gigoló— dice, aunque sus ojos brillan con algo más que diversión. 

—No soy un gigoló— gruño, arrastrándola de vuelta a la cama. Esta vez, la pongo a cuatro patas, porque necesito ver ese culo perfecto mientras la penetro desde atrás. Y así sigue la tarde—en la cama, contra la pared, en el sofá— hasta que perdemos la cuenta de cuántas veces nos hemos corrido. Cinco, creo. O seis. Mis músculos arden, el sudor nos pega la piel, y cada vez que creo que no puedo más, ella me mira con esos ojos hambrientos y joder, vuelvo a estar duro. Esta noche, Adrián Harrison murió y nació algo nuevo. Un hombre que no aceptaba un no por respuesta, un hombre que descubrió que el paraíso estaba escondido en los gemidos de una mujer que ni siquiera sabía mi nombre. La tomé con una intensidad que hizo que las paredes de la suite parecieran temblar, explorando cada rincón de su cuerpo como si mi vida dependiera de ello. Era una adicción instantánea, una locura de piel contra piel que me arrastró al abismo.

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