Capítulo 6 Billete de ida a la obsesión Parte 1

Adrián 

El silencio en la suite era tan pesado que resultaba ensordecedor, una entidad física que presionaba contra mis tímpanos. Abrí los ojos lentamente, sintiendo el cuerpo más pesado que el plomo; una inercia deliciosa me mantenía anclado al colchón. Sin embargo, bajo esa fatiga, persistía una satisfacción residual que recorría mis músculos como un eco eléctrico, recordándome que la noche anterior no había sido un sueño. 

Por primera vez en treinta años, mi primer pensamiento al despertar no fue el cierre de Wall Street, ni la adquisición hostil de la semana, ni el análisis de riesgos de Harrison Tech & Media. 

Me desperté pensando en ella. 

En la textura de su piel bajo mis palmas, en la forma en que sus uñas habían dejado surcos de posesión en mi espalda y en cómo sus gemidos —esa mezcla de sorpresa y rendición— habían sido la única música capaz de silenciar a la bestia de insomnio y control que vivía en mi pecho. Estiré el brazo sobre las sábanas de seda revueltas, buscando el calor de su cuerpo para confirmar que el mundo seguía teniendo sentido, pero mis dedos solo encontraron el frío de la ausencia. 

Me incorporé de golpe, ignorando el mareo que me produjo el movimiento brusco. 

—¿Conejita? —llamé. Mi voz salió como un rugido ronco, áspera por el desuso y el alcohol de la noche anterior. 

Nadie respondió. El baño estaba abierto y vacío, con el vapor de la ducha ya desvanecido. La luz implacable del sol de Las Vegas se filtraba por las cortinas entreabiertas, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire como testigos mudos de mi soledad. Me levanté, desnudo y en alerta, recorriendo la estancia con la mirada de un depredador que ha perdido su rastro. Su ropa no estaba. Su maleta, esa que recordaba haber visto cerca de la entrada, se había esfumado. 

Era como si la noche anterior hubiera sido una alucinación provocada por el agotamiento crónico y el champagne de cortesía. Pero el olor... el olor no mentía. Su perfume, una mezcla embriagadora de vainilla, jazmín y algo floral más profundo, seguía impregnado en las almohadas, recordándome que cada embestida, cada grito y cada una de esas cinco veces en las que me perdí dentro de ella habían sido jodidamente reales. 

Caminé hacia la mesa de noche, buscando mi teléfono para exigir respuestas, pero lo que encontré me detuvo en seco. La sangre se me congeló en las venas, un contraste violento con el calor que todavía sentía en la piel. 

Allí, perfectamente ordenado, descansaba un fajo de billetes. Quinientos dólares. 

Sentí una punzada de incredulidad que rápidamente fue devorada por una furia gélida. Mis puños se cerraron con tal fuerza que los nudillos se pusieron blancos y las uñas se clavaron en mis palmas. ¿Dinero? ¿Me había dejado dinero como si yo fuera un maldito trabajador a sueldo, un objeto de alquiler para su diversión nocturna? 

Entonces vi el espejo. 

Escrito con un labial rojo intenso —el mismo tono que yo había borrado de sus labios con mis besos horas antes—, había un mensaje que terminó de demoler los restos de mi orgullo: 

"Fuiste el mejor polvo de mi vida. Excelente servicio, Gigoló número 15." 

Solté una carcajada seca, un sonido carente de humor que resonó contra las paredes de mármol. Yo, Adrián Harrison, el hombre que hacía temblar los cimientos de la industria con una simple firma, el CEO que no aceptaba un "no" por respuesta, acababa de ser evaluado como un "buen servicio". Me habían dado una propina. Había sido usado, desechado y compensado económicamente antes del amanecer. 

—Me vas a pagar esto —susurré para el espejo, aunque mi reflejo no parecía el de un triunfador—. No tienes idea de en qué infierno te has metido. 

Las siguientes tres horas fueron un despliegue de poder bruto. Moví cielo y tierra desde esa misma habitación, pero Las Vegas es una ciudad diseñada para el olvido, un laberinto de luces donde las identidades se diluyen. 

—Señor Harrison, hubo un error administrativo... la habitación fue asignada doblemente —tartamudeó el gerente del hotel por el teléfono—. La mujer se registró con una tarjeta prepagada y un nombre que... bueno, es evidentemente falso ya que esa persona no ingreso al hotel: "Sarah Smith". No hay otros registros bancarios vinculados. 

—¡Búsquenla en las cámaras! —estallé, estrellando un vaso de cristal contra la pared—. ¡Quiero cada ángulo, cada salida, hasta el color de sus pestañas! 

—Señor, salió a las seis de la mañana. Llevaba una capucha y gafas de sol. Se perdió entre la multitud de un tour de convenciones que salía hacia el aeropuerto. Es... un callejón sin salida. 

Colgué violentamente. No era posible. Nadie desaparecía de mi radar. Nadie me usaba y me dejaba tirado con una nota de agradecimiento como si fuera un recuerdo de una noche de excesos. Regresé a Nueva York esa misma tarde, pero una parte de mí se quedó atrapada en esa suite. 

Pasaron los meses. Durante ese tiempo, mi humor se volvió volcánico, mi paciencia inexistente. Mi "alergia" a las mujeres —ese desinterés crónico que siempre me había caracterizado— volvió con una fuerza renovada, pero ahora era peor. Ahora sabía que existía una cura, y esa cura se había escapado en un vuelo de madrugada sin dejar rastro. Me obsesioné. Contraté investigadores que rastrearon cada lista de pasajeros, cada hotel, cada agencia de modelos o escorts de lujo. Nada. Ella era un fantasma que me había regalado una noche de realidad solo para devolverme a mi propia ficción. 

Seis meses después...

La apertura de Harrison Tech & Media me consumía dieciocho horas al día. Necesitaba una secretaria personal de alto nivel, alguien que pudiera seguir mi ritmo y, sobre todo, alguien que no se amedrentara ante mi presencia. Había rechazado a doce candidatas en tres días. 

—Señor Harrison, la última candidata de la mañana está esperando —anunció mi asistente temporal por el intercomunicador. 

—Hágala pasar —respondí sin levantar la vista de los informes de fusión—. Y que sea rápido. Si no es capaz de aguantar mi mirada más de cinco segundos, que se largue con los demás.

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