Capítulo 1 La peor invitación del mundo
Nunca creí que mi estúpido exnovio y mi ex mejor amiga se casarían.
Hasta que me invitaron a la boda.
La invitación llegó un martes, escondida entre publicidad de supermercados y una factura de la luz que tampoco tenía ganas de pagar.
Pensé que era otra invitación a un bautizo o a uno de esos eventos familiares donde todos terminan preguntándome por qué sigo soltera.
La abrí sin mirar.
Cinco segundos después estaba sentada en el piso de mi departamento, con el sobre blanco todavía entre los dedos y el corazón latiéndome en un lugar completamente equivocado.
Adrián Salazar y Valeria Muñoz tienen el honor de invitarla a celebrar su matrimonio...
No seguí leyendo.
No hacía falta.
Con esos dos nombres bastaba para arruinarme el mes.
No.
El año.
Quizá la vida.
Me reí.
No porque tuviera gracia.
Porque a veces una se ríe antes de empezar a llorar.
Siempre pensé que las películas exageraban cuando alguien recibía una noticia y sentía que el mundo se detenía.
Resulta que no exageraban.
El mundo sí se detiene.
Solo que los demás no lo notan.
Los coches siguen pasando.
Los vecinos siguen peleándose.
Los perros siguen ladrando.
Y tú te quedas mirando un pedazo de cartón creyendo que, si vuelves a leerlo, los nombres habrán cambiado.
No cambiaron.
Adrián.
Y Valeria.
Mi primer amor.
Y la mujer que durante veinte años llamé hermana.
Conocí a Adrián cuando tenía ocho años.
Nuestras familias vacacionaban juntas cada verano desde antes de que yo naciera.
Mientras los adultos hablaban de negocios, nosotros corríamos por la playa, construíamos castillos de arena y discutíamos por quién debía manejar la bicicleta.
A los quince me dio mi primer beso.
A los dieciocho me pidió que fuera su novia.
A los veinticuatro hablábamos de comprar una casa.
Y a los veinticinco...
Me estaba invitando a su boda.
Con otra.
Respiré hondo.
No funcionó.
Respiré otra vez.
Tampoco.
Entonces hice lo que cualquier psicóloga infantil madura, responsable y emocionalmente estable haría en una situación así.
Llamé al trabajo para decir que me sentía enferma.
No era mentira.
El corazón roto debería contar como incapacidad laboral.
Dos horas después seguía mirando la invitación sobre la mesa del comedor.
No había tocado la comida.
No había contestado mensajes.
Ni siquiera había cambiado de ropa.
Solo observaba aquellas letras doradas como si fueran capaces de insultarme cada vez que las veía.
El teléfono vibró.
Mi mamá.
No contesté.
Volvió a sonar.
Contesté al tercer intento.
—¿Ya llegó?
Cerré los ojos.
—Sí.
—¿Vas a ir?
Solté una carcajada.
—¿Tú irías a ver cómo el amor de tu vida se casa con tu mejor amiga?
Hubo silencio.
Después escuché el suspiro que mi madre soltaba cada vez que sabía que yo tenía razón.
—Camila...
—No quiero hablar de ellos.
—Lo sé.
—¿Entonces?
—Solo quería asegurarme de que no estuvieras sola.
Miré alrededor.
Mi departamento nunca había parecido tan grande.
Ni tan vacío.
—Estoy bien.
Mentí.
Las madres tienen un doctorado en detectar mentiras.
—No lo estás.
No respondí.
Porque, por una vez, no tenía fuerzas para fingir.
A las ocho de la noche terminé en un bar que ni siquiera conocía.
No era elegante.
No era feo.
Era simplemente el primer lugar donde el alcohol parecía más barato que la terapia.
Me senté en la barra.
—¿Qué va a tomar?
—Lo que haga olvidar.
El barman sonrió.
—Eso todavía no lo vendemos.
—Entonces deme lo segundo más fuerte.
Media hora después entendí dos cosas.
La primera era que el tequila jamás había resuelto un problema.
La segunda...
Era que seguía pensando en Adrián.
—Parece que alguien tuvo un día terrible.
La voz masculina llegó desde el asiento de al lado.
No levanté la cabeza.
—¿Se nota mucho?
—Lo suficiente para que lleve veinte minutos discutiendo con una invitación.
Miré el sobre.
Era cierto.
Le estaba hablando.
Mal.
Muy mal.
—¿Siempre espía conversaciones ajenas?
—Solo cuando una mujer amenaza con prenderle fuego a un sobre.
Lo miré por primera vez.
Y olvidé durante un segundo por qué estaba triste.
Era ridículamente atractivo.
Cabello oscuro.
Mandíbula marcada.
Una camisa blanca con las mangas remangadas.
Y esa clase de sonrisa que debería venir con advertencias legales.
—¿Qué?
preguntó al notar que lo observaba.
Negué con la cabeza.
—Estoy intentando decidir si usted es real o si el tequila ya empezó a hacer efecto.
Él soltó una risa.
—Prefiero pensar que soy real.
Volví a mirar la invitación.
—Mi ex se casa.
—Eso suele pasar.
—Con mi mejor amiga.
La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.
—Eso ya no suele pasar.
Le conté la historia.
No toda.
Solo las partes importantes.
Cómo crecimos juntos.
Cómo imaginé una vida entera con Adrián.
Cómo Valeria conocía cada uno de mis sueños.
Y cómo ahora los dos habían decidido casarse.
Cuando terminé, el desconocido seguía escuchándome.
No había interrumpido una sola vez.
No me dio frases de ánimo.
No dijo que el tiempo lo cura todo.
Solo escuchó.
Y, extrañamente, era exactamente lo que necesitaba.
—¿Sabe cuál es la peor parte? —pregunté.
—¿Cuál?
—Que voy a ir.
Levantó una ceja.
—¿En serio?
—No pienso darles el gusto de creer que sigo escondiéndome.
Él tomó un sorbo de su whisky.
—Eso requiere valentía.
—O estupidez.
—A veces son la misma cosa.
Sonreí por primera vez en todo el día.
Entonces una idea completamente absurda cruzó mi cabeza.
Lo señalé con el dedo.
—Usted.
Él parpadeó.
—¿Yo?
Abrí el bolso.
Saqué mi chequera.
Escribí una cifra sin pensar demasiado.
Arranqué la hoja.
La deslicé sobre la barra.
—Necesito un acompañante para esa boda.
Quiero que todos crean que ya superé a mi ex.
Que soy feliz.
Que conocí a alguien mejor.
Lo único que tiene que hacer es sonreír, tomarme de la mano y fingir que está loco por mí.
Él bajó la vista hacia el cheque.
Después volvió a mirarme.
Una sonrisa lenta apareció en sus labios.
La clase de sonrisa que anunciaba problemas.
Muchos problemas.
—¿Está intentando contratarme?
—Solo por una noche.
El desconocido tomó el cheque entre los dedos.
Lo observó unos segundos.
Y, para mi absoluta sorpresa...
Lo rompió por la mitad.
—¿Qué demonios hace?
Se inclinó hacia mí.
Lo suficiente para que pudiera sentir el aroma de su perfume.
—Acepto.
Sin saber que aquella era la peor decisión que ambos tomaríamos en mucho tiempo.
