Capítulo 2 El mejor error de mi vida

—¿Segura de que no vas a salir corriendo?

Levanté la vista.

Leonardo estaba apoyado sobre la puerta de un deportivo negro. Llevaba un traje azul oscuro ajustado, con la camisa abierta en el primer botón y una expresión divertida. Yo, en cambio, apenas podía respirar.

—Todavía estoy a tiempo.

—Claro.

—¿Y si mejor me regreso a mi casa?

Él miró el enorme jardín donde ya comenzaban a llegar los invitados.

—También puedes hacerlo.

Lo observé con desconfianza.

—¿No vas a convencerme de entrar?

—No.

—¿Por qué?

Sonrió.

—Porque llevas toda la mañana intentando convencerte sola. Si todavía estás aquí, ya tomaste la decisión hace horas.

Maldito.

Tenía razón.

Respiré hondo.

—Una última cosa —dije antes de bajar del automóvil.

—Dime.

—No hables demasiado.

—¿Eso es una condición?

—Sí.

—¿Algo más?

—Tómame de la mano cuando entremos.

—Hecho.

—Y no coquetees con ninguna invitada.

Leonardo arqueó una ceja.

—Eso suena peligrosamente específico.

—Porque conozco a las mujeres que vienen a estas bodas.

—¿Y si ellas coquetean conmigo?

Lo fulminé con la mirada.

—Ignóralas.

Él soltó una carcajada.

—No prometo nada.

—Ya me estás desesperando.

—Eso fue hace cinco minutos.

No pude evitar sonreír.

Y eso me molestó todavía más.

Entramos juntos.

El efecto fue inmediato.

Primero dejaron de sonar las conversaciones.

Después comenzaron los murmullos.

Los ojos pasaban de mí a Leonardo y de Leonardo a mí como si intentaran resolver un acertijo imposible.

Sentí su mano buscar la mía.

No la apretó.

Solo entrelazó nuestros dedos con absoluta naturalidad.

—Respira —susurró.

—Lo intento.

—No mires a tu ex todavía.

Por supuesto que lo miré.

Adrián estaba junto al altar hablando con algunos familiares.

Alzó la vista.

Y el color abandonó lentamente su rostro.

Sentí una satisfacción tan infantil que casi me dio vergüenza.

Casi.

Valeria tardó unos segundos más en darse cuenta.

Cuando me vio tomada de la mano de un desconocido absurdamente atractivo, dejó de sonreír.

—Creo que acabamos de arruinarles la tarde —murmuró Leonardo.

—Solo la tarde.

Él negó con la cabeza.

—Eres muy poco ambiciosa.

Durante el cóctel descubrí que Leonardo tenía un talento especial para incomodar a la gente.

No hacía nada grosero.

Solo era demasiado encantador.

Las tías preguntaban cuánto tiempo llevábamos juntos.

Él respondía:

—El suficiente.

Los primos querían saber dónde nos conocimos.

—Fue una noche interesante.

Las señoras insistían en que hacíamos una pareja preciosa.

Él sonreía.

—Yo también lo creo.

Yo lo pateé por debajo de la mesa.

Disimuladamente.

—¿Eso fue un ataque? —preguntó sin dejar de sonreír.

—Una advertencia.

—Entonces espero el ataque.

La ceremonia fue exactamente tan insoportable como imaginaba.

Vi a Adrián ponerse el anillo.

Vi a Valeria llorar.

Vi a nuestras familias aplaudir como si aquella historia hubiera sido escrita para ellos desde el principio.

Solo hubo una diferencia.

Yo no estaba sola.

Cada vez que sentía que iba a romperme, Leonardo encontraba alguna manera de distraerme.

Una broma.

Una mirada.

Un comentario absurdo.

—No sabía que las bodas podían durar tanto.

Lo miré.

—¿Nunca has venido a una?

—No voluntariamente.

Solté una risa.

—Eres terrible.

—Y tú necesitabas reírte.

No respondí.

Porque también tenía razón.

La recepción fue mucho mejor.

Había música.

Champaña.

Y demasiadas personas pendientes de nosotros.

El fotógrafo apareció de pronto.

—¿Una foto de la pareja?

Abrí la boca para explicar que no...

Pero Leonardo ya me había rodeado la cintura.

—Sonríe.

—¿Por qué?

—Porque tu ex está mirando.

Sonreí.

La sonrisa más falsa de mi vida.

El fotógrafo negó con la cabeza.

—Más cerca.

Leonardo obedeció encantado.

Me atrajo hasta que mi cuerpo chocó contra el suyo.

Podía sentir el calor de su pecho.

El perfume.

Incluso el latido tranquilo de su corazón.

—¿Siempre haces exactamente lo que te dicen?

pregunté entre dientes.

—Solo cuando la orden me conviene.

Le di otro codazo.

Él ni siquiera se quejó.

Más tarde Adrián se acercó.

Llevaba una copa en la mano.

—Camila...

—Felicidades.

Intenté marcharme.

Él dio un paso.

—No sabía que estabas saliendo con alguien.

Antes de que pudiera responder, Leonardo habló.

—Yo tampoco sabía que uno invitaba a su ex a la boda.

Adrián tensó la mandíbula.

—¿Y tú eres...?

Leonardo sonrió.

—El hombre que la hace sonreír.

Aquello fue completamente innecesario.

Y absolutamente maravilloso.

Vi cómo Valeria observaba la escena desde el otro lado del salón.

Perfecto.

Que se sintiera incómoda.

Yo había tenido suficiente incomodidad para toda una vida.

La música cambió.

Una balada.

Leonardo me tendió la mano.

—Baila conmigo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no sé bailar.

—Eso jamás ha detenido a nadie.

No sé cómo terminó ocurriendo.

Solo recuerdo que cinco minutos después estaba riéndome en medio de la pista.

Riéndome de verdad.

Leonardo me observó unos segundos.

—Así estás mucho más bonita.

Sentí que el corazón hacía una cosa extraña.

—No digas esas cosas.

—¿Cuáles?

—Las que parecen sinceras.

Él no respondió.

Solo siguió mirándome.

Y, por un instante, olvidé por completo que aquella era la boda de mi ex.

Cuando la canción terminó, saqué mi teléfono.

Abrí la aplicación del banco.

—Voy a hacerte la transferencia.

Él tomó mi muñeca antes de que pudiera escribir.

—No.

—Lo acordamos.

—No exactamente.

—Te ofrecí dinero.

—Sí.

—Y aceptaste.

Sonrió lentamente.

—Acepté ir contigo.

Nunca acepté el pago.

Fruncí el ceño.

—Nadie trabaja gratis.

Leonardo dio un sorbo a su copa de champaña.

Después acercó apenas el rostro al mío.

—Créeme...

Yo tampoco.

Sentí un escalofrío.

No entendí por qué aquella frase sonó menos a respuesta y más a promesa.

No recuerdo quién propuso salir de la boda primero.

Solo recuerdo el aire fresco.

Las calles casi vacías.

Y que, por primera vez en más de un año, dejé de pensar en Adrián.

Empecé a pensar en Leonardo.

Demasiado.

—¿Sabes qué descubrí hoy?

pregunté mientras caminábamos.

—¿Qué cosa?

—Que eres mucho más insoportable de lo que imaginé anoche.

Él soltó una carcajada.

—Y aun así no dejaste de sonreír.

Lo miré.

No encontré ninguna respuesta inteligente.

Así que hice lo único que se me ocurrió.

Lo besé.

Fue un beso torpe.

Impulsivo.

Ridículamente inesperado.

Cuando nos separamos, él seguía sonriendo.

—Ahora sí creo que me contrataste.

Abrí los ojos lentamente.

La habitación estaba en silencio.

El otro lado de la cama estaba vacío.

Solo encontré una nota sobre la almohada.

"Gracias por una noche normal."

Sonreí sin querer.

Me puse la camisa que encontré en el suelo.

Preparé café.

Encendí el teléfono.

Y el mundo volvió a caerse encima de mí.

Una fotografía ocupaba toda la pantalla.

Leonardo y yo besándonos en mitad de la pista de baile.

Debajo, un titular enorme.

OTRA CONQUISTA MÁS EN DESGRACIA POR LEONARDO ALCÁZAR.

Seguí leyendo.

"El heredero del Grupo Alcázar fue visto anoche con una nueva mujer durante una exclusiva boda. Fuentes cercanas aseguran que la joven habría pasado la noche con el empresario, conocido por romper corazones con la misma facilidad con la que cambia de pareja."

Sentí un vacío en el estómago.

Bajé la vista.

Allí estaba su fotografía.

Traje impecable.

Sonrisa arrogante.

Y un nombre que jamás había escuchado.

Leonardo Alcázar.

El multimillonario más famoso del país.

El hombre con el que acababa de pasar la noche.

Y, según toda la prensa...

El peor error que una mujer podía cometer.

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