Capítulo 3 La mujer de la que todos se burlaban
—¡Camila! ¿Es cierto que pasaste la noche con Leonardo Alcázar?
Abrí la puerta del edificio y casi se me salió el corazón.
Había al menos diez cámaras apuntándome.
Micrófonos.
Fotógrafos.
Personas gritando mi nombre como si llevaran años esperándome.
Di un paso hacia atrás.
—¡Camila! ¡Míranos un segundo!
—¿Leonardo te abandonó esta mañana?
—¿Sabías que eres la conquista número treinta y siete?
—¿Qué se siente ser la aventura de una noche del heredero Alcázar?
Sentí que las piernas dejaban de responderme.
Ayer era una psicóloga infantil completamente desconocida.
Hoy...
Era la mujer de la que todo el país se estaba riendo.
El portero apareció a mi lado.
—Señorita Camila, será mejor que vuelva a subir.
No tuve que pensarlo dos veces.
Regresé al ascensor mientras los flashes seguían explotando detrás de mí.
Cuando las puertas se cerraron, apoyé la espalda contra el espejo.
Respiré.
Una vez.
Dos.
Tres.
No sirvió de nada.
Mi teléfono no dejaba de sonar.
Primero fue mi madre.
Después mi padre.
Luego mi hermano.
Mis tías.
Dos primas.
Una compañera de la universidad.
La secretaria de la clínica.
Incluso una mamá de uno de mis pacientes.
No contesté a nadie.
Solo observaba cómo los nombres aparecían uno detrás de otro en la pantalla.
Finalmente respondí la llamada de mi madre.
—Dime que eso es mentira.
Cerré los ojos.
—¿Qué parte?
—¡Toda!
La televisión estaba encendida del otro lado de la línea.
Escuché claramente la voz de una conductora.
"Leonardo Alcázar vuelve a romper otro corazón..."
Mi madre bajó el volumen.
—Camila...
¿Quién es ese hombre?
—No lo sé.
Y era verdad.
No sabía quién era.
No sabía a qué se dedicaba.
No sabía por qué todo el mundo parecía conocerlo menos yo.
Lo único que sabía era que hacía menos de veinticuatro horas era un desconocido que me había hecho reír.
Ahora era el responsable de que mi vida se hubiera convertido en un circo.
Intenté salir otra vez al mediodía.
Mala idea.
Los reporteros seguían allí.
Esta vez eran más.
Uno de ellos consiguió acercarse antes de que pudiera volver a entrar.
—¿Leonardo ya dejó de contestarte las llamadas?
—No tengo nada que decir.
—¿Es verdad que pensabas que la relación era seria?
Seguí caminando.
—¿Te prometió volver a llamarte?
Otra voz gritó desde atrás.
—¡Dicen que nunca repite mujer!
Las risas fueron peores que las preguntas.
No eran periodistas.
Eran curiosos.
Vecinos.
Gente grabándome con el celular.
Sentí que me ardían las mejillas.
Regresé al edificio sin comprar siquiera el pan que había salido a buscar.
La clínica tampoco ayudó.
Mi directora me llamó por videollamada.
Tenía una expresión incómoda.
—Camila... creo que será mejor que te tomes unos días.
No hizo falta preguntar por qué.
Las respuestas estaban en internet.
"¿Dejarías a tus hijos con la nueva conquista del playboy Alcázar?"
"La psicóloga que cayó rendida ante el millonario más mujeriego."
"¿Profesional seria o cazafortunas?"
Cada titular era peor que el anterior.
Sentí ganas de lanzar el teléfono contra la pared.
En cambio...
Lo apagué.
Cinco segundos después volvió a encenderse solo.
Otra llamada.
Número desconocido.
Rechacé.
Volvió a sonar.
Rechacé otra vez.
A la tercera contesté.
—¿Qué?
—Bonita forma de saludar.
Reconocería aquella voz en cualquier parte.
Leonardo.
Me puse de pie de golpe.
—¿Tienes idea de lo que está pasando aquí?
—Sí.
—¡Hay periodistas debajo de mi edificio!
—Lo sé.
—¡Perdí mi privacidad!
—También lo sé.
—¡Mi trabajo está en riesgo!
Hubo un breve silencio.
Cuando volvió a hablar, su tono ya no era divertido.
—Lo siento.
Aquellas dos palabras me descolocaron.
Porque sonaban sinceras.
Y yo estaba demasiado enojada para aceptar una disculpa.
—No me llames otra vez.
Colgué.
Inmediatamente.
Porque, si seguía escuchándolo, existía el peligro de creerle.
Y eso sería todavía más estúpido que contratar a un desconocido para acompañarme a una boda.
Pasé el resto de la tarde escondida.
Con las cortinas cerradas.
El teléfono en silencio.
Y una caja de helado que no sabía a nada.
A las siete de la noche decidí que necesitaba aire.
Esperé hasta que oscureció.
Me puse una gorra.
Un cubrebocas.
Lentes oscuros.
Parecía una delincuente escapando de la policía.
Abrí la puerta del edificio.
Miré a ambos lados.
Nadie.
Perfecto.
Caminé media cuadra.
Dos.
Tres.
Empecé a creer que, por fin, me había librado de todo aquello.
Entonces una camioneta negra se detuvo bruscamente junto a la banqueta.
Mi corazón dio un vuelco.
La ventanilla comenzó a bajar lentamente.
Y apareció él.
Camisa blanca.
Las mangas remangadas.
La misma expresión tranquila que había tenido la noche anterior.
Como si el mundo no estuviera incendiándose a nuestro alrededor.
Lo miré con tanta rabia que estuve a punto de seguir caminando.
Pero él habló primero.
—Sube.
—Ni loca.
—Camila...
Su voz perdió el tono bromista por primera vez.
—Te explicaré todo.
Lo observé unos segundos.
—No quiero escuchar una sola palabra más.
Él sostuvo mi mirada.
Después dijo algo que hizo que todo dejara de tener sentido.
—Entonces escúchame solo esta vez. Porque tenemos que tomar un vuelo a Dubái. Ahora mismo.
