Capítulo 4 Un mes conmigo
—¿Me trajiste a Dubái sin preguntarme?
Crucé los brazos en cuanto la puerta de la suite se cerró detrás de nosotros.
Leonardo dejó las llaves sobre una mesa de mármol y soltó un suspiro.
—Técnicamente te pregunté.
—No.
Me dijiste que subiera a una camioneta.
Después a un avión.
Y ahora estoy al otro lado del mundo.
Él tuvo el descaro de sonreír.
—Cuando lo dices así suena un poco ilegal.
—Porque lo fue.
Durante un segundo pensé que iba a responder con otra de sus bromas.
No lo hizo.
El vuelo en el jet privado había durado poco más de seis horas. Nunca había visto un avión con habitaciones, una ducha y un comedor donde un chef preparaba la cena como si estuviéramos en un restaurante de cinco estrellas. Leonardo pasó casi todo el viaje trabajando en silencio, y yo pasé casi todo el viaje preguntándome quién era realmente el hombre al que había conocido en un bar.
Me acerqué al enorme ventanal.
Dubái brillaba como si alguien hubiera decidido cubrir el desierto con millones de diamantes.
Nunca había salido del país.
Mucho menos imaginé hacerlo junto al hombre que acababa de destruir mi reputación.
—¿Ya puedes explicarme qué está pasando?
Leonardo caminó hasta el minibar.
Sirvió dos vasos de agua.
Me ofreció uno.
Lo acepté únicamente porque tenía la garganta completamente seca.
—Mi abuelo se está muriendo.
La frase me tomó por sorpresa.
Toda la rabia que llevaba acumulando desde la mañana perdió fuerza durante un instante.
—Lo siento.
Él hizo un gesto con la cabeza.
—Tiene ochenta y seis años.
Los médicos dicen que le quedan pocos meses.
Quizá menos.
Guardó silencio antes de continuar.
—Es el presidente del Grupo Alcázar.
Cuando muera...
Todo será mío.
Fruncí el ceño.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
Leonardo soltó una risa breve.
—Muchísimo.
Se acercó hasta una carpeta que descansaba sobre la mesa.
La abrió.
Había periódicos.
Revistas.
Capturas de pantalla.
Titulares.
Todos eran sobre él.
"El playboy que jamás sentará cabeza."
"Otra conquista abandonada por Leonardo Alcázar."
"El heredero que avergüenza a la familia."
Reconocí incluso la noticia de esa mañana.
Nuestra fotografía ocupaba la portada de una revista digital.
Él señaló la imagen.
—Ese beso cambió todo.
—¿Cómo puede cambiar algo para bien?
—Porque mi abuelo cree que, por primera vez en años, tengo una relación seria.
Levanté lentamente la vista.
—No estarás pensando...
—Sí.
—Ni siquiera lo digas.
—Necesito que seas mi novia.
Solté una carcajada.
No porque fuera gracioso.
Porque era tan absurdo que mi cerebro se negó a procesarlo de otra forma.
—Definitivamente recibí demasiado tequila en esa boda.
Leonardo permaneció completamente serio.
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco.
—Camila.
—No.
Él apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Escúchame cinco minutos.
Si al final sigues diciendo que no...
Te compro un boleto de regreso y jamás volverás a verme.
Lo observé.
Había algo diferente en él.
No era el hombre que se divertía haciéndome enojar.
Parecía cansado.
Demasiado.
Me senté frente a él.
—Cinco minutos.
Aprovecha.
Leonardo respiró hondo.
—Toda mi vida he sido exactamente el hombre que la prensa cree conocer.
O, al menos, hice todo lo posible para que lo creyeran.
Me desconcertó la sinceridad con la que lo dijo.
—¿Por qué?
Sonrió con amargura.
—Porque era más fácil que pensaran que era un irresponsable a aceptar el futuro que mi familia había decidido para mí.
No respondí.
—Mientras todos hablaban de mis fiestas, nadie me preguntaba cuándo iba a convertirme en presidente del grupo.
Nadie hablaba de matrimonios arreglados.
Ni de sucesiones.
Ni de herencias.
Solo del idiota que aparecía cada semana con una mujer diferente.
—¿Y ahora?
Él cerró la carpeta.
—Ahora ya no puedo seguir escondiéndome.
Mi abuelo quiere retirarse antes de morir.
Necesita dejar tranquilo al consejo.
A los inversionistas.
A toda la familia.
Y todos creen que soy incapaz de comprometerme con nada.
Sus palabras empezaban a tener sentido.
No me gustaba admitirlo.
Pero lo tenían.
—¿Y por qué yo?
Leonardo me sostuvo la mirada.
—Porque ayer conociste al verdadero yo.
No al de las revistas.
No al de internet.
Al hombre.
Tragué saliva.
—Eso no significa que me conozcas.
—Lo sé.
—Entonces busca una actriz.
Una modelo.
Alguien que quiera dinero.
Se acercó un paso más.
—Ellas fingirían sonreír.
Tú me gritaste durante toda una boda.
No pude evitar sonreír.
Muy poco.
Pero él lo notó.
—Además...
Se cruzó de brazos.
—Mi abuelo ya vio nuestras fotografías.
Está convencido de que estoy enamorado.
Y cuando mi abuelo se convence de algo...
No existe ser humano capaz de hacerlo cambiar de opinión.
Suspiré.
—¿Cuánto tiempo?
—Un mes.
—¿Solo un mes?
—Solo un mes.
Negué lentamente con la cabeza.
—Estás completamente loco.
—Eso ya me lo dijiste.
Nos quedamos en silencio.
Mirándolo a él.
Mirándome a mí.
Mirando una ciudad que parecía demasiado perfecta para una conversación tan absurda.
Finalmente me levanté.
—Necesito pensarlo.
Leonardo no intentó detenerme.
Solo habló cuando ya estaba llegando a la puerta de la terraza.
Su voz sonó distinta.
Más baja.
Más vulnerable.
Como si las siguientes palabras le costaran más que cualquier negociación.
—Camila...
Me volví lentamente.
Él ya no sonreía.
Por primera vez desde que lo conocía...
Parecía un hombre completamente solo.
—Si no eres tú quien me ayude, estaré perdido y solo.
Hizo una pausa.
Sus ojos no se apartaron de los míos ni un solo segundo.
—Y lo que menos quiero... es hacer esto sin ti.
