Capítulo 40 La silla vacía

—No voy a ir.

Renata no apartó la mirada. Tenía los codos sobre la mesa y los dedos entrelazados, como si estuviera sosteniendo algo invisible que no quería dejar caer.

Mi madre dejó la taza de café con un golpe seco, sin derramar una sola gota.

—Buena decisión.

Renata negó apenas con la cabeza.

—No...

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