Capítulo 5 Las reglas del trato

—No confundas compasión con aceptación.

Leonardo no respondió enseguida. Tenía la carpeta cerrada bajo la mano, como si ese gesto le diera algún tipo de control. Detrás de él, la ciudad brillaba con esa perfección artificial que no decía nada de lo que pasaba dentro de la habitación.

Yo seguía con el vaso en la mano. El agua ya estaba tibia.

—No te pedí compasión —dijo al fin.

—Me pediste que fingiera ser tu novia durante un mes porque tu abuelo cree que estás enamorado de mí.

—Cuando lo dices así…

—Es exactamente así.

No discutió. Bajó la mirada apenas un segundo, pero fue suficiente para notar que algo le incomodaba. Cuando volvió a mirarme, ya no estaba jugando.

—Tienes razón.

Eso no lo esperaba.

—Mi vida se volvió un desastre por tu culpa —seguí—. Hay periodistas afuera de mi edificio. En la clínica me sugirieron que me tome unos días. Padres preguntando si deberían confiar en mí. Todo por una foto.

Su mandíbula se tensó.

—No voy a arreglarlo con dinero.

—Entonces empieza a hacer algo útil.

Se movió hacia el teléfono sin dejar de mirarme. Marcó rápido.

—Bruno, ven a la suite. Y dile a comunicación que preparen un comunicado. No sobre mí. Sobre ella.

Colgó sin esperar respuesta.

—¿Ella tiene nombre? —pregunté.

—Camila Ortega. Psicóloga infantil. Veinticinco años. Vive sola, no tolera que decidan por ella y amenaza con demandas cuando la presionan.

—También sabe defenderse con tacones.

Una leve sonrisa apareció en su boca.

—Lo tendré en cuenta.

No quería sonreír. Aun así, algo en mí se relajó.

—Voy a limpiar tu nombre —dijo—. Sin inventar nada.

—No quiero que me conviertas en víctima.

—No lo haré.

—Quiero que digan lo que pasó.

—¿Qué versión?

—La real. Que no sabías quién era yo. Que no me compraste. Que si alguien actuó mal esa noche, fuimos los dos.

Soltó el aire despacio.

—Eso puedo decirlo.

—Y cuando termine el mes —añadí—, vas a dejar claro que esto se acabó sin drama.

Se acercó un poco más.

—Nunca fuiste parte de ningún juego.

Tragué saliva.

—No digas eso si es parte del trato.

—No lo es.

—Entonces no lo digas.

Sus ojos bajaron un segundo hacia mi boca. Me incomodó más de lo que esperaba.

—Primera regla —dije, dando un paso atrás—. No me tocas sin permiso.

Asintió sin discutir.

—Segunda. No me besas porque sí.

—¿Y si hace falta?

—Me preguntas.

—¿En público?

—Con una señal.

—¿Cuál?

—Me tomas la mano. Si aprieto una vez, puedes acercarte. Si aprieto dos, te detienes.

Miró mi mano como si estuviera evaluando algo más que un gesto.

—¿Y si eres tú quien quiere?

—No va a pasar.

—Eso suena a reto.

—Tercera regla. Nada de burlas.

—Haré el intento.

—Cuarta. No me ocultas cosas que puedan afectarme.

Su expresión cambió apenas.

—Haré lo posible.

—No es suficiente.

Hubo un silencio breve.

—Hay partes de mi vida que no son fáciles de explicar —dijo.

—Empieza por las que sí.

Se pasó la mano por el cabello, como si necesitara ordenar algo.

—No me gusta el caviar. Duermo con la televisión encendida. Prefiero comida rápida a cualquier restaurante caro. Y detesto que me llamen heredero.

No esperaba eso.

—Te toca.

—No me gusta la papaya. Lloro con películas que ya vi. Siempre ubico las salidas cuando entro a un lugar. Trabajo con niños porque todavía no saben mentir bien.

Me miró distinto. No supe cómo leerlo.

Un golpe en la puerta cortó el momento.

Entró un hombre de traje gris, serio.

—Bruno —dijo Leonardo—. Ella es Camila Ortega. A partir de ahora, cualquier ataque hacia ella es asunto mío.

Bruno asintió.

—Señorita Ortega.

—No necesito fama —respondí.

—Eso ya no depende de usted —dijo él—. Ahora toca evitar que la situación empeore.

Habló de estrategias, comunicados, posibles demandas. Yo escuchaba, pero todo sonaba lejano.

Un mes.

Treinta días fingiendo algo que no era real.

Cuando Bruno se fue, el teléfono de Leonardo vibró. Leyó el mensaje y su expresión cambió.

—Mi abuelo quiere verte.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Ahora?

—Sí.

—No estoy preparada.

Se acercó. No me tocó. Solo extendió la mano.

—Yo tampoco.

Miré su mano unos segundos.

Si la tomaba, aceptaba todo.

La tomé.

Subimos dos pisos en silencio. El lugar no parecía un hospital, pero el aire tenía ese olor que no se puede ignorar.

El abuelo estaba junto al ventanal, sentado en un sillón. Delgado, pero con una mirada firme.

Leonardo apretó mi mano una vez.

La señal.

El anciano nos observó con atención.

—Así que tú eres Camila.

—Sí.

—La mujer que logró que mi nieto abandonara una fiesta antes de medianoche.

Leonardo carraspeó.

—Abuelo.

—No interrumpas.

Señaló una silla.

—Siéntate.

Obedecí.

Leonardo se quedó de pie a mi lado.

El abuelo miró nuestras manos entrelazadas.

—He visto las fotos —dijo—. Y conozco a mi nieto.

Leonardo se tensó.

—Entonces sabe que no suelo presentar a nadie.

—Por eso no te creo.

Sentí el golpe en el pecho.

El anciano inclinó la cabeza, estudiándonos.

—Explícame algo —dijo con calma—. ¿Por qué la miras como si ya la hubieras perdido?

El silencio se volvió pesado.

Leonardo no respondió.

Yo tampoco.

El abuelo sonrió apenas, como si ya tuviera la respuesta.

—Porque esto no es un juego —añadió—. Y tú, muchacho, nunca has sabido fingir cuando algo te importa.

Leonardo apretó mi mano otra vez.

Esta vez no era una señal.

Era otra cosa.

—Abuelo…

El anciano levantó la mano para callarlo.

—No me mientas —dijo—. No a mí.

Luego me miró directamente.

—Y tú —continuó—, dime la verdad. ¿Estás aquí porque quieres… o porque él te arrastró a esto?

Sentí el peso de la pregunta.

Podía mentir.

Podía seguir el plan.

Podía hacer lo que habíamos acordado.

Pero algo en la forma en que ese hombre me miraba hacía imposible fingir.

Respiré hondo.

Y hablé.

—Estoy aquí porque no tuve opción.

El abuelo no apartó la mirada.

—Entonces dime algo más —dijo, con una calma que incomodaba—. ¿Cuánto tiempo crees que podrás sostener una mentira… antes de que te destruya?

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