Capítulo 1 Capítulo sin título
El olor a alcohol y medicinas era el único perfume que Alma conocía desde hacía tres años.
El hospital público de la ciudad era un laberinto de pasillos grises y luces parpadeantes. Alma caminaba con la cabeza gacha, contando los azulejos del suelo para no pensar en lo que el médico le había dicho hacía apenas diez minutos.
—Señorita Castillo, el tratamiento experimental tiene un costo de cincuenta mil dólares. Sin él, el pronóstico de su madre no supera los seis meses.
Cincuenta mil dólares. Una cifra tan ridícula que casi la hizo reír. Era más de lo que ganaría en diez años como becaria. Más de lo que su madre había ganado en toda su vida cosiendo ajenos.
Llegó a la habitación 217. La puerta entreabierta dejaba ver una cama metálica, un monitor que pitaba rítmicamente y una figura delgada y pálida que parecía consumirse con cada respiración.
—Mamá.
Alma entró y tomó la mano de Elena. La piel de su madre era fría, casi transparente, como un papel de seda que se deshacía con el roce. Los dedos de Elena se movieron ligeramente, un intento débil de corresponder al abrazo.
—Hija —susurró Elena sin abrir los ojos—. ¿Por qué tienes esa cara?
Alma forzó una sonrisa. Era su especialidad: sonreír cuando todo se derrumbaba.
—Estoy bien, mamá. Solo cansada.
—Mientes.
Elena abrió los ojos. Eran del mismo color miel que los de Alma, pero apagados por el dolor y la enfermedad. Aun así, seguían viendo a través de ella como siempre.
—Mamá, no te preocupes. Todo va a salir bien.
—No me mientas, hija. He vivido suficiente para saber cuándo la muerte me está llamando.
Alma apretó la mano de su madre con más fuerza. Las lágrimas empezaron a quemar sus ojos, pero no las dejó caer. No podía. Si lloraba, el mundo se derrumbaría. Y su madre se iría.
—Te voy a sacar de aquí —dijo con una determinación que no sentía—. Vas a vivir. Te lo prometo.
—No prometas lo que no puedes cumplir —susurró Elena, cerrando los ojos de nuevo—. Solo... quédate conmigo un rato más.
Alma se sentó a su lado, acariciando el cabello canoso de su madre. Las horas pasaron entre el pitido del monitor y el silencio de la habitación. A las once de la noche, el teléfono vibró en su bolsillo. El nombre en la pantalla la hizo estremecer: Luis Fernández.
Salió al pasillo. Respondió.
—¿Dónde está mi dinero, Alma? —la voz de Luis era un susurro grave, pero más amenazante que un grito.
—Luis, por favor, dame unos días más. Estoy buscando...
—Te di dos semanas. Han pasado diecisiete días. —Un silencio. Luego, el golpe de algo contra una mesa—. ¿Sabes lo que pasa cuando alguien no paga a la gente equivocada?
—Lo sé. —Su voz temblaba—. Lo sé, Luis. Por favor, solo...
—No me importan tus disculpas. Mañana a las diez de la noche. En el parking del hospital. Trae el dinero o no respondo por lo que le pase a tu madre. ¿Entendido?
—Entendido.
Colgó. El mundo se tambaleó a su alrededor. Alma se apoyó en la pared, sintiendo el frío del azulejo a través de su chaqueta desgastada. Cincuenta mil dólares para el tratamiento. Diez mil para Luis. Y solo veintitrés años y un sueldo de miseria.
No tengo salida.
Salió del hospital sin rumbo. La noche era fría y la llovizna empezaba a calar sus ropas. Alma caminó por las calles vacías, pasando por barrios que se volvían más oscuros a medida que se alejaba. No sabía dónde iba. Solo quería dejar de pensar.
Llegó a un cruce sin semáforos, en una avenida casi desierta. Miró al cielo y dejó que la lluvia le mojara el rostro. Tal vez, si se quedaba allí el tiempo suficiente, el agua la disolvería. La borraría.
No vio el coche negro que se acercaba a toda velocidad. No frenó, ni siquiera titubeó. Fue una bestia de acero y odio, un depredador de dos toneladas que la arrancó de la tierra como si ella no pesara nada, como si su vida sus veinticuatro años de sueños rotos, de noches sin dormir, de promesas hechas al espejo, de sacrificios inútiles no fuera más que un bulto en la carretera, un obstáculo que eliminar.
El impacto la elevó. Por un segundo eterno, Alma voló de verdad. Y en ese segundo suspendido en el tiempo, lo vio todo con una claridad cegadora: su infancia corriendo por las calles de la ciudad, la sonrisa de su madre antes de la enfermedad, la muerte de su padre cuando ella apenas tenía diez años, las manos callosas de su madre cosiendo hasta tarde, las facturas acumulándose sobre la mesa, el primer beso que nunca llegó, los libros que no pudo terminar de leer, todos los caminos que no tomó, todas las puertas que se cerraron.
No vio el semáforo en rojo que el conductor ignoró. No vio el rostro de la persona al volante. No vio la sangre que empezaba a brotar de su cabeza.
El mundo se volvió blanco, un blanco absoluto y cegador como el de un sol de mediodía en el desierto.
Y luego, negro.
Un negro profundo y silencioso, como el fondo del océano.
Alma no sabía que aquel accidente que casi la mata era el mismo accidente que cambiaría su vida para siempre. No sabía que el conductor del coche negro no era un desconocido, sino alguien que había conocido donde ella trabaja. No sabía que su cuerpo, tendido en el asfalto bañado por la lluvia, sería encontrado por las personas equivocadas en el momento equivocado. No sabía que, mientras su conciencia flotaba en esa oscuridad sin fin, un plan maquiavélico ya estaba en marcha. Un plan que la convertiría en otra persona. En la sustituta perfecta.
Al despertar, ya no sería Alma Castillo.
Sería la hija de la familia más poderosa de la ciudad. Sería la heredera de una fortuna que podía comprar cincuenta mil tratamientos experimentales y diez mil deudas con Luis Fernández.
