Capítulo 2 Capítulo sin título

Monserrat Montes observaba la ciudad desde el ventanal de su oficina en el piso 38. Abajo, los coches parecían hormigas, las personas puntos insignificantes. Así le gustaba ver el mundo: desde arriba, donde todo era pequeño y controlable.

—¿Ha tomado una decisión, señorita Montes?

La voz de su padre resonó detrás de ella. Guillermo Montes estaba sentado al otro lado de la mesa de caoba, con las piernas cruzadas y una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Tenía el cabello plateado peinado hacia atrás, un traje italiano impecable y la paciencia de un depredador que sabe que su presa no puede escapar.

Monserrat se giró lentamente. Sus tacones de aguja resonaron contra el mármol como un metrónomo.

—La fusión con Soto Group es un error, padre. Ya se lo he dicho.

—No es un error. Es la jugada maestra de mi carrera. —Guillermo apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos—. Y tú la firmarás.

—No.

La palabra cayó como una piedra en un estanque. Guillermo entrecerró los ojos. Monserrat mantuvo la mirada, sin parpadear. Había aprendido a no bajar la cabeza frente a él desde que tenía ocho años, desde la noche en que su madre murió y él le dijo: "Las mujeres de esta familia no lloran. Calculan."

—Monserrat, no me hagas repetirme.

—No voy a firmar un acuerdo que nos deja en desventaja. Soto Group nos está comprando a precio de ganga. —Caminó hacia la mesa y dejó caer un informe delante de él—. Aquí están los números. Léalos. Usted está regalando el imperio que construyó.

Guillermo ni siquiera miró el documento.

—¿Crees que no sé lo que hago?

—Creo que sabe perfectamente lo que hace. —Monserrat inclinó la cabeza, una sonrisa fría en los labios—. Por eso mismo quiero saber por qué está tan desesperado por vender.

El silencio se alargó varios segundos. En el rostro de Guillermo no hubo una grieta, ni un temblor, ni una señal de que las palabras de su hija hubieran dado en el blanco.

Pero Monserrat lo sabía. Había visto los movimientos de dinero en cuentas offshore. Había seguido el rastro de las transferencias. Su padre no estaba vendiendo por negocio. Estaba vendiendo porque necesitaba liquidez. Urgente.

Y ella había descubierto el motivo.

—Estás cubriendo un agujero —dijo Monserrat, sentándose frente a él, igualándolo en altura—. Has desviado fondos. No sé a dónde, pero sé que el agujero es tan grande que solo vendiendo el grupo puedes taparlo.

—Eso es una acusación grave.

—Es una certeza.

El rostro de Guillermo se endureció. Por un instante, la máscara de padre amable se resquebrajó y apareció el hombre de negocios despiadado que había construido un imperio aplastando a cualquiera que se interpusiera en su camino.

—Hija —dijo, con una calma que daba más miedo que un grito—, tienes veinticuatro años. Has trabajado aquí apenas cinco. No sabes nada del juego real.

—Enséñeme.

—No puedo enseñarte lo que no quieres aprender.

—Entonces no me pida que firme.

Guillermo se levantó. Caminó hacia la ventana y observó la ciudad como ella lo había hecho minutos antes. Cuando habló, su voz era baja, casi un susurro.

—Si no firmas, mañana mismo te retiro el puesto. Te quito la oficina, el coche, el acceso a las cuentas. Te convierto en una Montes más, una hija decorativa que vive de la renta y no mete las narices en lo que no le importa.

Monserrat apretó los puños bajo la mesa.

—¿Me está amenazando?

—Te estoy dando una opción. —Se giró hacia ella—. ¿Quieres ser la vicepresidenta del imperio? Entonces actúa como tal. Obedece. Porque las reinas también obedecen a sus reyes. Y yo soy el rey aquí.

Monserrat se levantó con lentitud. Recogió el informe, lo colocó en su maletín y se dirigió a la puerta. En el umbral, se detuvo.

—¿Sabe lo que más lamento, padre?

Guillermo alzó una ceja.

—Que mi madre no esté aquí para ver el monstruo en el que se ha convertido. —Sonrió, pero era una sonrisa vacía—. Pero no se preocupe. Yo sí la veo.

Salió antes de que él pudiera responder. Caminó por el pasillo alfombrado, saludó con una inclinación de cabeza a los asistentes que se apartaban a su paso, entró al ascensor y presionó el botón del estacionamiento.

En el coche, permitió que las manos le temblaran. Solo un segundo. Luego, respiró hondo y encendió el motor.

—No voy a firmar —susurró al volante—. Prefiero quemarlo todo antes de dejarte ganar.

Aceleró. El coche negro salió disparado del estacionamiento como una bala, derrapando ligeramente en la curva de salida, y se fundió con el tráfico nocturno. El rugido del motor se elevó por encima del bullicio de la ciudad, un eco metálico que vibraba en el asfalto mientras las ruedas buscaban agarre en la humedad reciente. La ciudad brillaba a su alrededor, un mosaico de luces y sombras, de neones parpadeantes y farolas titubeantes, pero Monserrat no veía nada de eso. 

Su mirada estaba clavada en el horizonte fugaz que se desdibujaba tras el parabrisas, pero su mente, atrapada en un bucle de ira, solo veía el rostro de su padre, frío e implacable, con esa sonrisa calculadora que tantas veces había visto antes de que él soltara una de sus sentencias implacables. Sentía el fuego de la rabia ardiendo en sus venas, un torrente de adrenalina que le nublaba el juicio y le endurecía los nudillos sobre el volante, mientras los dedos se le tensaban como garras.

El cruce apareció de repente, como un mal presentimiento hecho realidad, emergiendo de la penumbra con una brusquedad que le cortó la respiración. Sin semáforos. Sin señales de advertencia. Una intersección olvidada en medio de una avenida mal iluminada, donde las farolas parpadeaban como luciérnagas moribundas, lanzando destellos amarillentos que apenas alcanzaban a besar el suelo. El asfalto estaba agrietado, lleno de charcos que reflejaban la luna oculta entre nubes, y en los bordes se alzaban arbustos descuidados que parecían acechar entre las sombras. 

Monserrat tardó un segundo en reaccionar, un segundo demasiado largo, un instante eterno en el que el tiempo pareció estirarse como chicle caliente. Sus ojos se abrieron de par en par, las pupilas dilatadas captando el destello de unos faros que se acercaban desde la derecha, un destello cegador que crecía con una velocidad aterradora. El corazón le dio un vuelco, y en ese lapso infinitesimal, su mente se llenó de un torrente de imágenes: el rostro de su padre, la llamada telefónica, las palabras hirientes que aún le zumbaban en los oídos, y de pronto, el instinto primordial de supervivencia que gritaba desde lo más profundo de su ser. Su pie buscó freno con desesperación, pero la distancia ya era un abismo insalvable, y el mundo se redujo a un único y terrible instante de silencio antes del estruendo.

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