Capítulo 3 Capítulo sin título
La luz era blanca y dolorosa. Alma abrió los ojos y el techo del hospital apareció borroso, como una mancha gris que se negaba a enfocarse.
Parpadeó. Una vez. Dos veces.
El pitido de un monitor llegó a sus oídos. El olor a antiséptico. La sensación de una aguja en el dorso de la mano.
—¿...qué pasó?
Su voz sonó ronca, como si hubiera estado días sin hablar. Alguien se movió a su lado. Una enfermera de rostro cansado le tomó la muñeca y revisó su pulso.
—Tranquila. Está en el hospital. Tuvo un accidente de tráfico. Está bien.
—¿Mi... mi madre?
La enfermera frunció el ceño.
—¿Su madre?
—Elena Castillo. Está en el ala de cuidados paliativos. Necesito...
—Tranquila. —La enfermera la presionó suavemente contra la cama—. Ahora no puede moverse. Tiene algunos cortes y una conmoción leve. Necesita reposo.
—Pero...
—Llámeme si necesita algo.
La enfermera salió. Alma cerró los ojos y trató de recordar. La lluvia. La calle vacía. El coche negro. El impacto.
Y luego, nada.
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Un día? ¿Dos? El monitor marcaba las cinco de la tarde, pero no sabía si era martes o miércoles.
Alguien entró a la habitación. Pasos firmes. Alma abrió los ojos y vio a un hombre alto, de unos cincuenta años, con traje oscuro y una cartera de cuero bajo el brazo.
—Señorita Castillo —dijo, sentándose en la silla junto a su cama—. Soy el licenciado Valenzuela. Representante legal de la familia Montes.
Alma parpadeó, confundida.
—¿Montes?
—La familia de la otra conductora. —El hombre cruzó las piernas y la observó con atención—. ¿Recuerda el accidente?
—No... no mucho. Vi un coche. Luego...
—El coche chocó contra el suyo. O mejor dicho, su coche se interpuso en el camino de la señorita Montes. —El abogado hizo una pausa—. La señorita Montes está grave. En coma inducido. Con lesiones faciales severas.
Alma sintió que el mundo se derrumbaba otra vez.
—¿La otra conductora... va a morir?
—No lo sabemos. —Valenzuela se inclinó hacia ella—. Pero su familia necesita hacerle una propuesta.
—¿Una propuesta? —Alma negó con la cabeza—. Yo no tengo dinero. Si me van a demandar, no tengo...
—No es una demanda. —El abogado sonrió, pero era una sonrisa mecánica, sin calidez—. Es una oportunidad.
Alma lo miró, desconcertada. ¿Qué oportunidad podía ofrecerle la familia de la mujer que acababa de dejar en coma?
—Su madre —dijo Valenzuela, cambiando de tema de manera abrupta—. La señora Elena Castillo. Entendemos que está enferma. Con tratamientos costosos.
—¿Cómo sabe eso?
—Investigamos a todas las personas involucradas en el accidente. —Su tono era práctico, casi frío—. Sabemos que su madre necesita un tratamiento experimental de cincuenta mil dólares. Sabemos que tiene deudas con un prestamista. Sabemos que está al borde del colapso financiero.
Alma se incorporó, ignorando el dolor en sus costillas.
—¿Qué quiere de mí?
Valenzuela sacó un sobre de su cartera. Lo colocó sobre la mesa de noche.
—La familia Montes necesita un favor. La señorita Montes es una figura pública. Vicepresidenta de un imperio multimillonario. Su accidente ya está en los medios. La presión de los accionistas es enorme. Hay una fusión pendiente, reuniones, firmas. Su padre, el señor Guillermo Montes, no puede permitir que su ausencia se prolongue.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
El abogado la miró directamente a los ojos.
—Su rostro, señorita Castillo. Su complexión. Su edad. Coinciden. Asombrosamente. —Hizo una pausa—. La familia Montes le ofrece un contrato. Durante el tiempo que la señorita Montes esté en coma, usted ocupará su lugar. Asistirá a reuniones, firmará documentos, mantendrá las apariencias. A cambio, recibirá una compensación generosa.
Alma se quedó sin aliento.
—¿Quiere que finja ser... otra persona?
—La sustituta perfecta —dijo Valenzuela—. Durante un mes, máximo dos. El tiempo suficiente para que la señorita Montes se recupere o para que el grupo empresarial estabilice la situación.
—¿Cuánto?
—¿Perdón?
—El dinero. ¿Cuánto me pagarán?
Valenzuela abrió el sobre y deslizó un documento frente a ella.
—Suficiente para pagar el tratamiento de su madre, saldar sus deudas y quedar con un remanente que le permita empezar de nuevo.
Alma leyó la cifra. El mundo dejó de girar por un momento.
Era una cantidad que no podía rechazar. Una cantidad que cambiaba su vida, y la de su madre, para siempre.
—Tengo una hora para decidir —dijo Alma, recordando las películas, los contratos, los abogados que presionan.
Valenzuela sonrió.
—Tiene veinticuatro horas. Pero si me permite un consejo: no deje pasar esta oportunidad. La gente como usted y yo sabe que estas ofertas no llegan dos veces.
Se levantó, dejó una tarjeta sobre la mesa y salió de la habitación.
Alma se quedó sola. El monitor pitaba a su ritmo. La cifra en el contrato brillaba como un espejismo.
Alma se quedó sola. El silencio cayó sobre ella como una losa de plomo, denso y absoluto, roto únicamente por el pitido rítmico y monótono del monitor que descansaba sobre la mesa, un latido electrónico que marcaba el compás de una vida que ya no era suya. La cifra en el contrato brillaba como un espejismo bajo la luz mortecina de la lámpara, esos números impresos en tinta negra que parecían bailar ante sus ojos cansados, provocándola, tentándola con una promesa que sabía a veneno. Cincuenta mil dólares para su madre, para pagar esas facturas médicas que se acumulaban como una montaña imposible de escalar, para comprarle unos meses más de alivio, un respiro en medio de la tormenta que devoraba sus días. Diez mil para Luis, para que por fin pudiera cerrar ese capítulo pendiente, para que dejara de llamarla a altas horas de la noche con la voz quebrada por la desesperación. Y el resto, una cantidad que no se atrevía a sumar en voz alta, para empezar de nuevo, para borrar su nombre del mapa y construir desde cero una identidad que no pesara tanto, que no arrastrara la sombra de todos sus errores pasados.
Solo tenía que ser alguien que no era. Solo tenía que enterrar a Alma en lo más profundo de su memoria, como quien arroja una piedra al fondo de un pozo, y vestirse con la piel de Monserrat Montes, una mujer que solo existía en papeles falsos y en una fotografía borrosa que le habían entregado en un sobre de manila. Monserrat Montes, la heredera, la que tenía acceso a cuentas intocables, la que podía cruzar fronteras sin que nadie le pidiera explicaciones. Pero, ¿quién era ella realmente? ¿Una salvadora? ¿Una estafadora? ¿O simplemente una hija desesperada que había dejado de reconocerse en el espejo?
—¿Qué hago? —susurró al vacío, y su voz se perdió entre las paredes desnudas de la habitación, rebotando en los rincones como un eco que nadie quería recoger—. ¿Qué hago, mamá?
La respuesta no llegó. El silencio se hizo más espeso, más pesado, como una manta de lana mojada que le oprimía los hombros. Pero Alma ya sabía cuál era. Lo había sabido desde el momento en que abrió aquel sobre, desde que sus dedos temblorosos rozaron el papel áspero del contrato, desde que la cifra se grabó a fuego en su retina.
No había vuelta atrás. No había otra salida. Solo aquella carretera oscura y peligrosa que se extendía frente a ella, con el nombre de Monserrat Montes escrito en cada curva, en cada mentira que tendría que sostener, en cada mirada que tendría que esquivar. Se levantó despacio, como si su cuerpo pesara el doble, y apagó el monitor con un movimiento seco.
La oscuridad la envolvió por completo, y en medio de esa negrura, Alma cerró los ojos y dejó que la decisión se asentara en sus huesos, firme y definitiva, como una sentencia que ella misma se había dictado.
