Capítulo 4 Capítulo sin título
Firmé mi nombre. Y maté a la que era.
A la mañana siguiente, Alma pidió papel y bolígrafo. Leyó el contrato completo: cuarenta y siete cláusulas en letra pequeña, cada una diseñada para proteger a la familia Montes.
Cláusula 1: La sustituta acepta asumir la identidad de Monserrat Montes durante el período acordado.
Cláusula 4: La sustituta no revelará su verdadera identidad bajo ninguna circunstancia.
Cláusula 12: La sustituta se someterá a entrenamiento intensivo en protocolo, negocios y comportamiento.
Cláusula 38: En caso de incumplimiento, la sustituta perderá toda compensación y podrá enfrentar cargos por suplantación de identidad.
Alma firmó en la última página con mano temblorosa. Cuando la tinta se secó, sintió como si hubiera vendido un trozo de su alma.
El primer paso fue la transformación.
La llevaron a un salón de belleza privado. Le cortaron el cabello castaño hasta los hombros y lo tiñeron de negro azabache. Le hicieron cejas, maquillaje, uñas de gel, depilación láser. La vistieron con ropa de diseñador que no sabía pronunciar. Tacones de aguja que la hacían tambalearse.
Miró su reflejo en el espejo y no se reconoció.
—Perfecta —dijo Inés, la asistenta personal de los Montes, una mujer de cuarenta años con gafas sin montura y una paciencia que bordeaba la ironía—. ¿Se siente preparada?
—No —respondió Alma, con voz apenas audible.
—Excelente. Así se siente siempre la señorita Montes.
El siguiente paso fue el entrenamiento.
Inés le enseñó el protocolo: cómo caminar, cómo sentarse, cómo saludar a los accionistas sin sonreír demasiado. Aprendió los nombres de los directivos, las filiales, las cuentas clave. Memorizó el historial de negocios de Monserrat, sus éxitos, sus fracasos, sus enemigos.
—¿Cuántos enemigos tiene? —preguntó Alma después de la tercera hora de estudio.
—Depende de a quién le pregunte. —Inés alzó una ceja—. Su padre la ve como una rival. Los accionistas la ven como una amenaza. La prensa la ve como una villana. Y los empleados... bueno, los empleados le tienen miedo.
—¿Y usted? ¿Cómo la ve usted?
Inés se detuvo. La miró con una mezcla de curiosidad y advertencia.
—Yo veo a una mujer que aprendió a ser fría para sobrevivir. Y que pagó el precio de eso con su alma.
—¿Cree que ella era mala?
—Creo que nadie nace malo. Pero el poder, señorita Castillo, puede convertir a cualquiera en un monstruo.
Esa noche, Alma durmió en la habitación de Monserrat.
La cama era enorme, con sábanas de seda que olían a lavanda y a algo más: un perfume caro, persistente, que parecía impregnar las almohadas. Alma se acurrucó entre las sábanas y sintió la presencia de la otra mujer, de su ausencia, de su vida que había ocupado.
Se levantó a las tres de la madrugada. No podía dormir. Algo la empujaba a explorar.
Abrió los cajones de la cómoda. Encontró joyas, relojes, cuadernos de notas. En el fondo de un cajón, debajo de un estuche de terciopelo, encontró un diario.
Era pequeño, de cuero negro, con un candado de combinación. Alma intentó abrirlo con la fecha de nacimiento de Monserrat. No funcionó. Probó con el nombre de su madre. Tampoco.
Entonces pensó en una posibilidad, una que había estado acechando en los márgenes de su mente como una sombra esquiva, negándose a tomar forma hasta ese instante preciso. La fecha de la muerte de su madre. No el día en que el corazón le dejó de latir, sino el que constaba en los documentos oficiales, el que había sido grabado con tinta indeleble en el acta de defunción que ella misma había falsificado años atrás, cuando la desesperación la empujó a borrar una identidad para salvar otra. Veintitrés de mayo. Esos números, tan simples y redondos, comenzaron a girar en su cabeza como una combinación olvidada que de repente encajaba en la cerradura de un secreto que ella misma había escondido.
El candado se abrió.
No con un clic metálico, sino con un estremecimiento interior, un latigazo de certeza que le recorrió la columna vertebral y le erizó los vellos del antebrazo. De pronto, todo cobraba sentido: las preguntas incómodas que le habían hecho en la oficina, las miradas de reojo de los empleados del banco, esa llamada anónima que había recibido hacía tres días y que había colgado atribuyéndola a un error. La fecha no era casual. Nunca lo había sido. Era la llave que abría una puerta que ella misma había construido y luego había fingido olvidar.
Alma abrió el diario con manos temblorosas, los dedos tan inquietos que el lomo crujió bajo su presión, como si el objeto mismo se resistiera a revelar lo que contenía. El papel estaba amarillento, áspero al tacto, y desprendía ese olor a polvo y tiempo detenido que tienen las cosas que han esperado demasiado tiempo ser descubiertas. La primera página decía, en una letra firme y angulosa, tan diferente a la suya que por un momento pensó que estaba leyendo el manuscrito de un extraño, trazado con una pulcritud casi militar que no admitía dudas:
"Si estás leyendo esto, alguien ha ocupado mi lugar. Y esa persona, pobre ingenua, está en peligro de muerte."
Las palabras parecieron elevarse del papel y flotar ante sus ojos, danzando con una burla macabra mientras se grababan en su memoria con la fuerza de un hierro candente. Cada sílaba era un puñal que se clavaba en su pecho, cada coma una pausa que le robaba el aliento, cada punto final un latigazo que le recordaba que no había vuelta atrás. ¿Quién había escrito aquello? ¿Su madre? ¿O alguien que había conocido a su madre mejor que ella misma? La letra era firme, pero había algo en los trazos, una ligera inclinación en las erres, un temblor casi imperceptible en las tes, que sugería que quien lo había redactado lo había hecho sabiendo que sus palabras serían profecía.
Alma sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No de manera figurada, sino como una sensación física real, un vértigo que le vació el estómago y le nubló la visión por un instante. El diario se le escapó de las manos y cayó sobre la cama con un golpe sordo, y ella retrocedió un paso, luego otro, como si el objeto mismo pudiera morderla. La habitación se le hizo pequeña, las paredes parecieron cerrarse sobre ella, y el aire se volvió denso, irrespirable, cargado de preguntas que no se atrevía a formular.
Cerró el diario. Con movimientos lentos y mecánicos, como si su cuerpo actuara por inercia mientras su mente permanecía paralizada, guardó el candado en el cajón de la mesilla, junto a ese sobre de manila que había cambiado su vida para siempre. Volvió a la cama, se sentó en el borde con las manos apoyadas sobre las rodillas, y miró la oscuridad que se extendía más allá de la ventana como un abismo sin fondo.
Pero ya no pudo cerrar los ojos en toda la noche. Las horas pasaron arrastrándose, lentas y pesadas, mientras su mirada permanecía fija en el techo, trazando grietas invisibles, contando los latidos de su corazón que se negaba a calmarse.
