Capítulo 5 Capítulo sin título
Solo tenía que ser alguien que no era. Solo tenía que enterrar a Alma en lo más profundo de su memoria, como quien arroja una piedra al fondo de un pozo, y vestirse con la piel de Monserrat Montes, una mujer que solo existía en papeles falsos y en una fotografía borrosa que le habían
entregado en un sobre de manila. Monserrat Montes, la heredera, la que tenía acceso a cuentas intocables, la que podía cruzar fronteras sin que nadie le pidiera explicaciones. Pero, ¿quién era ella realmente? ¿Una salvadora? ¿Una estafadora? ¿O simplemente una hija desesperada que había dejado de reconocerse en el espejo?
—¿Qué hago? —susurró al vacío, y su voz se perdió entre las paredes desnudas de la habitación, rebotando en los rincones como un eco que nadie quería recoger—. ¿Qué hago, mamá?
La respuesta no llegó. El silencio se hizo más espeso, más pesado, como una manta de lana mojada que le oprimía los hombros. Pero Alma ya sabía cuál era. Lo había sabido desde el momento en que abrió aquel sobre, desde que sus dedos temblorosos rozaron el papel áspero del contrato, desde que la cifra se grabó a fuego en su retina.
No había vuelta atrás. No había otra salida. Solo aquella carretera oscura y peligrosa que se extendía frente a ella, con el nombre de Monserrat Montes escrito en cada curva, en cada mentira que tendría que sostener, en cada mirada que tendría que esquivar. Se levantó despacio, como si su cuerpo pesara el doble, y apagó el monitor con un movimiento seco.
La oscuridad la envolvió por completo, y en medio de esa negrura, Alma cerró los ojos y dejó que la decisión se asentara en sus huesos, firme y definitiva, como una sentencia que ella misma se había dictado.
El teatro del poder requiere un actor. Y yo soy el único disponible.
A las ocho de la mañana, Alma ya estaba levantada, vestida y maquillada. Inés la observó con aprobación.
—Bien. Hoy es la primera prueba. Cena familiar.
—¿Cena familiar?
—Sí, señorita. Su padre, su prometido, algunos accionistas clave. Una reunión informal para evaluar el estado de la señorita Montes antes de la firma de la fusión.
Alma sintió que las rodillas le flaqueaban.
—¿Qué se espera de mí?
—Que sea usted misma... o mejor dicho, que sea ella. Fría, distante, calculadora. No sonría demasiado. No sea amable. Beba vino tinto, no agua. Y no, bajo ninguna circunstancia, demuestre duda.
—¿Y si me preguntan por el accidente?
—Diga que no recuerda. Que el trauma borró los detalles. Es una respuesta plausible. —Inés le ajustó el cuello de la chaqueta—. Y recuerde: nadie la quiere. Nadie espera que sea cálida. Eso es su ventaja.
La cena fue en el comedor principal de la mansión Montes. Una mesa larga de caoba, con candelabros de cristal y vajilla de porcelana. Alma se sentó al lado de Guillermo, que la observó con una sonrisa que no le creyó ni por un segundo.
—Monserrat —dijo él, alzando su copa—. Qué alegría verte de vuelta en casa.
Alma forzó una sonrisa.
—Gracias, papá.
La palabra salió de su boca antes de que pudiera detenerla. Papá. Alma nunca llamaba así a nadie. Su padre había muerto cuando ella tenía doce años.
Guillermo entrecerró los ojos. El silencio se extendió por la mesa.
—¿Papá? —repitió él, con un tono que era mitad sorpresa, mitad acusación—. Hace años que no me llamas así.
Alma sintió que el corazón se le detenía. Había cometido un error. Un error estúpido, imperdonable.
—El accidente —dijo, bajando la mirada—. El golpe. El médico dice que... que tengo lagunas. A veces me confundo.
—¿Lagunas? —Mateo, su prometido, habló desde el otro lado de la mesa. La miró con intensidad—. Eso es interesante. ¿Qué más has olvidado?
—No mucho —respondió Alma, levantando la vista con la mayor frialdad que pudo reunir—. Solo los detalles sin importancia.
—¿Y yo? —preguntó Mateo—. ¿Soy un detalle sin importancia?
El tono de su voz tenía un filo que Alma no supo interpretar. ¿Celos? ¿Recelo? ¿O simplemente estaba poniendo a prueba a la supuesta Monserrat?
Alma decidió jugar la carta que mejor conocía: la de la distancia.
—Eres mi prometido —dijo, tomando su copa de vino—. Pero no eres mi prioridad. Ya lo sabías.
Mateo sonrió, pero no era una sonrisa cálida. Era la sonrisa de quien acaba de confirmar una sospecha.
—Claro —dijo—. Nunca lo fui.
La cena continuó entre platos de cordero y conversaciones sobre la fusión. Alma logró mantener la fachada: no sonrió demasiado, no fue amable, no cometió más errores. Pero sintió la mirada de Guillermo sobre ella durante toda la noche, como una lupa que buscaba cada grieta en su disfraz.
Cuando terminó, Alma subió a la habitación y cerró la puerta. Se apoyó contra la madera y respiró hondo.
Lo logré. Sobreviví.
Pero sabía que esa era solo la primera batalla.
Sacó el diario del cajón y lo abrió de nuevo. Leyó las páginas siguientes con el corazón en la garganta. Monserrat había escrito sobre su madre, sobre su muerte, sobre su sospecha de que Guillermo había estado involucrado. Había escrito sobre su plan de venganza: destruir a su padre desde dentro, tomar el control del imperio y exponer sus crímenes.
Y, en la última página, había escrito algo que hizo que Alma sintiera un escalofrío.
"Si alguien ocupa mi lugar, que sepa esto: el accidente no fue casualidad. Alguien quería matarme. Y si yo no estaba en el coche, esa persona buscará a la nueva Monserrat. Buscará a la sustituta.
Y no se detendrá hasta verme muerta."
Alma cerró el diario. La habitación parecía haberse vuelto más fría, más oscura.
El accidente no fue un error. Fue un asesinato frustrado.
Y ahora, ella era el nuevo blanco.
