Capítulo 6 Capítulo sin título

La cena había terminado, pero la mesa seguía ahí, en su memoria, como un campo de batalla recién pisado. Alma se quitó los zapatos y los dejó caer al suelo con un golpe seco. Se sentó en el borde de la cama y se quedó mirando sus propias manos, como si esperara verlas temblar. No temblaban. Eso era lo peor.

—No fue casualidad —dijo en voz alta, probando las palabras—. No fue un accidente.

El diario seguía abierto sobre la mesilla. La letra de Monserrat, afilada y nerviosa, parecía moverse bajo la luz tenue de la lámpara. Alma volvió a leer el párrafo, esta vez en silencio, y sintió que el aire se le escapaba de los pulmones como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago.

—¿Qué hago? —susurró, pero esta vez la pregunta no iba dirigida al vacío, sino al rostro ausente de su madre.

Nadie contestó.

Alma se levantó y empezó a caminar de un lado a otro de la habitación. La alfombra amortiguaba sus pasos, pero su respiración era ruidosa, entrecortada, como la de un animal acorralado. Se detuvo frente al espejo del tocador y se miró. Durante un segundo, apenas un segundo, se permitió el lujo de no ser nadie. Luego apretó la mandíbula.

—Eres Monserrat —se dijo—. Eres fría, eres distante, eres una hija de puta con dinero. No tienes miedo.

El espejo le devolvió la imagen de una mujer que no conocía. Con el pelo recogido, los labios pintados de rojo oscuro, la mirada vacía. Una mujer que no era ella. Una mujer que, sin embargo, tenía que ser.

Un ruido la sobresaltó. Algo cayó en el pasillo, un golpe sordo, como un libro que se desliza de una estantería. Alma se quedó inmóvil, con el corazón golpeándole las costillas. Aguzó el oído. Silencio. Solo el zumbido de los electrodomésticos y el viento golpeando los cristales.

—Solo es la casa —se dijo—. Las casas viejas hacen ruido.

Pero no se movió. Esperó, con los ojos fijos en la puerta, conteniendo la respiración. Pasó un minuto. Dos. El silencio se volvió espeso, casi sólido. Alma soltó el aire lentamente y se obligó a reírse de sí misma.

—Estás perdiendo la cabeza —murmuró—. Y apenas llevas veinticuatro horas aquí.

Volvió al diario. Pasó las páginas con cuidado, buscando algo, cualquier cosa que pudiera darle una pista sobre quién había intentado matar a Monserrat. Nombres. Fechas. Lugares. Pero las páginas estaban llenas de reflexiones, de planes vagos, de rencor. Monserrat escribía como quien desahoga un veneno que no sabe hacia dónde dirigir.

El único nombre que aparecía una y otra vez era Guillermo. Su padre. Pero no había pruebas, solo sospechas.

—Necesito más —dijo Alma, cerrando el diario—. Necesito saber quién está detrás.

Se levantó y abrió el armario. La ropa de Monserrat colgaba en perfecto orden: chaquetas de entretiempo, vestidos de noche, blusas de seda. Alma apartó las perchas con cuidado, buscando algo que no sabía bien qué era. Un sobre. Una caja. Una llave. Cualquier cosa que Monserrat hubiera escondido.

No encontró nada.

Cerró el armario y se quedó de pie, sintiéndose estúpida. ¿Qué esperaba? ¿Un mapa del tesoro? Monserrat no era una espía. Era una mujer rica y resentida que había muerto en un accidente que quizá no fue tal.

Pero entonces, en el fondo del cajón de la mesilla, bajo un montón de pañuelos de encaje, sus dedos rozaron algo frío. Alma sacó el objeto y lo sostuvo bajo la luz. Era una llave. Pequeña, plateada, con una etiqueta de plástico donde alguien había escrito un número: 47.

—¿El 47 de qué? —preguntó en voz baja.

La llave no le dio respuesta. Pero Alma tuvo la certeza de que aquel número no era un azar. En una casa como aquella, todo tenía un propósito. Incluso las cosas que parecían olvidadas.

Se guardó la llave en el bolsillo de la chaqueta y, por un instante, consideró la posibilidad de esconderla en otro sitio. Si alguien registraba la habitación, el bolsillo de su chaqueta sería lo primero que revisarían. Pero no se le ocurrió un lugar mejor. No todavía.

Antes de apagar la luz, hizo algo que no había hecho hasta entonces: abrió la puerta de la habitación y dejó una silla ligeramente desplazada en el pasillo, junto al marco. Si alguien entraba mientras ella dormía, la silla se movería. Era una medida ridícula, infantil, pero era suya. La primera decisión que tomaba desde que había llegado a aquella casa.

Apagó la lámpara y se tumbó sobre la colcha. En la oscuridad, la casa crujió a su alrededor. No eran fantasmas. Eran los maderos, el viento, las cañerías. Eso quiso creer.

Pero mientras cerraba los ojos, una imagen se grabó en su mente: la de Mateo, sonriendo desde el otro lado de la mesa, con los ojos fijos en ella y una pregunta flotando en el aire.

¿Y yo? ¿Soy un detalle sin importancia?

Algo en su tono, en su mirada, le había parecido demasiado calculado. Como si él también estuviera interpretando un papel.

—¿Y si no soy la única que miente aquí? —susurró antes de que el sueño la venciera.

A la mañana siguiente, el desayuno fue un asunto tenso. Alma bajó a la cocina y se encontró con Guillermo sentado a la mesa, leyendo el periódico con una copa de zumo de naranja en la mano. No levantó la vista cuando ella entró.

—Has dormido bien, hija.

La palabra hija sonó forzada, como si se la hubiera tragado a la fuerza.

—Más o menos —respondió Alma, sirviéndose café. Y entonces, sin planearlo, sin pensarlo demasiado, añadió—: He estado pensando en lo que dijo el detective. Sobre el accidente.

Guillermo pasó la página del periódico con una lentitud deliberada.

—¿Y qué dijo el detective?

—Que no descartan ninguna hipótesis.

Silencio. Guillermo bebió un sorbo de zumo. Alma lo imitó con el café, aunque el café le quemaba la lengua y no le importó.

—He oído que estás buscando respuestas —dijo él por fin, sin mirarla.

—¿De quién lo ha oído?

—Esta casa tiene oídos, Monserrat. Y yo también.

Alma se volvió lentamente.

—¿Respuestas? —repitió, fingiendo ignorancia—. Solo intento entender qué pasó. Creo que es lo mínimo, ¿no? Después de todo, alguien intentó matarme.

Guillermo dobló el periódico y la miró por fin. Sus ojos eran dos rendijas grises, impenetrables.

—No es buena idea remover el pasado, Monserrat. Hay cosas que es mejor dejar donde están.

—¿Por qué? —preguntó Alma, sin poder evitar el desafío en su voz.

Guillermo sonrió, pero era una sonrisa de hielo.

—Porque a veces, cuando remueves el barro, encuentras cosas que no deberías haber encontrado. Y luego tienes que vivir con ellas.

Se levantó, dejó el periódico sobre la mesa y se acercó a ella con pasos lentos, como un depredador que mide a su presa.

—Estás en mi casa, Monserrat. Bajo mi techo. Recuerda quién tiene el poder aquí.

Dicho esto, salió de la cocina sin mirar atrás.

Alma se quedó paralizada, con la taza de café humeando entre las manos, sintiendo que cada palabra de Guillermo era una advertencia. O quizá una amenaza. Pero cuando el miedo empezó a subirle por la garganta, lo reprimió con una decisión consciente: no iba a quedarse quieta. No esta vez.

—No es mi casa —susurró—. Y él no es mi padre.

Pero Monserrat no estaba para confirmarlo.

Alma subió a la habitación, abrió el cajón de la mesilla y sacó la llave. La sostuvo un momento, observando el número 47 grabado en la etiqueta. Luego la guardó en el bolsillo y bajó las escaleras decidida.

Tenía que encontrar esa cerradura.

Aunque la llave la llevara directamente al centro de la tormenta.

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