Capítulo 7 Capítulo sin título

—¿Adónde vas tan temprano?

La voz de Mateo la detuvo en el umbral. Alma se volvió con la mano aún apoyada en el picaporte. Él estaba recostado contra el marco de la puerta del salón, con una taza de café en una mano y una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—A dar un paseo —dijo Alma—. Despejarme.

—¿Un paseo? —Mateo soltó una risita seca—. Monserrat Montes no camina. Monserrat Montes pide que le traigan el coche.

—El accidente me cambió —respondió Alma, forzando la mayor naturalidad posible—. Ahora me gusta moverme.

—Qué conveniente.

Alma sintió un tirón en el estómago. No era una acusación directa, pero la insinuación colgaba en el aire como un cuchillo sin mango.

—¿Qué quieres decir?

—Nada. —Mateo dio un sorbo a su café y la miró por encima de la taza—. Solo que te has vuelto... distinta. Más nerviosa. Más humana. La vieja Monserrat no habría bajado a desayunar con su padre. Y desde luego no habría dicho "papá".

—Ya te expliqué lo del golpe.

—Sí, el golpe. —Mateo dejó la taza sobre una consola y se acercó a ella. Demasiado cerca—. El golpe que te borró la memoria. El golpe que te hizo olvidar que tu padre te repudió hace tres años. El golpe que te hizo olvidar que yo soy el único que te soporta en esta casa.

Alma sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero no se movió. No podía permitirse retroceder.

—¿Y si te digo que recuerdo todo eso?

—Entonces me preguntaría por qué lo finges.

La frase cayó entre los dos como una bomba de relojería. Alma se quedó mirándolo, buscando en su rostro la grieta por donde colarse, un atisbo de duda, de inseguridad. No encontró nada. Solo la seguridad de un hombre que sabe algo que ella ignora.

—No estoy fingiendo nada —dijo Alma, con la voz más firme de la que se creía capaz—. Estoy intentando sobrevivir en esta casa de mierda, con gente que me mira como si fuera un bicho raro. Perdona si no estoy a la altura de tus expectativas.

Mateo sonrió. Pero era una sonrisa distinta. Más suave. Casi humana.

—No necesitas estar a la altura de nada, Monserrat. Solo necesitas ser tú. La de antes. La que no le tenía miedo a nadie.

—¿Y si ya no sé quién era?

La pregunta se le escapó sin querer, y Alma supo al instante que había cometido un error. Mateo la miró con intensidad, como un científico que acaba de encontrar la pieza que faltaba en su rompecabezas.

—Interesante —dijo, inclinando la cabeza—. Muy interesante.

—¿Qué?

—Que la Monserrat que yo conocía jamás habría admitido una debilidad. Ni siquiera una fingida.

Alma apretó la llave en el bolsillo y sintió que el metal se clavaba en su palma. El dolor la ancló a la realidad.

—La gente cambia —dijo—. Incluso la gente fría y distante.

—No, no cambia. —Mateo dio un paso atrás, devolviéndole el espacio que le había robado—. La gente se adapta. Y tú te estás adaptando demasiado bien a una situación que no es tuya.

El corazón de Alma dio un vuelco.

—¿Qué quieres decir?

—Nada. —Mateo recogió su taza de café y se dirigió hacia el salón—. Que tengas buen paseo. Y cuidado con el tráfico. Los accidentes, ya sabes, pueden repetirse.

Alma salió de la casa con las piernas temblorosas. El sol de la mañana le dio en la cara, pero no le quitó el frío que se le había instalado en los huesos. Caminó sin rumbo por los jardines de la mansión, sintiendo la mirada de las cámaras de seguridad clavada en la nuca.

—Sabes algo —murmuró—. Mateo sabe algo.

Llegó a la entrada principal y se detuvo. La verja de hierro forjado se alzaba frente a ella, imponente. Más allá, la carretera se perdía entre los árboles. Alma sacó la llave del bolsillo y la miró. El número 47 seguía ahí, plateado, frío.

—¿Dónde está tu cerradura? —preguntó.

Un coche se detuvo a su lado. El cristal de la ventanilla se bajó y apareció la cara de Inés.

—Señorita, ¿qué hace aquí? La están esperando en la oficina. Guillermo quiere repasar los documentos de la fusión.

—Ahora mismo voy.

—No, ahora mismo no. —Inés abrió la puerta del copiloto—. Súbase. Tengo que decirle algo importante.

Alma dudó. No conocía a Inés, no sabía si podía confiar en ella. Pero algo en su tono, en la urgencia de su voz, la hizo subir.

El coche arrancó y se alejó de la mansión. Inés condujo en silencio durante unos minutos, hasta que la verja quedó atrás y el camino se adentró en el bosque.

—He estado investigando —dijo Inés, sin apartar los ojos de la carretera—. Sobre el accidente.

—¿Y qué ha encontrado?

—Que no fue un accidente. Los frenos del coche fueron manipulados. Y hay un informe que desapareció de los archivos de la policía.

Alma sintió que se le helaba la sangre.

—¿Quién manipuló los frenos?

—No lo sé. Pero sé quién pagó para que el informe desapareciera.

—¿Quién?

Inés se volvió y la miró.

—Mateo.

Alma abrió la boca para decir algo, pero las palabras se le atascaron en la garganta. Mateo. Su prometido. El mismo que hacía diez minutos la había mirado con esa sonrisa de depredador.

—¿Está segura?

—Completamente. —Inés sacó un sobre del guantera y se lo tendió—. Aquí tiene las pruebas. Transferencias bancarias, correos electrónicos, una llamada grabada. Mateo contrató a un mecánico para que tocara los frenos. Y luego contrató a otro hombre para que se asegurara de que el informe no llegara a nadie.

Alma abrió el sobre con manos temblorosas. Los papeles estaban llenos de números, fechas, nombres. Todo encajaba.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué querría matarla?

—Eso no lo sé. Pero hay algo más. —Inés bajó la voz—. Mateo no es quien dice ser. He investigado su pasado y no existe. Antes de aparecer aquí, hace tres años, no hay ningún registro de él. Ni acta de nacimiento, ni cuentas bancarias, ni historial médico. Es como si hubiera salido de la nada.

Alma cerró los ojos. La cabeza le daba vueltas.

—¿Y Guillermo lo sabe?

—Guillermo solo sabe lo que le conviene saber. Y Mateo le conviene. La fusión, los negocios, el dinero... Todo pasa por Mateo. Guillermo no va a meter las narices en algo que le da beneficios.

Alma guardó los papeles en el sobre y lo apretó contra su pecho.

—¿Qué hago ahora?

—Lo que haría Monserrat. —Inés volvió a mirarla—. Actuar. Si Mateo está mintiendo, si está tramando algo, usted tiene que descubrirlo antes de que él la descubra a usted.

—¿Y si ya me descubrió?

Inés frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

—Mateo me ha estado poniendo a prueba desde que llegué. Sabe que algo no encaja. Y no va a parar hasta saber qué.

Inés guardó silencio un momento. Luego, con una voz más baja que un susurro, dijo:

—Entonces tiene que adelantarse. Tiene que hacerle creer que usted es Monserrat. Y tiene que hacerlo tan bien que él mismo empiece a dudar de sus propias sospechas.

Alma miró por la ventanilla. Los árboles pasaban veloces, manchas verdes y marrones que se fundían entre sí. La mansión quedaba cada vez más lejos.

—¿Y si no puedo?

—No hay otra opción. —Inés apretó el volante con fuerza—. Porque si Mateo descubre que usted es una impostora, no va a dejar que viva para contarlo.

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