El velo de la desgracia

Martha esperaba en el coche con ambas manos apretadas en el volante, su paciencia desgastada pero no rota. Ya había dicho todo lo que podía en el valle. Había gritado, regañado, advertido, y aún así Judith la había mirado como si no fuera más que aire. Ahora no quedaba nada excepto el sonido de su p...

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