Capítulo 1 Capítulo 1: Primavera rota.

La primavera llegó a la ciudad y a los corazones de las personas, y eso incluía a Chloe Benneth, la rubia radiante y alegre que deambulaba por los pasillos de la facultad de Leyes de la universidad.

—Estás muy sonriente el día de hoy. ¿Hay algún motivo en particular? —le preguntó su mejor amiga, Natalie, apenas salió del edificio.

—Tal vez —respondió casi cantando de la emoción.

—Déjame adivinar: volviste a sacar la mayor nota del semestre.

—No. En realidad, sí. Pero ese no es el motivo. ¿Quieres que te lo diga?

—No hace falta, creo que ya acabo de adivinarlo —mencionó Natalie deteniendo su paso y señalando a la espalda de su amiga.

Chloe paró también, confundida, siguiendo el camino señalado con la mirada. Se encontró con un gran ramo de rosas cubriendo su vista por completo, tan cerca de su rostro que tuvo que dar un par de pasos hacia atrás. El portador del arreglo floral estaba oculto tras este, pero ella no tenía ninguna duda de quién se trataba.

—Feliz aniversario —dijo el hombre alto, de melena rubia y ojos verdes, revelándose al hacer las flores a un lado.

La chica no contuvo su emoción y saltó a los brazos de su novio, quien con dificultad apenas tuvo oportunidad de soltar el ramo para atraparla; este fue atajado con agilidad por Natalie.

—No lo olvidaste —expresó Chloe, llenando de besos el rostro de Adam Sinclair, el cual la apretaba con fuerza contra él, sin dejar que los pies de la chica tocaran el suelo.

—Es nuestro aniversario de un año. ¿Qué clase de novio crees que sería si olvidara una fecha tan importante?

—Me dijiste al teléfono que faltarías a clases hoy porque estabas enfermo —comentó al ser devuelta con cuidado al suelo—. Pensaba sorprendente al ir a verte más tarde, pero al final tú me sorprendiste a mí.

—Una pequeña mentira para tener tiempo de preparar tu regalo. Vamos a pasar todo el día juntos y en la noche te llevaré a cenar. —Adam volteó hacia la mujer de pelo corto—: ¿Te la puedo robar?

—Había invitado a Natalie a comer a mi casa, pero estaré libre por la tarde —dijo apenada Chloe. Aunque amaba la propuesta de su novio, ella ya había hecho planes con su amiga y no le gustaba faltar a su palabra—. ¿Y si vamos a almorzar los tres juntos?

—Por mí estaría bien —respondió Natalie entregándole el ramo a su amiga—, pero no quiero ser un mal tercio. Ve con Adam y no te preocupes. En realidad, hoy venía a cancelar nuestros planes; debo encontrarme con unos compañeros de la facultad de Arte.

Aunque no estaba convencida del todo por las palabras de su amiga, Chloe se despidió de ella con una sonrisa, viendo cómo Natalie se alejaba a paso apresurado para dejarlos solos.

Pero, se detuvo en seco, al casi chocar con un hombre, mas no cualquier hombre, era el profesor Elías, uno de los docentes más respetados, jóvenes y sumamente estrictos de la facultad de Arte. Llevaba su habitual porte elegante y una mirada penetrante que intimidaba a cualquiera.

—Señorita Foreman, cuidado por dónde camina —dijo Elías con su voz profunda, ajustándose los anteojos—. ¿Se puede saber qué hace corriendo en el área de Leyes? ¿No debería estar preparándose para mi próxima prueba?

—¡Profesor Elías! Lo siento mucho pensaba hacerlo —balbuceó Natalie, recomponiéndose rápido—. Es que... antes quería pasar a saludar a una amiga.

Natalie señaló con la cabeza hacia donde iban a lo lejos, Chloe y Adam caminando tomados de la mano, riendo.

Elías desvió la mirada hacia donde apuntaba la estudiante. Sus ojos oscuros se fijaron de inmediato en Chloe. No fue una mirada casual, parecía cautivado por la rubia.

Natalie, que no se perdía un solo detalle, notó de inmediato la intensa atención del profesor. Una chispa de diversión la invadió y contuvo una risita, pensando para sus adentros que el estricto profesor parecía peligrosamente interesado en su mejor amiga.

Sin embargo, esa risa no pasó desapercibido para Elías. El profesor regresó la mirada hacia Natalie, entornando los ojos con severidad.

—¿Qué le resulta tan divertido, señorita Foreman? —preguntó con seriedad, borrando la sonrisa de la chica al instante—. En lugar de seguir perdiendo el tiempo debería centrarse en sus estudios, aunque, ya que tiene tanto tiempo libre, podría dejarle más trabajo extra en la próxima clase.

El estómago de Natalie dio un vuelco de pura preocupación.

—No, en absoluto, profesor. Ya mismo voy a la biblioteca —respondió asustada, despidiéndose a toda prisa mientras se retiraba, rogando internamente que el profesor olvidara la amenaza de los deberes.

Mientras tanto, Elías se quedó un par de segundos de pie, con la mirada perdida en la distancia, justo donde Chloe acababa de desaparecer.


El día transcurrió como un cuento de hadas para Chloe en compañía de Adam. El sol se ocultaba por la tarde pintando el cielo de colores rosas, acordes a sus sentimientos.

Chloe estaba por contestar cuando el teléfono en su bolsillo sonó. Al leer el mensaje, su ánimo menguó.

—Lo lamento mucho, Adam. Me tengo que ir. Mi madre me acaba de avisar que se siente mal y no podrá buscar a mi hermano a casa de su amigo.

—Lo entiendo. Otro día podemos continuar con nuestra celebración —habló con dulzura, besando la frente de la chica—. ¿Nos vemos mañana para estudiar? Sin tu ayuda no me creo capaz de pasar el examen.

—Dalo por hecho —sonrió Chloe cautivada—. Y gracias —agregó antes de abrazarlo e irse por su hermano.

No podía ser más afortunada, tenía el mejor novio del mundo. Todas las chicas del campus estaban tras él: era guapo, atento, rico y provenía de un mundo completamente diferente al suyo. Y, aun así, la escogió a ella, pensó mientras tomaba el autobús luego de cerciorarse de tener el cambio justo para ella y su hermano.


Caminaba de la mano de Timothy, su hermano menor, por la calle cercana a su hogar. Las luces de los faroles se encendían, al menos los que aún seguían funcionando en su vecindario.

—Cuando lleguemos a casa, no hagas mucho ruido —dijo Chloe al joven de trece años, para no molestar a su madre en caso de que tuviera migraña. —No se siente bien, pero seguramente es debido al agotamiento. Ayer trabajo hasta tarde en el salón de belleza.

Al doblar la esquina y llegar a su destino, Chloe contempló con extrañeza que la casa estaba sumida en completa oscuridad.

«Mamá debe de estar descansando», concluyó ingresando junto a su hermano.

—Shhh —le recordó al entrar, encendiendo la luz de la sala—. Ve a lavarte, esta noche yo me haré cargo de la cena —susurró en voz baja dejando sus cosas sobre el sofá. Tim asintió en silencio yendo a su habitación.

Chloe entró en la cocina a ciegas, resbalando al pisar algo húmedo, soltando el ramo de flores. Evitó caer al apoyarse contra la pared, justo a un lado del interruptor de luz. Al presionarlo, contempló petrificada la imagen más horrenda de su vida.

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